La producción de los monocultivos mecanizados en Bolivia tiene un alto costo ambiental, que incluso supera el valor de producción del sector. Este es el principal hallazgo de un estudio realizado sobre cinco sistemas productivos en el oriente boliviano.
De acuerdo con los resultados de la investigación, en 2024, los costos ocultos estimados de los monocultivos mecanizados superaron los 2.894 millones de dólares, mientras que el sector genera un valor bruto de producción de aproximadamente 2.600 millones de dólares anuales.
Este y otros datos se desprenden del informe “Costos ocultos de la agricultura: Monocultivos y sistemas alternativos en áreas de expansión de Bolivia”, documento presentado la noche de este jueves en Santa Cruz de la Sierra.
La investigación —realizada por TIERRA, CIPCA y la Fundación Jubileo, con el apoyo de MISEREOR— se propuso responder una pregunta hasta ahora ausente del debate agrario boliviano: ¿cuánto le cuesta realmente a la sociedad el modelo de monocultivos mecanizados que domina el oriente del país, y qué alternativas existen frente a él?
Según el documento, la contribución económica y productiva de la agricultura vinculada a la soya, cultivos asociados y de alto valor comercial, está sistemáticamente documentada con información sólida sobre su contribución al sistema agroalimentario, a la agroindustria y a las exportaciones. Pero, en contraste, las estadísticas sobre sus impactos ambientales, socioeconómicos y humanos son escasas.

En ese sentido, el estudio constituye un primer acercamiento científico y en profundidad a esta temática. La información recogida da cuenta de que más del 71% de los costos ocultos estimados corresponde a impactos ambientales, los cuales se expresan en emisiones de gases de efecto invernadero, cambio de uso del suelo, deforestación, quemas y desmontes; además de subvenciones y regímenes tributarios preferenciales, pobreza y medios de vida e impactos sobre la salud humana.
“El agro boliviano genera importantes beneficios económicos, productivos y alimentarios. Sin embargo, también existen costos asociados no visibles que no son tomados en cuenta al planificar e implementar programas de desarrollo agropecuario”, se lee en un resumen ejecutivo elaborado por los autores del estudio.
El texto añade que “el principal componente del costo oculto es el ambiental” y que los impactos no se limitan a lo ecológico, sino que también repercuten en los incentivos públicos, subvenciones, medios de vida rurales y otros aspectos sociales y humanos.
“En la actualidad ninguna actividad económica puede evaluarse únicamente por el valor que genera en el mercado; este indicador resulta insuficiente si ignora los costos que se transfieren a la naturaleza, a la gente y a las generaciones futuras”, expone el análisis.
Metodología con enfoque de costos ocultos
Para el estudio se aplicó la metodología True Cost Accounting (contabilidad de costos verdaderos), la cual incorpora el enfoque de costos ocultos. Este método de investigación científica fue aplicado a cinco sistemas de producción: pequeña agricultura familiar, sistemas diversificados, ganadería mixta y dos variantes de monocultivo, el integrado y el empresarial.
La investigación se realizó en zonas clave de expansión: Ascensión de Guarayos, en Santa Cruz, y San Andrés, en Beni. “Mientras el balance nacional dimensiona el impacto total de los monocultivos mecanizados a gran escala, el análisis local examina hectárea por hectárea qué sucede realmente cuando distintas formas de producir conviven en un mismo territorio”, se lee en una nota de prensa difundida por los autores del estudio.
Para el levantamiento de datos se encuestó a 310 familias y se clasificó un total de 70 unidades agropecuarias en nueve comunidades, combinando análisis satelital de uso de suelo con talleres y consultas en terreno. Se evaluaron doce variables en las dimensiones ambiental, socioeconómica y humana.
Proponen un “cambio de modelo posible”
Los autores del estudio sostienen que el desafío es mejorar el desempeño económico y socioambiental de la agricultura en general. “Aumentar progresivamente el valor social de cada uno de los sistemas agropecuarios es fundamental para un futuro sostenible para todos”.
Los autores plantean incorporar los costos ocultos en la evaluación de las políticas agropecuarias, fortalecer la planificación territorial y la zonificación ecológica y económica, impulsar sistemas diversificados y establecer incentivos vinculados al desempeño socioambiental. También proponen fijar metas de expansión y transición productiva y actualizar periódicamente la contabilidad de los costos que actualmente quedan fuera de las cuentas del sector.
Adicionalmente, anotan cuáles son las prácticas y políticas que deberían cambiar, entre ellas, aumentar el valor generado por unidad agrícola y hectáreas cultivadas; medir producción, rentabilidad, empleo, impactos y valor social neto e integrar producción, territorio, bosques, clima y desarrollo rural.





