Sin identidad nacional no hay patria

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

De niño, al mirar películas de origen estadounidense, era algo común observar la forma en la cual festejan el 4 de julio, su día de la independencia; admiraba el patriotismo y el amor que expresan: fuegos artificiales, reuniones familiares, desfiles. Si bien hace algunos años se desclasificaron más de 60.000 documentos donde se señala la intervención en las producciones cinematográficas por parte del Departamento de Defensa de los EE. UU., la C.I.A. y el F.B.I. otorgando favores a las producciones a cambio de intervenir en los guiones con algunas correcciones con el fin de resaltar la valentía del ejército estadounidense, asimismo incluir muestras de patriotismo desmedido que debían proyectar ante el mundo (Alford & Secker: National Security Cinema, 2017), debido a mi desconfianza de esa realidad, me di el trabajo de consultar a conocidos que ya viven por varias generaciones en aquel país del norte, y me confirmaron que sí: el nivel de patriotismo que se vive en la población es el mismo observado en los medios visuales.

De inmediato se me pasó por la mente una idea incómoda: ¿por qué los bolivianos no demostramos tal fervor el día de la independencia por haber nacido en nuestro hermoso país? Quizá la respuesta está implícita al escuchar a distintos políticos y representantes de organizaciones expresarse del país en medios de comunicación como «ESTE PAÍS», de manera, en algunos casos, despectiva.

Estados Unidos fue fundado como un país de inmigrantes que huían de la corona inglesa con la finalidad de profesar libremente su fe y comenzar una nueva vida; trágicamente, al expandirse, desplazó y exterminó a poblaciones indígenas. En los siglos XIX y XX se presentó una segunda ola migratoria con población que escapaba de la pobreza y dictaduras. Parte del amor ferviente a su nación nace de esta migración que encontró oportunidades laborales y una nueva vida. Este agradecimiento a ese país que les permitió prosperar es expresado en una fuerte identidad nacional, más allá de las divisiones ideológicas asentadas por la administración Trump.

Otra de las variables importantes es la confianza de la población en sus instituciones del Estado, citada por el politólogo y sociólogo Francis Fukuyama como base para la identidad de un país. Un ciudadano confía en las reglas del juego y en el comportamiento de otro ciudadano, aunque no lo conozca, porque comparten una identidad cívica profunda. Esto genera una sociedad de alta confianza. En las sociedades de baja confianza, la confianza se limita estrictamente a la familia, al clan, a la etnia o a la región.

Bolivia nació como un país extractivista, con una base económica rentista; en los 200 años de vida republicana no cambió el enfoque económico. Si bien no se exterminaron poblaciones indígenas, estas fueron relegadas solo a fuerza de trabajo, dejando de lado la educación y la apertura de oportunidades de crecimiento. Ese es el gran problema de Bolivia y de gran parte de los países latinoamericanos: la población, además de arrastrar un pasado trágico de abusos tanto en la colonia como en la época republicana, mantiene un espíritu rentista.

Estamos acostumbrados a escuchar cada año demandas sectoriales dirigidas al gobierno de turno. La Central Obrera Boliviana solicita incrementos salariales, los cooperativistas mineros piden más áreas de explotación y los empresarios agropecuarios exigen más mercados de exportación. El problema no es que defiendan sus intereses, sino que rara vez la discusión gira en torno a qué aportan al bienestar colectivo o al cuidado del patrimonio común. El Estado se convirtió en un genio que debe conceder deseos que llegan a la irracionalidad y al individualismo. Pero estos sectores, además de generar fuentes de empleo o divisas, tendrían que evitar contaminar ríos y respetar la normativa en tierras. Para gran parte de la población: cuidar la patria es algo que debe nacer de una obligación normativa. La pregunta es qué hacemos por nuestro país, o simplemente hacemos lo necesario porque no lo sentimos nuestro.

Ante este panorama, algunos señalan que el problema es la diversidad cultural como causa de la ausencia de una identidad nacional, lo cual es falso. Para demostrarlo basta mirar la historia: el Imperio Alemán, fundado por Otto von Bismarck en 1871, nació como una federación impuesta y artificial plagada de profundas grietas políticas, regionales y religiosas. El Imperio contenía cuatro reinos distintos (Prusia, Baviera, Sajonia y Wurtemberg); Prusia era el Estado más grande, militarizado y centralista, acumulando el 65% del territorio. Estados como Baviera, en el sur, sentían una profunda aversión hacia el centralismo de Berlín. Los bávaros defendían celosamente su autonomía, tenían su propio ejército, su propia red de ferrocarriles y miraban a los prusianos como invasores culturales arrogantes.

Sin embargo, en agosto de 1914, al declararse la Primera Guerra Mundial, ocurrió un fenómeno ante la amenaza de Rusia y Francia: el Káiser Guillermo II pronunció un discurso histórico ante el parlamento que disolvió instantáneamente décadas de fragmentación: «Ya no veo partidos, ya no veo confesiones religiosas; hoy solo veo alemanes». La fragmentación cultural interna se congeló bajo el concepto de la Burgfrieden (la tregua o paz del castillo). A pesar de dos guerras mundiales, Alemania logró mantener esa unidad aun posterior a la caída del muro de Berlín. Alemania sigue unida porque convirtió la diversidad regional en un activo a través de un federalismo cooperativo real, donde las regiones ricas financian solidariamente a las rezagadas, y donde el orgullo cívico se asienta sobre las leyes y en la confianza de sus instituciones.

Es clave para el desarrollo de un país, y para generar ese sentimiento de orgullo de pertenencia nacional, la confianza de la población en sus instituciones; en ellas podemos citar a los administradores de justicia, impuestos y otras que, en nuestros países en vías de desarrollo, son utilizadas por los gobiernos de turno como un botín para favorecer a los sectores afines en desmedro del resto de la población, sembrando la sospecha crónica entre compatriotas, recelo que actualmente en Bolivia es utilizado por el Movimiento al Socialismo contra el gobierno.

La confianza institucional como eje de desarrollo también es citada por Daron Acemoglu y James A. Robinson (Nobel de Economía 2024); ellos las denominan instituciones inclusivas. Paradójicamente, también señalan que las economías extractivistas prefieren mantener a su población fragmentada y en inestabilidad, escenario que es aprovechado con el fin de concentrar el poder económico y político, mediante lo que denominan instituciones extractivas.

Esta definición de instituciones y economías extractivas citadas por los Nobel de Economía calza con la realidad de los países en vías de desarrollo como Bolivia; la pregunta es quiénes salen ganando con la fragmentación, la inestabilidad, con instituciones corruptas o manipulables y con una sociedad apática a la defensa del medio ambiente.

Cuando el boliviano confíe en que sus impuestos llegarán efectivamente a beneficiar la vida de la población; cuando se confíe en que los administradores de justicia no favorecerán al que tiene influencia o poder económico; cuando no se destruya el medio ambiente otorgando exenciones o concesiones a empresas o cooperativas mineras; cuando la población no se sienta excluida de las políticas de gobierno y sienta que las instituciones del Estado están para generar bienestar; cuando las instituciones dejen de ser utilizadas como botín político; cuando la población cambie su posición de pedir todo al gobierno de turno y ponga por encima qué puede hacer por nuestra Bolivia, qué hacer para mejorar el bienestar del prójimo y del medio ambiente. En ese caso, involuntariamente, generaremos esa identidad nacional que nos hace falta. Solo entonces dejaremos de ver a Bolivia como un territorio que habitamos y comenzaremos a verla como una patria que nos pertenece a todos.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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