Los esse ejja, un pueblo que aún come pescado “envenenado” con mercurio y está olvidado por el Estado

Derechos Humanos

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Ingreso a la comunidad Eyiyoquibo. Foto: ANF.

ANF

Una olla pequeña de aluminio ayuda a que el arroz cueza mientras dos plátanos verdes son alcanzados por las llamas del fogón. Muy cerca de ahí, un padre y su nieto -desnudo- descansan echados en el piso de tierra acompañados de sus perros desnutridos y sedientos; metros más allá, unos niños juegan alrededor de un mono amarrado a un tronco de un pequeño árbol. Los esse ejja son un pueblo del norte de La Paz que, pese a estar a unos 15 minutos de San Buenaventura, vive en condiciones de pobreza y precarias, además continúan comiendo pescado contaminado por el mercurio utilizado en la explotación de oro.

ANF estuvo en el lugar y pudo evidenciar la forma de vida de este pueblo indígena, los pobladores afirmaron que aún continúan pescando y comiendo pescado, pues es uno de sus principales alimentos, tanto para su consumo diario como para venderlo y generar algo de recursos. 

Los esse ejja son un pueblo de la Amazonía boliviana que tiene más de 100 años viviendo en Bolivia. Ellos se instalaron en Pando y Beni; y hace unos 25 en la comunidad de Eyiyoquibo (pie de montaña, en español) del municipio de San Buenaventura, norte de La Paz, en las cercanías del centro poblado del mismo nombre, entre las riberas del río Beni y la carretera San Buenaventura-Ixiamas. Actualmente, en dicho lugar viven cerca de 95 familias integradas por hasta cinco o seis miembros. 

Al menos 25 de sus viviendas son de ladrillo y cemento, pues fueron entregadas por el Estado, pero otras 30 aproximadamente son de madera con techo de hojas de árboles que crecen en la región. La temperatura es tan alta, que el día de la visita se registraba al menos 40 grados.

“La minería sigue y nosotros estamos contaminados. Seguimos comiendo pescado y eso también lo vendemos, pero debido a esa contaminación, la gente ya no compra. Nosotros vivíamos de todo eso”, lamentó Lucio Game, capitán grande del pueblo, quien además dijo que actualmente están siendo afectados con los incendios y la sequía que se registra en ese municipio.

“Cada tarde solo comemos pescado, sábalo, no tenemos nada, no tenemos ganadería, sí o sí como indígenas comemos día a día pescado. Sí, nosotros estamos contaminados, nuestros hijos también así como nuestras mujeres embarazadas”, afirmó Wilson Torrez, secretario de Actas de la comunidad.

En junio de este año, la Central de Pueblos Indígenas de La Paz (CPILAP) denunció que pobladores indígenas de 36 comunidades del norte de La Paz tienen desde 0,03 hasta un poco más de 10 partes por millón (ppm) de mercurio en sus cuerpos. Una cantidad elevada de contaminación y que está por encima de lo permitido, según Naciones Unidas.

En el Norte de La Paz, estudios e investigaciones que hizo este medio comprobaron que las cooperativas hacen uso del mercurio, metal muy contaminante cuando se evapora.

En la minería, el mercurio se usa para separar el oro de las piedras, arena y otros materiales, al mezclarse se forma una amalgama que facilita ese proceso. Luego se calienta la amalgama para que se evapore el mercurio y quede el oro. Al evaporarse el mercurio contamina el aire y a las personas que están expuestas

A su vez, luego de que se obtiene oro puro, el compuesto que sobra es botado a la tierra o llega a los ríos contaminando el agua, pero también a los peces. Debido a esto, los tejidos de estos animales acuáticos llegan a tener altos niveles de metilmercurio (tóxico) y su consumo es impropio.

“Somos los más afectados, los compañeros pescan para venderlos, también se lo comen, no tenemos agricultura aquí, algunos muy poco. ¿Dónde sembrar? no hay campo. Nosotros pescamos en el río Beni y vendemos en Rurrenabaque. Aquí la gente sufre y hemos sido olvidados por el alcalde”, protestó el comunario Carlos Sossa.

Sin puertas, sin electrodomésticos, sin camas, sin duchas

Debido al calor que se registra en el Norte de La Paz, contar con agua es de vital importancia. En el pueblo de los esse ejja no muchos cuentan con agua potable –tienen una pila común- pues no pueden pagarla, por ello recurren a dos aspectos: o esperan que la cisterna les envíe o van directamente al río Beni para bañarse. Otros optan por asearse afuera de su casa, tapando con cuatro telas que hacen de pared en espacio pequeño y enjuagándose con ayuda de un plato y un bañador con agua.

La comunidad de Eyiyoquibo, como si se tratara de un barrio común, está ubicada en un área periurbana de 10 hectáreas concedida por una misión evangélica el año 2000. Tampoco tiene sus calles asfaltadas, todas son de tierra y debido al viento el polvo se levanta con facilidad. Los comunarios no cuentan con baño. «Nuestras necesidades la hacemos donde podemos”, indicó Game.

Los antiguos ese ejjas de Eyiyoquibo, tenían su medio de vida tradicional dependiente de la pesca. Por ello vivían en la ribera de los ríos; sin embargo, en las últimas décadas, su situación cambió radicalmente y ahora se encuentran arrinconados en un espacio semiurbano, alejados de sus orígenes.

En la visita que hizo este medio, se pudo ver que, además de tener una dieta basada principalmente en carne de pescado, también tienen gallinas y algunos cerdos caminando por sus calles de tierra. Todos cocinan en fogón y la leña la cortan de los árboles que los rodean. La basura es acumulada en la esquina de una de sus calles, la cual es recogida una vez a la semana, contó otra autoridad indígena.

Al interior de las viviendas hay hacinamiento, algunas casas tienen apenas uno, dos o tres ambientes, pero llegan a dormir hasta 10 indígenas, lo hacen sobre pedazos de cartón y alguna que otra frazada delgada. Secan su ropa lavada colgando en cables. 

En la comunidad algunos tienen luz, otros optaron por no tener ese servicio debido a los costos, también algunos comparten agua y pagan desde Bs 20 hasta Bs 100 por mes.

“No tenemos dinero ni para comer, nosotros no tenemos ayuda, nos hacen a un lado, ni las calles nos arreglan pues todo se enloda cuando llueve”, señaló Alberto Torrez, presidente de la OTB Eyiyoquibo.

¿Y de dónde sacan el dinero para su subsistencia preguntó este medio? A lo que Game respondió que varios ya salen a trabajar por jornal, principalmente en los chacos.

Este medio intentó comunicarse con el alcalde de San Buenaventura, Luis Alberto Alipaz, pero no se tuvo éxito ni llamando a su celular ni visitando su oficina. 

Actualmente este municipio se encuentra sufriendo muchos incendios, tal es la afectación que el sábado 11 cuatro viviendas y un vehículo fueron quemados por el fuego en la comunidad de Buena Vista. Cien niños y 20 adultos mayores fueron evacuados por su seguridad y mucha gente trasladó sus objetos personales hasta ese municipio, mientras que otros decidieron permanecer haciendo vigilia y evitar así que el fuego no llegue a sus casas.

Es justamente este humo que se origina que ha hecho que inunde incluso a los ese ejja, siendo que ellos no utilizan ventilador ni tienen puertas en sus casas.

Al momento, esta comunidad no está pescando porque el agua del río está baja, a lo que se suma la sequía que están viviendo y que ya afectó la poca agricultura que tienen de plátano y yuca principalmente.

“Recientemente murió un bebé pues nació con una enfermedad, él no podía respirar, consideramos que eso se debe al consumo de pescado. Si alguien enferma, necesariamente tenemos que ir a San Buenaventura o Rurrenabaque”, prosiguió Torrez.

Cada vez que los comunarios pescan, generalmente muy temprano por la mañana o por la noches, ellos intentan obtener hasta cinco kilos, quedándose con una parte y vendiendo el resto a Bs 15 el kilo. Los peces son generalmente sábalo y pacú.

El arroz ya casi se había cocido cuando ANF terminó la visita a este pueblo. La madre que hacía la cocción estaba acompañada de su hijo, de unos cinco años, al que revisaba el cabello en caso de que tenga piojos. En la parte posterior de su fogón, un grupo de estudiantes del colegio Pie de Montaña estaba jugando fútbol en su cacha y otro grupo de hombres descansaban sentados en el piso, también junto a un mono que tenía una soga en el cuello. En otro lado, una mujer hacía artesanías con hojas y otra salió a ver la presencia de la visitante al lugar vistiendo apenas una falda y mostrado su torso totalmente desnudo.

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