Jacinto Noza, líder indígena. Foto: CENDA
Jacinto Noza tenía 45 años, una esposa, tres hijos, y todavía había mucho por hacer por su comunidad. Mientras las regiones del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), en Cochabamba, enfrentaban nuevas amenazas sobre sus tierras y arrastraban necesidades de salud y educación, él seguía recorriendo caminos, participando en reuniones y buscando respuestas para su pueblo. Su vida como dirigente transcurría entre las demandas de las comunidades, la defensa de la tierra y la búsqueda de mejores condiciones para las familias indígenas. Murió en ese camino, mientras viajaba junto a otros representantes para gestionar medicamentos destinados a los centros de salud de su territorio.
Su partida dejó a sus compañeros de dirigencia sin palabras y a su pueblo con una tarea que ahora adquiere otra dimensión: mantener unidas las voces que él había contribuido a reunir. En los últimos meses, Noza se convirtió en una figura clave para reactivar la articulación entre las tres organizaciones indígenas del TIPNIS, después de años de distanciamiento y fracturas internas. Su legado, coinciden quienes trabajaron con él, está en esa unidad recuperada y en la defensa de un territorio que todavía reclama atención y respeto a sus derechos.
Volver a hablar con una sola voz
Durante años, las diferencias entre las organizaciones indígenas del TIPNIS debilitaron su capacidad de actuar de manera conjunta. Las posiciones frente al proyecto carretero y las tensiones que atravesaron la vida orgánica del territorio abrieron una distancia entre sus dirigencias. La Subcentral Sécure, la Subcentral del TIPNIS y el Consejo Indígena del Sur (CONISUR) no siempre caminaron en la misma dirección.
Para Betzabé Saca, coordinadora del área de Tierra, Territorio y Derechos Humanos de una organización que acompaña procesos indígenas de CENDA, la llegada de Noza a la dirigencia marcó un momento importante para revertir ese distanciamiento. Su principal aporte fue conseguir que las tres organizaciones volvieran a coordinar y se pronunciaran de manera conjunta ante las amenazas que identificaban sobre sus derechos territoriales.
La articulación cobró fuerza ante nuevas propuestas legislativas y las preocupaciones por posibles afectaciones al territorio. Noza convocó a las dirigencias, promovió el diálogo y contribuyó a que las organizaciones recuperaran una posición colectiva frente a asuntos que consideraban decisivos para su futuro.
“Articular y envalentonar a las tres organizaciones y hacerlas solamente en una voz”, resume Saca al referirse a su principal aporte. Antes, explica, las coordinaciones debían avanzar con cautela para evitar que las diferencias entre las organizaciones interfirieran en las decisiones. Con Noza, esa relación comenzó a cambiar.
No se trataba únicamente de sentarse en una misma mesa. La unidad significaba recuperar la capacidad de defender el territorio como un solo cuerpo, con demandas compartidas y una dirigencia dispuesta a expresarlas públicamente. Para Saca, Noza ayudó a reactivar un proceso colectivo de resistencia que necesitaba volver a hacerse visible.
Su liderazgo también implicó asumir los costos de esa exposición. Defender los derechos territoriales frente a propuestas que consideraban lesivas suponía confrontar intereses políticos e institucionales. Aun así, Noza impulsó pronunciamientos y acompañó a sus compañeros en las gestiones y denuncias que buscaban frenar lo que las organizaciones consideraban vulneraciones a sus derechos.

La unidad que promovía también se construía lejos de las reuniones y los pronunciamientos públicos. Samuel Moye Roca, presidente de la Subcentral Sécure, recuerda que durante los últimos cinco meses de trabajo compartido recorrieron comunidades y retomaron contactos que se habían debilitado con anteriores dirigencias.
El propósito era escuchar a las familias, conocer sus necesidades y buscar proyectos productivos que permitieran mejorar sus condiciones de vida. Para Moye, esos recorridos fortalecieron el vínculo entre las autoridades y las comunidades, que comenzaron a sentirse nuevamente tomadas en cuenta.
El trabajo no se limitaba a la defensa territorial. En un territorio extenso y de difícil acceso, las carencias en servicios básicos seguían marcando la vida cotidiana de sus habitantes. La falta de atención sanitaria, la insuficiencia de medicamentos y las limitaciones en educación eran parte de las preocupaciones que las dirigencias debían llevar ante las autoridades.
También había proyectos que Noza y sus compañeros esperaban concretar. Uno de ellos era impulsar el turismo como una alternativa para generar recursos y mejorar las condiciones de las comunidades, aprovechando el potencial natural y cultural del territorio.
“Había muchos sueños de poder trabajar”, recuerda Moye. La muerte de Noza interrumpió parte de ese trabajo y dejó pendientes iniciativas que buscaban abrir nuevas oportunidades para las familias indígenas.
En su recuerdo, el presidente de la Subcentral Sécure no habla solamente de un compañero de lucha. Habla de un amigo con quien podía detenerse, compartir una conversación, reírse y bromear. Cuando visitaba la comunidad de Santísima Trinidad, cuenta, Noza era una de las personas a cuya casa llegaba para compartir un momento.
“Fue una de las mejores personas que he conocido en todo el trayecto de dirigente”, dice. La pérdida, admite, ha sido tan dura que incluso llegó a pensar en renunciar. El duelo afectó a las dirigencias y les impidió concentrarse en el trabajo durante los primeros días. Antes de continuar con las demandas del territorio, también necesitaban asimilar la ausencia de quien había sido compañero y amigo.
Murió buscando medicamentos para su pueblo
La última gestión de Noza estuvo ligada a una de las necesidades más urgentes de las comunidades: la salud. Después de participar en reuniones, talleres y gestiones relacionadas con la defensa territorial, volvió a salir para recibir medicamentos que debían ser trasladados a los centros de salud.
El viaje reunía a representantes indígenas que buscaban atender las necesidades de sus comunidades. En el trayecto ocurrió el accidente en el que murió Noza junto con otros dirigentes y representantes.
La circunstancia de su muerte adquiere un significado especial para quienes compartieron con él la labor dirigencial. Hasta sus últimos días, estaba dedicado a gestionar respuestas para las necesidades de su pueblo. Noza no regresaba de un viaje personal: estaba cumpliendo una tarea que formaba parte de una responsabilidad asumida ante sus comunidades.
“Ha fallecido en pie por su territorio, por las comunidades”, afirma Moye, al recordar que, antes del accidente, también trabajaban para exigir la entrega de medicamentos que necesitaban los centros de salud.
Saca describe esa dedicación como una entrega permanente. La labor de las autoridades indígenas exige viajar, asistir a reuniones, buscar interlocutores y gestionar apoyo ante instituciones de distintos niveles. Muchas veces, explica, estas responsabilidades ocupan los fines de semana y dejan poco espacio para la vida familiar.
En el TIPNIS, esas gestiones se desarrollan en medio de grandes distancias y de servicios que no llegan de manera suficiente a todas las comunidades. La falta de atención sanitaria en zonas alejadas convierte cada traslado de medicamentos en una necesidad concreta para las familias.
La muerte de Noza dejó al descubierto, una vez más, la carga que asumen quienes representan a comunidades que reclaman atención. Pero también dejó una imagen difícil de separar de su trayectoria: la de un dirigente que seguía buscando soluciones para su gente hasta el último tramo de su vida.
El hombre detrás del dirigente
En la dirigencia indígena, las personas suelen ser recordadas por sus intervenciones públicas, sus posiciones y las luchas que encabezan. En el caso de Noza, quienes lo conocieron también recuperan gestos cotidianos que ayudan a entender por qué su ausencia golpeó de manera tan profunda a sus compañeros.
Saca recuerda que tenía facilidad para acercarse a otras personas y generar confianza. En encuentros de intercambio entre organizaciones y territorios, participaba con entusiasmo y disposición para conversar. Su apertura ayudaba a crear relaciones que trascendían las diferencias institucionales.
En una actividad cultural, durante un encuentro de organizaciones, Noza se animó a cantar en su idioma una canción vinculada a la resistencia frente al proyecto carretero en el TIPNIS. Para Saca, aquel momento expresaba algo de su manera de relacionarse con los demás: podía compartir su cultura, hablar de las preocupaciones de su pueblo y encontrar puntos de encuentro con personas de otros territorios.
Su vida familiar también formaba parte de esa historia. Saca recuerda que Noza solía estar acompañado por su esposa, Celia, quien también ejercía responsabilidades dirigenciales. Ambos participaban en gestiones y decisiones relacionadas con las necesidades del territorio. La defensa de los derechos indígenas no era una tarea distante de la vida familiar, sino una responsabilidad que atravesaba sus días.
Noza había cumplido 45 años el 11 de septiembre. Al día siguiente participó en una reunión en Trinidad. Poco después, su muerte transformó en duelo lo que había sido una etapa de intensa actividad organizativa.
Su comunidad de origen, Santísima Trinidad, pidió que sus restos regresaran al territorio para recibir sepultura allí. Según el relato de Saca, esa decisión respondió al pedido de la comunidad y al vínculo que mantenía con su tierra. Para sus habitantes, su regreso tenía un significado que iba más allá de la despedida: era devolver al territorio a uno de sus dirigentes.

Para Moye, Noza debe ser recordado como un líder que luchó hasta el último día por la defensa territorial y que apostó por la unidad. Esa convicción también aparece en el testimonio de Saca, quien considera que la tarea más difícil comienza ahora: sostener los vínculos que el dirigente ayudó a reconstruir.
La articulación de las tres organizaciones no resuelve por sí sola las amenazas ni las necesidades que enfrenta el TIPNIS. Continúan pendientes la defensa de los derechos territoriales, la atención a las comunidades, el acceso a medicamentos y el desarrollo de proyectos que permitan mejorar las condiciones de vida. La continuidad de los procesos de consulta y monitoreo territorial también exige coordinación y trabajo colectivo.
La ausencia de Noza obliga a sus compañeros a reorganizarse mientras atraviesan el duelo. Saca advierte que la muerte ha provocado frustración y preocupación entre las organizaciones, además de una pausa inevitable en algunas tareas que venían desarrollando. El reto será retomar ese trabajo sin perder la confianza que habían comenzado a recuperar.
En esa tarea está la parte más exigente de su legado. La unidad no depende de una sola persona, pero puede fortalecerse o debilitarse según la capacidad de las organizaciones para mantener el diálogo y respetar las decisiones de sus comunidades. Noza contribuyó a abrir ese camino; ahora corresponde a quienes permanecen sostenerlo.
Su historia no se reduce a las disputas políticas ni a las amenazas sobre el territorio. También habla de un hombre que recorría comunidades, compartía una risa con sus amigos, cantaba en su idioma y dedicaba sus días a gestionar aquello que consideraba necesario para su pueblo.
Jacinto Noza murió cuando buscaba medicamentos para las comunidades que representaba. Dejó proyectos pendientes, compañeros en duelo y una familia que enfrenta su ausencia. Pero dejó también una tarea colectiva: que las tres organizaciones del TIPNIS no vuelvan a perder la voz común que habían empezado a recuperar.
Porque, para quienes caminaron a su lado, su legado no está solamente en las luchas que encabezó, sino en haber demostrado que, incluso después de años de divisiones, las comunidades podían volver a encontrarse para defender juntas el territorio que les pertenece.





