La humanidad y la razón de su existencia

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

Desde tiempos inmemoriales, el ser humano buscó respuestas a la razón de su existencia y el sentido de la vida. Quizás esas preguntas surgieron por la simple observación de la naturaleza: un ave se reproduce y, al mismo tiempo, sirve de alimento para otra siguiendo una cadena trófica; o al ver cómo las plantas producen alimentos o leña. Todo, a simple vista, tiene una funcionalidad en el mundo natural. Pero ¿y el ser humano? ¿Quién nos dio el poder de solo existir sin cumplir una función específica en la naturaleza? Dejamos de ser simple alimento para algunas especies, ¿para qué?

Ya desde el filósofo Platón (427 a. C.-347 a. C.), quien planteó la idea de que la vida humana puede orientarse hacia un fin que trasciende la satisfacción de las necesidades inmediatas: el conocimiento del bien y la búsqueda de la verdad. En sí, Platón planteaba que el ser humano existe para orientar su alma hacia la verdad y el bien, liberándose de la ignorancia. Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.), por su parte, sostuvo que el fin último de la vida humana es la eudaimonía, entendida como una vida plena alcanzada mediante el ejercicio de la razón y la virtud.

Desde entonces, pensadores como Tomás de Aquino, Kant y Friedrich Nietzsche trataron de responder este cuestionamiento. Este último señalaba que la razón de la existencia del ser humano es la voluntad de poder y la autosuperación, alejándonos de creer en un ser superior por el cual debemos portarnos bien para acceder a la vida eterna. Esto no debe confundirse con el nihilismo que Nietzsche analizó en sus obras. El nihilismo sostiene que, al final, la existencia se reduce a nada y, por lo tanto, nada tiene sentido. La naturaleza y el universo, para esta postura, son indiferentes al ser humano, sus valores y su sufrimiento.

Parte de esta doctrina filosófica la podemos hallar en el libro El forastero misterioso (The Mysterious Stranger, 1916), del escritor norteamericano Mark Twain (1835-1910), una obra que toca temas filosófico-existenciales y cuyo personaje principal es un arcángel. El contenido responde a la pregunta de qué pensaría un ser omnipotente de la humanidad.

El arcángel, con la finalidad de entretener a unos niños, crea toda una sociedad con figurillas de arcilla; esta rápidamente se desarrolla y comienza a distanciarse, generar guerras, caos y crueldad entre ellos. Cansado por el ruido, el arcángel aplasta a toda su creación, dejando un charco de sangre. Los niños se asustan, ya que el ser no mostró contemplación o benevolencia con su creación.

En otro párrafo, el arcángel exclama: «Es como tu miserable raza (humana), siempre mintiendo, siempre reclamando virtudes que no tiene. Ninguna bestia hace una cosa cruel; eso es monopolio de aquellos que tienen sentido moral. Cuando una bestia inflige dolor, lo hace inocentemente; no está mal, pues para ella no existe tal cosa como el mal. No inflige dolor por el placer de infligirlo; solo el hombre hace eso».

Asimismo, el arcángel señala que él ve a la humanidad como un elefante ve a un grupo de moscas, y pregunta a los niños: «¿Puedes ver a un elefante interesado en una mosca, preocupándose si es feliz o no, si es rica o pobre, si su amor es correspondido o no, si su madre está enferma o bien, si sus enemigos la golpearán o si morirá?».

Si bien la posición del libro concluye en que la vida no tiene ningún sentido, la crítica del arcángel a la humanidad está vigente: llegamos al punto de ver a la vida silvestre como ve esta figura omnipotente a la humanidad, como a simples moscas que no merecen nuestra mínima atención ni compasión. A diferencia del arcángel, los seres humanos sí dependemos de la vida en el planeta para nuestra supervivencia como especie. Pero nuestro ego, nuestra ambición y nuestra ambigua percepción de la moral están poniendo en riesgo nuestra propia supervivencia.

Retomando a Aristóteles y la concepción del ser humano como un ser racional, esta contempla la búsqueda de las verdades inmutables (ciencia). Esta racionalidad es cuestionada constantemente por las decisiones económicas a nivel mundial, sobre todo por las ideologías que anteponen una creencia al conocimiento científico.

Existe una pregunta que el avance tecnológico nos hace formular: si la inteligencia artificial analizara el comportamiento de la humanidad únicamente por datos e información, ¿qué conclusión obtendría sobre nosotros? Los seres humanos podríamos resultar una variable desfavorable para la vida en el planeta e incluso para nuestra propia existencia. Con el calentamiento global, la contaminación de los océanos y fuentes de agua, la ampliación de la agricultura sobre las áreas selváticas, la minería, la pesca industrial y la deshumanización de sociedades enteras, en ese hipotético análisis, la inteligencia artificial nos vería de forma similar a las figurillas de arcilla que hizo el arcángel en el relato de Mark Twain.

Utilizando la lógica y la racionalidad, podríamos llegar a una conclusión mucho más sencilla: una de nuestras principales razones para existir como especie debe ser preservar las condiciones que hacen posible nuestra propia existencia. Suena sencillo y a pancarta ambientalista, pero sin naturaleza el ser humano deja de existir, mientras que la naturaleza sin el ser humano seguiría su curso y evolución. Un tigre abandonado en una isla podría alterar el equilibrio entre las especies y, eventualmente, reducir las poblaciones de las que se alimenta, pero no eliminar definitivamente la vida en la isla. El ser humano, en cambio, sí lo haría. Estamos tocando como humanidad los límites de la irracionalidad en un mundo con recursos limitados. Lo racional es buscar un equilibrio sustentable entre la humanidad y el resto de la vida en el planeta.

Bien lo definió el filósofo Hans Jonas (1903-1993), quien estableció que tenemos un mandato ético: existir de tal manera que las condiciones para la vida humana en la Tierra sigan siendo posibles.

Estamos menospreciando la vida del resto de las especies del planeta, destruyendo sus hábitats. ¿Qué derecho tenemos a comportarnos como si fuéramos dueños absolutos de la vida?

Menospreciamos la vida como el arcángel de la historia menospreciaba a la humanidad; pero existe una diferencia: la humanidad no es omnipotente.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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