Muertes fecundas

Opinión

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Sumando Voces

Carlos Derpic

Desde el mismo momento en que Lidia Gueiler asumió la presidencia de la República, el 16 de noviembre de 1979, el golpe militar para derrocarla era inminente; sólo lo trababan las disputas entre militares, por ver quién asumiría en su reemplazo. Por eso, la Dirección Nacional del MIR había lanzado la consigna: “Huelga general indefinida y bloqueo de caminos; resistencia en las calles. ¡Nadie se asila!”

El 17 de julio de 1980, Alfonso Alem, en la plaza 25 de mayo de Sucre, tomó el micrófono de los radialistas que transmitían la partida de una etapa del Gran Premio Nacional de Automovilismo y repitió la consigna.  Fue, junto con muchos otros militantes del MIR, uno de los que no se asiló y organizó la resistencia a la dictadura.

La tarde del fatídico 15 de enero de 1981 José Reyes Carvajal, Arcil Menacho Loayza, Artemio Camargo Crespo, José Luis Suárez Guzmán, Ramiro Velasco Arce, Jorge Baldivieso Menacho, Gonzalo Barrón Rondón y Ricardo Navarro Mogro, fueron asesinados por las bandas represoras de la dictadura narco delincuencial de Luis García Mesa y Luis Arce. Gloria Ardaya Salinas salvó su vida milagrosamente, lo mismo que Walter Delgadillo y Pedro Mariobo.

Fue entonces cuando el MIR decidió que sus cuadros dirigenciales, que se encontraban resistiendo desde la clandestinidad, debían salir del país. Así lo hicieron varios como Luis Fernández Fagalde, que encabezaba la lucha en Potosí; otros, como Jorge Quiroga o Samuel Romay, no salieron del país, pero sí de las ciudades en que se encontraban. Pese a ello, algunos sufrieron el rigor de la represión y fueron detenidos, como sucedió con Weimar Padilla, César Camargo Miguel Chalar y Nicolas Velasco, los últimos tres salvajemente torturados por los represores.

Otros, como “Juan Pablo”, en acto de valentía que muchos deberían imitar, volvieron al país, pese al riesgo que ello suponía para sus vidas y su seguridad.

Los ocho asesinados del 15 de enero siguieron las huellas que años antes habían dejado otros de sus compañeros miristas como Jorge “Chichi” Ríos Dalenz, que fue asesinado en la tortura por agentes de Pinochet el 13 de septiembre de 1973; el día del golpe había siro retirado con vida de la casa en que vivía en Santiago, en presencia de Susana Requena, la esposa de Fernando Gonzales, lo que echa por tierra la versión de que habría muerto en un enfrentamiento con las fuerza pinochetistas; su cadáver tenía un letrero que decía: “Terrorista uruguayo muerto en combate. O como las huellas de Ignacio Soto, asesinado también en Chile el 26 de septiembre del mismo año, cuando los agentes de la represión luego de torturarlo salvajemente, lo lanzaron desde el quinto piso de la Dirección de Movilización Nacional, al que lo habían trasladado. O como Carlos Bayro, asesinado por la dictadura banzerista en Bolivia, en 1972.

Varios de los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de los ocho dirigentes nacionales del MIR fueron juzgados y condenados en el juicio de responsabilidades que, una vez retornada la democracia en Bolivia, se llevó a efecto. De esta manera, sus muertes no quedaron impunes, aunque, claro está, la sentencia condenatoria no les devolvió la vida y sus familiares sienten hasta hoy el dolor y la bronca por lo que ocurrió aquel tenebroso día.

La entrega de estos dirigentes contribuyó a que el 10 de octubre de 1982, en medio de la algarabía y la movilización de todo un pueblo, asumiera el poder la Unidad Democrática y Popular (UDP) presidida por Hernán Siles Zuazo y se iniciara un proceso democrático que perdura hasta hoy, aunque herido de muerte por los afanes totalitarios y la práctica dictatorial de los gobiernos del MAS.

Igual, su ejemplo perdura e iluminó a muchos miristas de entonces, entre los que se cuentan Antonio Araníbar, Alfonso Camacho, Alfonso Ferrufino, Alfonso Leaño, Alfonso Vía Reque, Erwin Saucedo, Miguel Urioste, y muchos otros ciudadanos bolivianos a que continúen en la senda de la defensa de la democracia hasta sus últimas consecuencias.

Los pocos cobardes de siempre, muy pocos felizmente, que huyeron a las primeras de cambio y después, cuando llegó la democracia, se llenaron la boca alabando a sus compañeros asesinados y anotando misas en su memoria, están ahí, olvidados por la historia y por el pueblo boliviano.

Gracias, compañeros por la lección que nos dieron. Gracias a todos quienes siguen su ejemplo hasta el día de hoy, defendiendo la democracia asediada por el MAS.

Muertes fecundas, La democracia triunfará.

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Carlos Derpic es abogado

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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