Solo lo imposible me importa

Opinión

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Sonia Montaño V.

Esta columna es sobre un día (mi día) durante los bloqueos. Sobre los pensamientos que tuve en mi condición de casi nada: ni dependiente, ni cuenta propia; me creo ciudadana porque voto, aunque me equivoco casi siempre. Quería compartir las reflexiones en medio de los bloqueos, marchas y contramarchas. Me doy cuenta de que, ocupada como estuve siguiendo las noticias, mis emociones surgieron al ritmo de mi desordenado scrolleo. Mientras cruzaba los dedos para que se solucionen las cosas, la gente ya había salido a las calles en todas las capitales para defender la democracia y me invadía un aire de optimismo. Hubiera querido autoconvocarme como ahora se dice.

Al finalizar la tarde, escuché el llamado de la Iglesia Católica y la Defensoría del Pueblo y vi al ministro del interior anunciar un puente humanitario entre Oruro y La Paz para facilitar el paso de alimentos y oxígeno. Me di cuenta que la incertidumbre con la que pasé las últimas semanas se está transformando en esperanza. ¿Será el fin de los bloqueos? ¿Hasta cuándo? Si, como dicen las redes, el domingo, día en que se publica esta columna, se levantan los bloqueos podré comer una salteña.

Esta mañana, como lo hago la mayor parte de las veces, me desperté temprano; insisto en poner el despertador a una hora que sé que no cumpliré. Silencio a mi alrededor, el sol sigue esquivo, me levanto, voy al baño, luego a la cocina, no hay pan. Me asomo a la ventana y están dos vecinas esperando que lleguen las marraquetas. “Ya! de una vez debe renunciar”, dice una y pienso: esta señora no tiene paciencia. En efecto, se va sin el pan y yo vuelvo a mi cama a dormir los minutos, tal vez la hora que me falta por haberme trasnochado escuchando el silencio y los dinamitazos —eso creo— de los cooperativistas mineros que en esta ocasión lucen cascos usados y ya no los acompañan las chicas de blue jean y tacos que marcharon el 2019 al grito de: “ahora si guerra civil”.  Los mineros ilegales se han mostrado como un poder fáctico. EL poder. Paz ha capitulado ante ellos concediendo todo lo que, como depredadores ambientales que son, le pidieron. Esa es una de las certezas que tengo.

Mientras hierve el agua, pienso en La Paz bloqueada. La Central Obrera que no es ni central ni obrera ha encabezado el pedido de renuncia del presidente al que elegimos hace siete meses. En realidad, buscan recuperar los privilegios a los que les había acostumbrado el MAS. No les gusta que los llamen vándalos. Son otros, no nosotros, dicen.

Hoy comeremos garbanzos. ¡Qué renuncie!, gritan los bloqueadores y ya no sé si es la radio, la tele o el celular que suena. Han pasado más de tres semanas y el presidente no ha renunciado; no hay víctimas mortales y eso ya es extraordinario. Los muertos que hay son a causa de los bloqueos. Lo que estamos viviendo es un desafío para los politólogos: ¿golpe, asonada, insurrección.? Digo, para los académicos porque si les preguntamos a los amigos de Evo, tan necios como Petro, dirán que estamos ante una insurrección. Yo creo que vivimos en “modo revuelta”.

Pausa: salgo a tomar sol con el Chispas y siento miedo. Miedo de no ver durante mi vida un país tranquilo. Hace cinco días que no como plátano, pero hemos conseguido una papaya a veinte bolivianos, que ha volado. Enciendo un cigarrillo y escucho noticias, en realidad una seguidilla de programas de periodismo independiente que lo hay y del bueno.

Me doy cuenta que he visto noticias en desorden. Ayer hubo marchas masivas en varias ciudades, mitad de la gente está contenta, pero las amas de casa aún se pelean por cuatro huevos. Aquí está la diferencia entre las historias generales y la vida cotidiana de la gente. La macro y la micro. Yo no soy nada. Tengo la suerte de no estar afiliada a ningún partido, sindicato, junta vecinal, ni siquiera un club deportivo por lo que no debo bloquear ni desbloquear. Por estar en onda, a ratos me bloqueo y no puedo pensar, entonces bloqueo a quienes insultan en las redes.  Siento ganas de vomitar, no es la comida, es ver a Richter hablando del desencanto de la gente.

Sin darme cuenta es hora de almuerzo y de las noticias que repiten lo mismo que ya vi durante toda la mañana. Mientras como mis lentejas me digo: nadie me obliga a deprimirme. ¿Por qué insisto en ver tantas veces la misma historia? Ahí me está esperando el “Aprendizaje o el libro de los placeres” de la gran Clarice Lispector. Abro una de las páginas donde había subrayado: ¡Que el dios me ayude a conseguir lo imposible, sólo lo imposible me importa! Y sin que mi rutina tenga nada que ver con esas sabias palabras, pienso que tal vez, sólo tal vez, lo que estamos viviendo sea el preludio de un nuevo tiempo.

Sonia Montaño Virreira es socióloga jubilada y feminista por convicción.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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