La primera vez que me dijeron «machista» tenía diecinueve años y estaba en segundo año de la universidad. Me lo dijo una compañera de curso y en ese momento no pude sentirme más ofendido: en mi mente, en el concepto de «machismo» no cabían las violencias cotidianas que genera el privilegio masculino. Yo había crecido creyendo que las feministas eran «locas», exageradas y desmedidas odiadoras de hombres, que para no ser machista bastaba con no golpear a una mujer y, por supuesto, que el privilegio masculino era un invento. No tengo memoria de dónde vinieron esos supuestos por primera vez, solo los recuerdo repetidos en la tele, en los chistes, en la mesa familiar, en el colegio.
Todo esto, sin embargo, venía permeado por un fantasma: las feministas «de antes», esas que sí habían luchado por causas justas. Crecí creyendo que esa distinción era lo más razonable: una cosa eran las mujeres que habían peleado para obtener el voto, acceso a la educación o al trabajo y otra muy distinta las feministas contemporáneas, que parecían haber llevado una causa social correcta a un lugar inapropiado.
Esa percepción cambió cuando leí una crónica que Ruben Darío publicó en 1912 con el titulo «¡Estas mujeres!». El texto comienza llamando «alborotadoras» a las sufragistas inglesas y se sorprende de que en Francia las mujeres también quieran votar e ir al Congreso. Describe unas fotografías de aquellas políticas y concluye que «todas son feas», la mayoría «más que jamonas».
Darío reconoce sin problemas el talento femenino en la ciencia, la literatura y el arte. Se alarma recién cuando esas mujeres quieren ocupar el poder político: «¡Pero las alcaldesas, diputadas y senadoras!». A partir de ahí cambia su forma de nombrarlas: son «marivarones» que merecen un «escarmiento». Para descalificarlas a nivel político, necesita primero convertirlas en mujeres defectuosas: feas, masculinizadas, fuera de aquello que reconoce como «femenino».
Después Darío cita a monsieur Balby, quien admite que las leyes hechas por hombres habían sido injustas con las mujeres y celebra que se combatan esos abusos. Balby, sin embargo, también delimita una frontera: para él, el problema empieza «cuando esas damas pretenden todos los derechos» y dejan de lado deberes como remendar los calcetines del marido. A eso, Darío comenta: «Muy discreto esto», para luego seguir hablando de la fealdad de las feministas de su tiempo.
En esta crónica encontré una estructura que también estaba en mi cabeza: la creencia de que existía un feminismo razonable, encargado de corregir injusticias evidentes, y otro que cruzaba la línea. El primero merecía apoyo y aprobación; el segundo devenía ridículo, excesivo y hasta dejaba de parecer femenino. Vi mi propio machismo retratado en el de un escritor de hace poco más de cien años. Lo que me descolocó no fue descubrir que un hombre de 1912 diga que las mujeres que son feministas lo son por ser feas y «más que jamonas», sino reconocer que más de un siglo después yo había aprendido a entender el feminismo con una estructura similar.
La expresión «las feministas de antes» sirve para construir una comodidad: permite aceptar como normales las conquistas ya logradas en la historia y colocar el exceso siempre en el presente. El voto femenino deja de ser visto como radical o exagerado cuando ya está instalado como certeza: la memoria social conserva el derecho conseguido y borra el conflicto que ha sido necesario para lograrlo. Si la medida de la sensatez social es aquello que ya ha sido domesticado por la historia, terminamos juzgando las demandas actuales desde el límite de la comodidad propia.
Y ahí la memoria nos tiende una trampa: cuando una rebelión triunfa, tendemos a recordar mejor la conquista que el rechazo que produjo en su tiempo. Las mujeres que en su tiempo alteraron el orden pueden terminar convertidas, en retrospectiva, en antepasadas respetables. El conflicto siempre queda en el presente y la moderación se proyecta hacia un pasado idílico.
Esto no convierte a los feminismos actuales en un bloque incuestionable ni vuelve correcta una demanda por el solo hecho de incomodar. A mí me obliga, cada día, a desconfiar de la tranquilidad con la que uno puede asumir que ha encontrado la frontera exacta entre una lucha legítima y un exceso.
A los diecinueve años yo me sentía cómodo y correcto defendiendo a las feministas «razonables» frente a las «excesivas». Darío hacía algo muy similar mientras las mujeres exigían derechos que hoy difícilmente llamaríamos «exceso». Han pasado más de cien años y hoy a esas mujeres se las llama «las feministas de antes». Al final, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que una mujer que hoy parece demasiado radical deje de ser vista como amenaza y se convierta, de una vez, en una de «las feministas de antes».
Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador.
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