Ser mujer hoy en día

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

Un niño sin hogar se encuentra casualmente con un joven adulto. El niño, con toda inocencia, empieza a hacerle preguntas: «Dime todos tus pensamientos sobre Dios, porque de verdad quiero conocerla. ¿Y puedes preguntarle por qué somos quienes somos?, porque voy camino a verla. Así que dime: ¿estoy muy lejos?, ¿estoy muy lejos ahora?». Todo transcurre mientras ambos observan a personas caminando con ojos bizcos (como metáfora). El relato corresponde al tema musical Counting Blue Cars, éxito de la banda norteamericana Dishwalla lanzado al mercado en 1995. La historia se centra en las preguntas existenciales de un niño inocente que asume que Dios es mujer. Debido a esta canción, el compositor y cantante del grupo recibió amenazas de muerte.

Cuestionar la imagen paternal de Dios sin duda es un tema controversial para los adultos, pero a los ojos de un niño vulnerable, Dios no está concebido desde el miedo o una jerarquía. Para un infante es lógico, como su primera noción del universo, atribuirle un género femenino a la máxima representación divina debido a las características que acompañan a una madre: empatía, perdón, comprensión, cobijo, refugio, protección, un lugar seguro. Si Dios es mujer, la divinidad deja de ser una figura lejana que juzga o castiga desde las alturas, convirtiéndose en un brazo protector frente a la realidad. La mayoría de las personas tenemos ese concepto de una madre, pero la pregunta es por qué algunas personas, en aquel entonces, tomaron como un insulto a su religión ese tema musical.

Hoy, con el resurgimiento de la confrontación ideológica entre la izquierda y la ultraderecha conservadora, quienes más salen perjudicadas son las mujeres. Con la ultraderecha fortaleciéndose a nivel mundial, empleando influencers de ambos sexos en redes sociales, se está acentuando de manera radical la imagen patriarcal de Dios, tratando de cuestionar y debilitar los derechos que las mujeres lograron conseguir durante décadas.

Dentro de algunos sectores conservadores afines al presidente norteamericano Donald Trump ha tomado notoriedad la propuesta conocida como Household Voting (un voto por cabeza de familia), donde desean desmantelar el principio universal del voto, reemplazándolo por el voto permitido únicamente a la autoridad paterna, postura fortalecida por defensores del patriarcado bíblico. Además de utilizar su religión como justificativo, también atribuyen a las mujeres las políticas progresistas (salud pública, educación, regulación de armas y derechos reproductivos), cargando sobre el voto femenino la culpa por la decadencia económica y moral de su nación. Con la corriente libertaria expandiéndose, no cabe duda de que estas posiciones patriarcales erróneas están llegando a influenciar la política de los países en desarrollo; un claro ejemplo es el político chileno José Antonio Kast y su concepto conservador de la familia y la mujer. Las redes sociales y la desinformación son el medio donde se manipula la mente de la juventud con estas posiciones extremistas.

Incluso una mujer de derecha como la primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, fue víctima de descalificaciones por parte de la administración Trump. En primera instancia, por su condena a la crisis humanitaria en Gaza, tachándola de débil y emocional; posteriormente, infantilizándola por supuestamente rogar por una foto junto al mandatario norteamericano. Sin duda alguna, buscaron proyectarla como una figura frágil e insegura únicamente por ser mujer.

Esta misma lógica no solo se refleja en la política. También se manifiesta en la cultura popular y la industria del entretenimiento, donde el juicio hacia las mujeres suele ser mucho más severo. Cuando una artista decide cambiar de sexo o interpreta en el cine a un personaje que, según el imaginario popular y no histórico, debía interpretarlo una mujer de rasgos arios, como en el caso de la película La Odisea de Christopher Nolan. También se reprocha de manera desacertada que las actrices contratadas no sean «bellas», como ocurrió con la protagonista del filme Supergirl de DC. Ambas producciones son el claro ejemplo de que se critica más crudamente la identidad sexual, el color de piel o la apariencia física de las mujeres que la calidad de la misma producción cinematográfica. Asimismo, el hate se viraliza más cuando los comentarios de una artista van en contra de las ideas que profesa la ultraderecha conservadora. Se está creando una realidad en redes sociales donde el valor de una mujer está sujeto a su físico y no a su capacidad.

En Bolivia, el Proyecto de Ley N.° 010, conocido como Ley Brisa, es una iniciativa que propone la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra niñas, niños y adolescentes, permitiendo que las víctimas puedan denunciar en cualquier etapa de sus vidas. Esta propuesta fue impulsada por Brisa De Angulo Losada, boliviana víctima de abusos sexuales cometidos por un familiar en su adolescencia, quien no tuvo respuesta de la justicia boliviana y vio la necesidad de acudir a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Una vez salió a la luz pública el proyecto de ley, los ataques no solo se concentraron en la propuesta normativa; también se dirigieron a Brisa desacreditándola, señalando que respondía a intereses feministas progresistas o de organizaciones no gubernamentales de izquierda. Asimismo, se generó desinformación a gran escala rechazando la propuesta, partiendo mayormente de hombres y grupos religiosos conservadores. En la mayoría de los casos, los opositores señalaban que la normativa los ponía en indefensión jurídica, afirmando que cualquier mujer podría inventar una acusación.

Volviendo a Brisa y a los ataques que recibió es increíble que no exista respeto por una persona víctima de violación. Para una mujer en una sociedad patriarcal, su imagen queda estigmatizada cuando hace pública este tipo de agresión; por lo tanto, es muy difícil que una mujer invente un caso así. Incluso los actos de violencia familiar suelen ser ocultados por miedo o presión social. Es irracional sostener que las mujeres inventan violaciones por capricho.

¿Por qué lapidamos socialmente a las mujeres cuando no responden a lo que espera una sociedad patriarcal? Cuesta entender que aún estemos tan obsesionados con diferenciar los roles de género como si fueran algo sagrado.

Aquiles, según la mitología griega, pasó varios años con un grupo de mujeres disfrazado y viviendo como una de ellas, idea propuesta por su madre para evitar que se concrete la profecía de su muerte en Troya. Aun así, el destino lo llamó, otorgándole el lugar de un gran guerrero. ¿Qué fue lo que lo convirtió en ese hombre? En sus años de convivir como mujer aprendió empatía, fragilidad, cuidado y sensibilidad. Experimentó la vida desde otra vereda, lo cual se interpreta como la preparación necesaria para ser un héroe completo.

¿Por qué las virtudes que amamos de nuestras madres o parejas, en el resto de las mujeres las tomamos como debilidades o elementos para atacarlas? ¿Por qué esas virtudes terminan siendo su condena, como demuestran los alarmantes números de feminicidios?

A lo largo de los años he observado un patrón que merece reflexión: existe una mayor predominancia de mujeres participando en causas altruistas, voluntariados, activismo ambiental y derechos humanos. En Bolivia, un claro ejemplo son los siete jóvenes que ganaron la demanda al Estado por los incendios forestales ante el Tribunal Agroambiental en 2025; seis eran mujeres. Asimismo, podemos mencionar a Amparo Carvajal, defensora de derechos humanos que, aun con su avanzada edad, atiende casos personalmente; y a la directora del Refugio Senda Verde, Vicky Ossio, dedicada a rescatar y rehabilitar animales víctimas de tráfico y maltrato. Así podemos encontrar a cientos de mujeres a nivel local o internacional, defendiendo sus territorios o dirigiendo albergues de animales domésticos.

No se trata de idealizar a las mujeres. Se trata de que la sociedad entienda que las virtudes que amamos de ellas también son necesarias de aplicar para mejorar el mundo, evolucionar como humanidad y ser hombres íntegros como Aquiles.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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