David Cárdenas, productor. Foto: Sumando Voces
Cada mañana, antes de que el sol golpee con fuerza las parcelas del norte paceño, cientos de familias del Alto Beni y Palos Blancos empiezan una rutina silenciosa: limpiar maleza, podar árboles, revisar frutos y cuidar que ninguna sustancia química toque la tierra donde crece su cacao.
Es un trabajo lento, manual y paciente. Un cultivo puede tardar hasta seis años en alcanzar una producción estable. Pero para las 1.300 familias afiliadas a las 48 cooperativas de la Central de Cooperativas El Ceibo, el esfuerzo vale la pena: su cacao ecológico llega hoy a mercados de Europa, Estados Unidos y Asia.
“Todos nuestros asociados viven de esto”, cuenta David Cárdenas Pachagaya, representante de los productores que sostienen una de las experiencias más importantes de producción agroecológica del país.
En las parcelas no solo se cultiva cacao. También hay cítricos, bananos, yuca y hortalizas. Sin embargo, el cacao sigue siendo el corazón económico de la región y el producto que conecta a estas familias campesinas con consumidores de otros continentes.
Durante 2025, las cooperativas lograron acopiar cerca de 50 mil quintales de cacao. Parte de esa producción se exporta como materia prima y otra se transforma en manteca, cacao en polvo y productos terminados que llegan incluso al mercado japonés.
Pero detrás del crecimiento de la demanda internacional existe también una presión constante: mantener la certificación ecológica. “Tenemos que garantizar que esté libre de contaminantes químicos”, explica Cárdenas. “Si nosotros hacemos lo contrario, nuestro mercado estaría en riesgo”.
Por eso, en la región crece la preocupación ante el avance de actividades mineras. Los productores temen que una eventual contaminación afecte no solo la tierra y el agua, sino también décadas de trabajo construyendo credibilidad internacional.
“Es una preocupación bastante grande”, admite el dirigente. “No estamos de acuerdo con que puedan asentarse operaciones mineras en Alto Beni o Palos Blancos”.
La amenaza preocupa porque el prestigio del cacao ecológico depende justamente de conservar un entorno limpio. Un solo rastro de contaminación podría cerrar puertas en mercados extranjeros cada vez más estrictos con los estándares ambientales.
La historia de El Ceibo comenzó en 1977. Desde entonces, generaciones enteras apostaron por producir de manera ecológica, mucho antes de que el mundo hablara de alimentos orgánicos o sostenibilidad.
Hoy, casi 50 años después, esas familias sienten que defienden algo más que un cultivo. “Lo más importante es demostrar que sí se puede producir ecológicamente”, dice Cárdenas. “La gente quiere alimentos saludables y nosotros queremos garantizar eso”.
Mientras el mercado internacional exige productos cada vez más limpios, en las comunidades del Alto Beni el desafío sigue siendo el mismo: proteger la tierra que les da de vivir y evitar que la contaminación destruya un modelo construido durante décadas, árbol por árbol y cosecha tras cosecha.





