Los habitantes del área metropolitana de La Paz nos vemos con frecuencia obligados a cruzar la calle «toreando» minibuses. El caos vehicular al que estamos tan mal acostumbrados nos hace tener ese tipo de actitudes de supervivencia urbana. En mi adolescencia, una vez subí a un minibús corriendo, en esos segundos en los que el semáforo va de rojo a verde y uno debe resolver la duda de subir o no, porque ha hecho parar el minibús cuando el semáforo todavía estaba en rojo, pero ha empezado la acción de subir cuando ya estaba en verde. En cuanto me senté, una mujer (fácilmente legible como «jailona») me miró y dijo con bastante enojo, mirándome a los ojos: «Hay pues gente que sube al minibús como indio a media calle». Por supuesto que me sentí mal, me vi a mí mismo con desprecio, me pensé maleducado, grosero y sucio, todos esos adjetivos que la palabra «indio» suele invocar en nuestros cuerpos.
Esa mujer no me dijo «indio de mierda», había dicho que yo había subido «como indio». La palabra funcionó ahí como un adverbio descalificativo de una manera de hacer algo. El racismo estructural de Bolivia invoca a la indianidad como una forma incorrecta de habitar el cuerpo: la pronunciación del español, determinado uso de la letra «R», vestir de cierta manera, la gestualidad al comer, desconocer ciertos códigos de etiqueta (como subir corriendo a un minibús). La racialidad no es leída solo como un color de piel, sino también como códigos de comportamiento que se leen desde la jerarquía.
Michel Foucault tomó la imagen del panóptico (esa prisión con una torre central desde la que se observaba a todos los presos) para explicar cómo el poder se instala dentro de los sujetos. Los presos habían vivido tal nivel de acondicionamiento que ya no necesitaban ser mirados todo el tiempo para comportarse de cierta forma, bastaba con que vean la torre central y tengan la certeza de la posibilidad de ser mirados. En la torre puede haber alguien o no, los presos ya tienen instalada en la mente la sensación de vigilancia perpetua.
Dentro de la teoría queer, Judith Butler usó el mismo constructo teórico para hablar del género. La construcción de lo femenino y lo masculino en los cuerpos pasa por una serie de correcciones. Se enseña a los niños a «pararse como hombre», a «hablar como mujer», se enseña que los hombres tienen pelo corto y las mujeres pelo largo. Yo recuerdo incluso una profesora de primaria que nos decía que las niñas debían sentarse con las piernas cerradas y los niños con las piernas abiertas. Todas estas maneras de performar el género nos hacen legibles para la norma, quien se aleja de ella recibe corrección y castigo.
En Bolivia, la blanquitud funciona de forma similar. Se nos educa desde pequeños para que no «se nos salga el indio». El ecuatoriano Bolívar Echeverría construyó una diferencia entre blancura y blanquitud. La blancura se refiere al cuerpo leído como blanco; la blanquitud, en cambio, se trata de formas de comportamiento que se asocian a civilidad, corrección, educación y modernidad. Una persona racializada puede acercarse a esa norma, ostentar blanquitud, ser racista hacia otras personas racializadas.
Eso hizo conmigo aquella mujer del minibús tantos años atrás. Su frase era una corrección social de la norma de blanquitud: en su lenguaje, una persona «educada» no sube de cierta forma al transporte; subir como yo lo hice pertenece al repertorio de lo indio. Con su frase, marcó una frontera entre las conductas que se consideran racializadas (y por lo tanto inaceptables) y las que serían correctas (en contraste, blancas).
En Bolivia el blanqueamiento es un aprendizaje progresivo de autocontención. El panóptico se instala en nuestra mente al punto que nosotros mismos contenemos nuestro volumen, nuestro maximalismo, nuestra forma de usar la lengua, nuestras formas de festejo. La blanquitud es una meta y un camino con vigilancia perpetua. La blanquitud se educa en el cuerpo, para que nadie más que uno mismo pueda ver al indio que nos saluda del espejo. La blanquitud no necesita ser administrada por personas que ostentan blancura, al contrario, es así de efectiva porque la administran personas racializadas que corrigen la indianidad de otros, porque esos otros les recuerdan el espejo que no quieren ver.
Volviendo a mi anécdota del principio, la mujer que me gritó en el minibús con toda seguridad olvidó el suceso minutos después. Yo no (de hecho, estoy escribiendo sobre eso quince años después). El castigo social dura pocos segundos y la vigilancia se queda por años en la mente. Bastan esos segundos para que en nosotros se instale el mecanismo de corrección para que no «se nos salga el indio» (como decía mi bisabuela). Pocos segundos para que el panóptico de la blanquitud se nos instale en el cuerpo. Una vida entera para deconstruirlo.
Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador.
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