Los arcoíris

Opinión

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J. Alex Bernabé Colque

Cada junio, los colores del arcoíris vuelven a ocupar plazas, calles, edificios estatales —principalmente en La Paz—, espero lo sigan haciendo, y redes sociales. Sin embargo, el arcoíris es mucho más que un símbolo de celebración: es también un recordatorio de la enorme diversidad que existe dentro de las propias poblaciones LGBTIQ+.

Así como el universo de las mujeres no es homogéneo, tampoco lo son las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersex, queer y de otras identidades y expresiones de género. La orientación sexual, la identidad y la expresión de género atraviesan todas las categorías sociales. Existen personas LGBTIQ+ jóvenes y adultas mayores; indígenas, campesinas y urbanas; estudiantes y profesionales; migrantes y residentes; personas con discapacidad, con distintos estados de salud, posiciones económicas, creencias religiosas y pertenencias políticas.

Hay personas homosensuales, bisexuales y trans en todos los sectores de la sociedad.

No es lo mismo ser un joven gay de clase media en una ciudad que una mujer trans migrante proveniente de una provincia, una lesbiana adulta mayor o una persona bisexual que tiene una discapacidad. Aunque puedan compartir experiencias de discriminación por su orientación sexual o identidad de género, cada una enfrenta desafíos particulares marcados por otros factores sociales, económicos y culturales.

Por ello, diversos movimientos sociales han incorporado el concepto de interseccionalidad para comprender cómo distintas formas de desigualdad se entrecruzan y producen experiencias diferentes. Como señalan Sardelich y Augusto de Sabóia, los marcadores sociales como género, raza o clase no actúan de manera aislada, sino que se entrelazan en contextos específicos, generando realidades complejas que deben ser reconocidas y atendidas.

El movimiento LGBTIQ+ ha logrado avances significativos en pocas décadas. Muchas de esas conquistas no nacieron desde los espacios de privilegio, sino de la resistencia cotidiana de quienes enfrentaron las formas más duras de exclusión: personas trans, travestis, lesbianas masculinas, maricas pobres, migrantes y otras identidades históricamente marginadas. Sus voces, sus luchas y sus vidas son la fuente de lucha, de dignidad y de reconocimiento en los derechos fundamentales.

En consecuencia, los avances serán siempre insuficientes si los espacios de representación quedan reservados únicamente para quienes cuentan con mayores privilegios económicos, educativos o sociales.

Junio, gracias a la valentía de miles de maricas, machorras, travestis y personas trans que desafiaron la violencia y el silencio, ocupa hoy un lugar en la agenda pública y mediática. Es un tiempo para reflexionar, para habitar las calles con orgullo y memoria. Porque nadie es lesbiana, gay, bisexual o trans solamente durante este mes; se es los 365 días del año, en el trabajo, en la escuela, en la familia, en el barrio y en la vida cotidiana.

Que los colores del arcoíris nos recuerden que la diversidad no es una excepción, sino una expresión profunda de la condición humana. Y que la dignidad, el reconocimiento y los derechos deben alcanzar a todas las personas, sin importar cuántas diferencias, historias o luchas habiten en ellas.

J. Alex Bernabé Colque es defensor de derechos humanos.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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