Magnifica Humanitas (Magnífica humanidad) es la primera encíclica de León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Dada a conocer el pasado 25 de mayo, pasa a formar parte de la Doctrina Social de la Iglesia.
Ya cuando fue elegido Papa, se comentaba que uno de los temas de sumo interés de León XIV era el de la inteligencia artificial. Y no es para menos, habida cuenta de la manera en que ésta está transformando —para bien y para mal— la vida de las personas sobre el planeta.
Dice León XIV que hoy no es posible repetir las enseñanzas de León XIII, sino que hay que pedirle a Dios sabiduría para interpretar las grandes tendencias de nuestro tiempo y, de modo particular, los avances de la técnica. “En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial (IA) y la robótica están transformando nuestro mundo”, señala, citando a su antecesor, el papa Francisco.
Y añade: “Ahora nos corresponde asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo. Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico. Pero la cuestión no se limita a la regulación. Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta: «No podemos ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN y otras capacidades que hemos adquirido […] dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para explotarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero»”, escribió Francisco en Laudato Si. Y León XIV añade: «En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente ‘privado’, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común».
Pocas personas se habrán preguntado en manos de quién está hoy la técnica, y menos aún habrán pensado acerca del uso que los privados pueden darle. Lo que le interesa a la mayoría es usar la inteligencia artificial para ahorrar tiempo, responder exámenes, “aprender” a redactar documentos y diversas otras acciones que, si las hacen por sí mismas o “a la antigua”, les demandaría más tiempo o les resultaría simple y llanamente imposible de ejecutar.
Sin embargo, el terma de la IA es muy relevante, y es por eso que el Papa le ha dedicado tiempo de reflexión.
La IA juega malas pasadas a muchos, como por ejemplo a los estudiantes universitarios que acuden a ella para responder preguntas de examen y contestan sandeces.
León XIV, en su encíclica, hace uso de dos imágenes bíblicas: una, es el relato de Babel en el cual los seres humanos deciden construir una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo, asegurándose así estabilidad y poder. Dice León: “La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección” (¿Recuerdan el líder rúnico, el partido único, el proyecto único, de tiempos del MAS?). Sin embargo, fracasa porque estuvo sustentada en la uniformidad que elimina la diversidad y porque, en lugar de la comunión, elige la homogeneización.
La otra imagen es la de Nehemías, quien —tras el exilio babilónico— regresa a Jerusalén y encuentra una ciudad en ruinas, con murallas derrumbadas y puertas quemadas. Antes de actuar, ayuna, reza e intercede por el pueblo; luego, examina en silencio los lugares destruidos. No impone soluciones desde lo alto. Convoca a las familias, confía a cada una un tramo de muralla para reconstruir, escucha los temores, coordina los esfuerzos y hace frente a las oposiciones. “El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo: sacerdotes, artesanos, jefes de familia, mujeres y jóvenes. Es una obra que tiene a Dios en el centro y reconstruye los vínculos incluso antes que las piedras. La antigua Jerusalén recupera así un lenguaje común, no el de la uniformidad, sino el de la comunión: la armonía que nace cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor”.
Este último relato nos convoca a reconstruir nuestra patria Bolivia y la agredida ciudad de La Paz, con el espíritu y la práctica de Nehemías: entre todos, sin exclusiones, convocando a la paz y no a la violencia. Y pidiendo a Dios nos ilumine en tan difícil (pero no imposible) tarea.
Al fin de cuentas, somos parte de la “Magnífica humanidad” a la que se refiere León XIV y probablemente utilicemos la IA como un auxiliar y no como protagonista de nuestro destino.
Carlos Derpic es abogado.
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