Escarlet Aramayo no recuerda exactamente en qué momento el dolor de los pies dejó de ser lo más importante. Tal vez fue cuando el hambre se hizo más constante, o cuando el frío comenzó a calar en las noches sin abrigo, o cuando, simplemente, entendió que no podía detenerse.
Tiene 51 años, seis hijos y viene de Vaca Díez, en Riberalta. Allá, en la Amazonía boliviana, su vida transcurre entre cultivos de arroz, yuca, plátano, caña. “Nosotros vivimos de la tierra”, dice, con la voz casi apagada debido a la inflamación de su garganta. Por eso, cuando salió a marchar, dejó todo atrás. El trabajo quedó paralizado y su familia también.
Hace más de 22 días que camina, el recorrido no fue lineal, salió de las tierras bajas, donde el calor pesa sobre la piel, y subió hacia el altiplano, donde el frío golpea distinto, más seco, más hondo. En el camino, el cuerpo se fue desgastando. “Pasando hambre, pasando sol, bajo la lluvia… con los pies todos ampollados”, cuenta.
Para avanzar, aprendieron a sobrevivir con lo mínimo. Cuando el dinero se terminó, comenzaron a recoger latas y botellas, y las vendían en los pueblos que encontraban en el camino, con eso compraban agua, algo de comida, lo suficiente para seguir. Hubo días en los que ni eso alcanzaba.
Uno de los momentos más duros llegó cuando la movilidad que transportaba sus abrigos, frazadas y ropa se fue por otro trayendo debido a bloqueos en la ruta principal. “Hemos sufrido grave el frío”, dice. Sin colchas, sin protección, durmieron como pudieron, pegados unos a otros, tratando de conservar algo de calor.
En la marcha hay niños, mujeres, adultos mayores. Todos, como ella, son campesinos que dependen de la tierra para vivir. “No estamos aquí por gusto”, repite.
El motivo de la movilización es la exigencia de abrogar la Ley 1720. Pero para Escarlet, el conflicto tiene un rostro más concreto: el miedo a perder lo único que tiene. “Nuestro mayor temor es que los terratenientes se queden con nuestras tierras”, explica.
En La Paz, donde la marcha finalmente llegó, el frío sigue siendo intenso. La ciudad es ajena, lejana a su rutina, a sus cultivos, a su casa, pero también es el lugar donde espera ser escuchada.
Escarlet no pide mucho, pide poder volver. Volver a su tierra, a sembrar, a la vida que dejó en pausa hace más de tres semanas. Y, sobre todo, volver con la certeza de que esa tierra —la que la alimenta, la que sostiene a sus seis hijos— seguirá siendo suya.
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