Primero pensemos en la reactivación ciudadana

Opinión

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Sandra Verduguez

En las últimas semanas he escuchado, y seguro que no soy la única, decenas de entrevistas, debates y análisis sobre la situación del país. En la televisión, la radio, los medios digitales y las redes sociales abundan los diagnósticos sobre la crisis económica, la falta de dólares, el combustible, el deterioro de las instituciones, la incertidumbre política y la pérdida de confianza. Todos parecen coincidir en lo que está mal.

Los 53 días de bloqueo que soportó La Paz no solo dejaron pérdidas económicas sino también cansancio, frustración, desesperanza y una profunda sensación de vulnerabilidad. Muchos terminamos con la impresión de que el país está desprotegido ante los conflictos. Y ese sentimiento de impotencia parece ser incluso más peligroso que la propia crisis. Hoy, la discusión pública está, sobre todo, alrededor de la reactivación económica porque la inflación golpea a las familias, la subida del dólar causa más incertidumbre, las inversiones se paralizan y el Gobierno no encuentra respuestas. Es comprensible. Sin embargo, quizá estemos comenzando la discusión por el lugar equivocado y antes de la reactivación económica, Bolivia necesite pensar en la reactivación ciudadana para recuperar la capacidad de pensar colectivamente, de proponer, de construir y de asumir responsabilidades.

Durante los últimos 20 años nos acostumbramos aún más a la lógica rentista en la que el Estado aparecía como el gran responsable del desarrollo, del empleo, de la producción, de la educación, de la salud y, en general, de la solución de todos los problemas. Esa visión no solo ha debilitado las instituciones, también ha reducido el espacio para la iniciativa ciudadana, la creatividad y la corresponsabilidad. Las organizaciones de la sociedad civil parecen haber olvidado su papel incomodar al poder, proponer soluciones y movilizar a la ciudadanía, y haberse concentrado más bien en la ejecución de proyectos que en la construcción de una agenda pública para el país.

Por eso, ¿no deberíamos preguntarnos qué pasa con nuestras capacidades como sociedad?

En la educación, por ejemplo, se necesita volver a formar maestros que despierten el pensamiento crítico, la curiosidad y el compromiso con el conocimiento. Pero esto no es posible si en el debate educativo no se incluye la calidad de la formación en las normales y el compromiso y actualización de los docentes. Y aunque Bolivia ha logrado ampliar significativamente el acceso a la educación, las evaluaciones regionales de aprendizaje todavía la ubican entre los países con menor desempeño educativo de América Latina. Entonces el desafío ya no es solamente que más niños lleguen a la escuela, sino que aprendan más y mejor.

Las universidades también deberán preguntarse si van a seguir encerradas en sus aulas para formar profesionales que compitan en el mundo o únicamente para obtener un título, ignorando además su papel en el desarrollo nacional. Si bien Bolivia cuenta con carreras acreditadas internacionalmente mediante sistemas como el ARCU-SUR, ninguna universidad boliviana figura hoy entre las aproximadamente 1.500 mejores del mundo según el QS World University Rankings. Ese dato, aunque mide dimensiones específicas (investigación, reputación académica, empleabilidad, internacionalización, etc.) y no la calidad docente en sentido amplio, debería preocuparnos porque revela que el desafío ya no es únicamente ampliar el acceso, sino elevar la calidad, la investigación y la capacidad de innovar.

En cuanto a la salud, se requiere mucho más que nuevos hospitales o mayores presupuestos. La OMS considera que uno de los mejores indicadores para medir un sistema de salud no es cuántos hospitales construye un país, sino cuánto debe pagar una familia cuando se enferma. Por eso, es vital revisar estructuras que han estado privilegiando la burocracia y los intereses corporativos antes que la atención oportuna, la calidad del servicio y la dignidad del paciente. Enfermarse en Bolivia, cuando se tienen pocos recursos, sigue siendo, para demasiadas familias, una sentencia.

La justicia tampoco cambiará únicamente con nuevas leyes o nuevas autoridades. Mientras se siga alimentando una cultura donde la corrupción, las influencias y la conveniencia pesen más que la ética y el respeto por los derechos, cualquier reforma será insuficiente. La reforma que debemos imaginar necesita jueces idóneos y éticos, mejor presupuesto, mayor independencia, pero también ciudadanos dispuestos a cumplir obligaciones y no solo a exigir derechos.

Y, a estas alturas, también debemos reconocer que, durante años, probablemente dejamos que la resignación, la comodidad y la dependencia del Estado sustituyeran la iniciativa ciudadana. Sin embargo, no es que Bolivia no tenga personas capaces de emprender, investigar, innovar, producir conocimiento, generar riqueza o exigir el cumplimiento de las leyes. Ese potencial no ha desaparecido, simplemente no está en el lugar que le corresponde para ser parte del debate público. Ya no basta con indignarnos, comentar en las redes sociales o compartir nuestra frustración. Es tiempo de discutir soluciones en el espacio que tenemos y preguntarnos cuál es la responsabilidad que nos corresponde.

En El poder de los sin poder, un ensayo publicado en 1978, el expresidente checo Václav Havel plantea una idea que está muy vigente: ninguna sociedad cambia únicamente con lo que los gobiernos proponen; cambia cuando los ciudadanos descubren que también tienen la capacidad —y la responsabilidad— de transformar su entorno. Sabemos que necesitamos estabilidad económica, crecimiento y mejores políticas públicas. Nadie discute eso. Pero quizá la primera reactivación pendiente no sea la económica, sino la ciudadana. O es que trabajadores, médicos, profesores, académicos, periodistas, transportistas, universitarios, profesionales o emprendedores de Bolivia ¿no tenemos la capacidad de imaginar otro futuro?

Sandra Verduguez es comunicadora social, integrante de Observación Ciudadana de la Democracia (OCD).

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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