El lenguaje evoluciona y se modifica a medida que la humanidad inventa nuevas cosas, se producen nuevas circunstancias o que la propia naturaleza da lugar a fenómenos nuevos. Los términos que surgen traen, muchas veces, combinaciones entre lenguas diferentes, en tanto otros siguen el canon clásico de derivar del griego o el latín.
Al fin de cuentas, si la naturaleza y la humanidad se transforman es lógico que las lenguas vivas también lo hagan y den nacimiento a nuevos términos, en muchos casos insospechados.
El castellano, una de las lenguas que hablamos en Bolivia es maravillosa. Ubicada entre las cinco más habladas del planeta, es la que permite la comunicación entre todos quienes hablan diversidad de lenguas en nuestro país, como el quechua, el aimara y el guaraní.
Desde luego, en nuestra lengua hay expresiones que llaman la atención, como, por ejemplo, “llena ese vaso hasta la mitad”; o “¡ahora verán mañana!”, amén de varias otras, algunas incorporadas en “metafísica popular”.
Durante los años 90 del siglo pasado me llamó la atención una que espetó una de mis hijas cuando le ofrecí ir al cine el sábado siguiente. ¿»De bolas, papi»?, me preguntó. En medio de mi sorpresa, recibí una explicación sobre el sentido de la expresión que, en mis épocas, era para referirse a alguien valiente o a algún sujeto estúpido. Pero no, en los 90, “De bolas” equivalía al ¿”Palabra”?, ¿”Seguro?” de mis épocas.
Lo mismo me pasó con otras expresiones como “Sí, Juan”, equivalente al “ve a tomar el pelo a otro” de mi juventud, o “mucha mierda” para desearle suerte a alguien en tiempos modernos, a diferencia del “que te vaya bien”, “suerte” o “éxitos” de tiempos pasados.
Recuerdo que, en mis tiempos de colegial, si alguno de nosotros decía una grosería o un término que era considerado “mala palabra”, era golpeado por sus compañeros hasta que gritase “trituán”. ¿Qué cuernos significa esa palabra, “trituán”? No lo sé, ni nadie lo sabe. Ni siquiera la inteligencia artificial, que presume de saberlo todo, da una respuesta; sólo conoce los términos “tetuán” o “truhán”. Probablemente “trituán” pase a la historia sin que nadie sepa su significado, pero con la seguridad de que había que pronunciarla paras evitar ser golpeado por los compañeros.
Pues bien, en los últimos tiempos se ha puesto de moda la expresión “farmear aura”, pretendidamente descubierta por TikTok y que, al decir de “BBC Noticias”, es una nueva tendencia de los jóvenes en redes, aunque en realidad es algo que sucede desde hace siglos.
Una somera investigación al respecto da cuenta que la palabra deriva de dos voces: “Farm” (cultivar) y de “aura” (carisma, presencia, prestigio, imagen), lo que vendría a significar “hacer cosas destinadas a aumentar la propia imagen o presencia ante los demás” (chatgpt). Sería también una “tendencia viral en la que los jóvenes realizan acciones planeadas para proyectar carisma, seguridad y estilo, sumando puntos de prestigio de forma simbólica” (IA).
Sandra Bravo Durán dice en BBC Noticias que parece una expresión destinada a morir rápido: “nació en internet, suena ligeramente absurda fuera de contexto y probablemente será sustituida por otra antes de que los adultos terminen de entenderla”. Aclara a continuación que, detrás de esa fórmula fugaz, hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok, porque durante siglos la humanidad ha usado palabras distintas —honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, cool, capital simbólico— para nombrar distintas formas de una misma obsesión: proyectar algo que los demás reconozcan como especial.
Dice la autora que, si TikTok hubiera existido en el siglo XVII, Luis XIV probablemente habría entendido bastante bien su lógica, agregando que, en Versalles, levantarse, vestirse o comer podían convertirse en ceremonias minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio y participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social. Añade luego que uno de los mejores antepasados del farmear aura quizá no fuera un rey, sino un dandi como George «Beau» Brummell, que convirtió algo aparentemente trivial —vestirse y comportarse de determinada manera— en una extraordinaria fuente de influencia social, para añadir que “su verdadero talento (…) era conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado”.
Pero, la idea de este dandi ya era antigua pues, en 1528, Baldassare Castiglione había formulado en «El cortesano» el concepto de sprezzatura: la capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil, ocultando el esfuerzo y el artificio que hay detrás. Una sofisticación perfectamente ensayada que debe presentarse como espontánea.
El sociólogo francés Pierre Bourdieu seguramente no habría hablado de farmear aura, pero habría reconocido enseguida el mecanismo. En «La distinción», explicó cómo nuestros gustos también funcionan como formas de clasificación social. La música que escuchamos, los libros que leemos, la ropa que elegimos o los restaurantes que conocemos no expresan únicamente preferencias personales: también comunican familiaridad con determinados códigos.
¿Cuánto durará el uso del término? El tiempo lo dirá. Pero, en medio de tan frecuentes payasadas de varios líderes políticos y gobernantes, preocupados en “farmear aura”, ¿no sería bueno que se pongan a gobernar o a trabajar, en serio, “aura” mismo?
Carlos Derpic es abogado.
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