Siempre tuve mis conflictos con el servicio militar obligatorio. Durante mucho tiempo anduve persuadiendo a mis amigos y familiares para que no lo prestaran. Algunos solían darme la razón; la mayoría, en cambio, decía que quería asistir para madurar, para “hacerse hombre”, para aprender estrategias, para aprender a defenderse. Había en sus palabras una especie de certeza: el cuartel era una experiencia necesaria, casi un rito de paso. Algo que había que atravesar para convertirse en hombre.
Los padres, en su mayoría, parecían orgullosos.
—Mi hijo se está haciendo hombre.
Las madres, en cambio, solían estar preocupadas. Esperaban el momento en que sus hijos salieran de franco y, cuando finalmente regresaban, ellos contaban sus aventuras: las bromas, las noches sin dormir, las historias de sus compañeros.
También hablaban de los abusos, de los castigos, de las humillaciones. Pero muchas veces todo aquello se contaba como si fuera parte inevitable del entrenamiento. Como si para hacerse fuerte hubiera que soportar, primero, que alguien te quebrara un poco.
Y nosotros lo hemos aprendido así, hemos aprendido que el sufrimiento hace hombres. Que obedecer sin preguntar fortalece. Que soportar el abuso es parte de la formación. Que volver del cuartel más duro, más callado, más acostumbrado al dolor, es una forma de madurez.
Pero hay algo que desde hace tiempo me incomoda más todavía. La mayoría de los jóvenes que prestan el servicio militar proviene del área rural, de comunidades indígenas, de familias trabajadoras. No es una casualidad que muchos de nosotros, los indios, hayamos aprendido a sentir orgullo cuando nuestros hijos se ponen el uniforme y entran al cuartel.
Desde la fundación de esta bendita patria, los cuerpos indígenas han sido utilizados una y otra vez para construirla, defenderla y sostenerla. Nuestros cuerpos en las minas, en las haciendas, en las guerras, en las carreteras, en los campos. Y también nuestros hijos en los cuarteles.
¿En qué momento aprendimos que entregar el cuerpo de nuestros hijos al Estado era una forma de honor?
No quiero quitarle a nadie sus propias experiencias, sus recuerdos o incluso su orgullo. Pero me pregunto cuánto de ese orgullo es realmente nuestro y cuánto ha sido construido sobre una historia en la que siempre hubo cuerpos disponibles para los proyectos de otros.
Desde hace tiempo se conocen denuncias sobre abusos dentro de las Fuerzas Armadas. Golpes, castigos, humillaciones, accidentes, muertes. Y aun así seguimos repitiendo que son cosas que pasan en el cuartel. Que así se aprende. Que así se hacen fuertes.
Hasta que un día ocurre algo que ya no podemos explicar cómo entrenamiento. No entiendo lo que pasó en Viacha. No entiendo cómo puede explotar un recinto militar donde se almacenaba material peligroso y cómo, después de tantos años de denuncias y de conocimiento sobre los abusos y riesgos que enfrentan los soldados, la primera reacción pueda ser minimizar lo ocurrido.
No entiendo cómo podemos mirar las imágenes de los padres buscando desesperadamente a sus hijos y seguir hablando de esto como si fuera simplemente un accidente, y a esto añadirle el morbo al que se han acostumbrado muchos medios de comunicación al momento de comunicar.
Me duele ver a mis hermanos buscando a sus hijos, me duele imaginar a un padre caminando alrededor de un cuartel sin saber dónde está su hijo. Me duele pensar en una madre esperando que alguien le diga que su hijo está vivo. Me duele que esos hijos hayan entrado allí cumpliendo una obligación que el Estado les impone y que, sin embargo, sus familias tengan que salir a buscarlos como si el Estado no tuviera ninguna responsabilidad sobre sus cuerpos.
Porque esos jóvenes no estaban allí por casualidad, estaban allí porque el Estado le ha enseñado que cumplir con el servicio militar es un deber, una obligación, un honor. Y el Estado les exige poner su cuerpo a disposición de la patria. Entonces si el Estado exige el cuerpo, ¿no debería responder también por ese cuerpo?
Quizás lo que pasó en Viacha nos obliga a mirar de frente algo que durante mucho tiempo preferimos no mirar, tenemos que preguntarnos por qué aceptamos que nuestros hijos sean golpeados para hacerse fuertes, humillados para hacerse hombres y expuestos al peligro para cumplir con la patria.
No quiero romantizar el sacrificio y mucho menos quiero que aprendamos a llamar patriotismo a entregar la vida de nuestros hijos sin exigir explicaciones. Quiero saber qué pasó, quién tenía que cuidar a esos jóvenes, quién decidió que era seguro almacenar ese material allí. Que las familias puedan encontrar respuestas, porque si esta patria necesita de nuestros hijos para defenderla, también debería ser capaz de protegerlos.
Mi solidaridad con todas las familias que en estos momentos están buscando a sus hijos y hermanos. Y a los que partieron producto de la negligencia de los representantes del Estado, mi más sentido pésame.
Angela Uzuna Bobarin es abogada de origen quechua, desertora de las becas de la ONU.
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