Líder mundial y mensajero de la paz

Opinión

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Carlos Derpic

León XIV acaba de visitar España, reino en el cual entre varias otras actividades pronunció un discurso en el Congreso de los Diputados, que da cuenta de sus profundas convicciones y del estandarte que porta para su pontificado.

A lo largo de 25 minutos, aproximadamente, abordó temas cruciales para el momento que vive la humanidad: la técnica, la economía, la biomedicina y el universo digital, donde el poder humano alcanza ámbitos cada vez más delicados de la vida personal y social. Reiteró lo afirmado en su primera encíclica “la tecnología en sí misma no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza”.

Se refirió a la dignidad de la persona que lleva, en primer lugar, a la defensa de la vida y precede a toda concesión del Estado, no pudiendo -por tanto- quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento. La defensa de la vida, como un absoluto, se opone a la cultura del descarte que pretende dejar “en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás”. Afirmó enfáticamente que “la defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”.

Relievó, una vez más, la importancia de la familia “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”, en la cual nace la vocación por el bien común que es, “en cierto modo, la forma social de la dignidad humana”.

En el discurso no pasó desapercibida la importancia de las instituciones educativas y el derecho “primario e inalienable” de los padres a “elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas”. Tampoco dejó de lado el drama de la emigración que sufren millones de personas, que va más allá de cuestiones demográficas o económicas y que hace que muchas de ellas sigan siendo presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación.

Destacó la importancia de la paz: “El mundo atraviesa una profunda crisis espiritual y cultural, que se manifiesta en múltiples formas de violencia, polarización y desconfianza recíproca”. Dijo que la paz es una aspiración política y una verdadera exigencia moral, que reclama una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación y una vida social capaz de sostener la amistad cívica y el respeto mutuo en medio de la discrepancia. Expresó su preocupación por el rearme que se está produciendo en Europa.

Sobre el tema de la libertad en general, y de la religiosa en particular, señaló: “Sin confundir el plano jurídico con el moral, conviene recordar también que la libertad necesita una comprensión plena de sí misma. Ser libre no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección; significa poder reconocer el bien y adherirse a él responsablemente. Por eso, toda sociedad efectivamente libre requiere también una justa delimitación del poder público, de modo que la libertad de las personas, de las comunidades y de las asociaciones no sea indebidamente restringida”. Por ello, dijo, la legítima autonomía del orden temporal jamás debe interpretarse como hostilidad hacia el fenómeno religioso.

Al inicio de su discurso evocó al Quijote, a santa Teresa de Ávila, a los teólogos juristas españoles (jesuitas, dominicos y franciscanos) de la Universidad de Salamanca, institución que dio pie al dicho atribuido a Miguel de Unamuno “Quod natura non dat, Salmantica non præstat”, que significa que la inteligencia, la bondad, el discernimiento y otras cualidades no se obtienen en ninguna universidad sino que vienen dados por la naturaleza.

Aquellos teólogos (Vitoria, Vázquez, de Soto, de Molina de Mariana, Suárez) y los Novohispanos (de Montesinos, de la Veracruz, de Quiroga, de las Casas), asumieron la defensa de los indios durante los siglos XVI XVII, dando lustre a lo que se llamó “El siglo de oro de España”. 

¡Cuánta diferencia de León XIV con otros pretendidos líderes mundiales o nacionales!

Nada que ver con genocidas como Trump o Netanyahu. Con dictadores como Putin, Lukaschenko, Ortega, Díez Canel, Bukele y otros. Distinto también a energúmenos como Evo Morales (acaba de amenazar al subcomandante de la Noven División, recordándole que “tiene familia”) o Javier Milei.

Leonardo Boff, en su último artículo, afirmó que León XIV es el único que se opone directamente a los “anticristos” que están llevando a la humanidad hacia un precipicio. “Se transformó, sin quererlo, pero impulsado por la dramática situación del mundo actual, en portavoz de la humanidad, del compromiso con la solidaridad y con la fraternidad universal”, escribió. León XIV es, sin duda, un auténtico líder mundial y un mensajero de la paz.

Carlos Derpic es abogado.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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