La escasez de agua puede agravarse en áreas rurales y urbanas de Bolivia por el fenómeno de El Niño

Desarrollo

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Yenny Escalante

Representante de la FAO durante el Streaming Sumando Voces en Directo

Captura de pantalla del Streaming Sumando Voces en Directo

Mientras algunas comunidades de Bolivia ya enfrentan dificultades para acceder a fuentes de agua y en varias regiones se reportan señales de sequía, el país se enfrenta al potenciamiento del fenómeno de El Niño en los últimos meses de 2026. En este contexto, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO), como organismo especializado de la ONU, advierte que la reducción de las precipitaciones, el aumento de las temperaturas y la evaporación podrían profundizar la escasez de agua en áreas urbanas y rurales y generar un desbalance entre la disponibilidad del recurso y la demanda para el consumo humano y la producción agrícola.

El especialista en resiliencia agropecuaria, gestión de riesgos y emergencias agrícolas de la FAO en Bolivia, Óscar Mendoza, explicó que el país ya presenta señales asociadas a distintos tipos de sequía y que el problema podría avanzar hacia una fase de mayor afectación de las fuentes de agua. “Ya ha iniciado el fenómeno de El Niño y estamos en una etapa preliminar de una sequía agrícola que posteriormente es posible que pase a una sequía hidrológica, donde las fuentes de agua se verán afectadas”, afirmó durante el programa Sumando Voces en Directo.

Mendoza explicó que el problema no se limita a que llueva menos, ya que la sequía puede presentarse en distintas etapas: meteorológica, cuando existe un déficit de precipitaciones; agrícola, cuando ese déficit comienza a afectar los cultivos; e hidrológica, cuando disminuye la disponibilidad de agua en fuentes superficiales y subterráneas.

Según el experto, algunas de estas señales ya pueden observarse en el país: En Chuquisaca, por ejemplo, varios municipios reportaron la necesidad de utilizar cisternas para abastecer de agua a algunas comunidades. También se observan niveles de ríos inferiores a los habituales y fuentes subterráneas cuyo nivel de agua se encuentra más profundo. A esto se suma el incremento de las temperaturas. Las olas de calor aumentan la evaporación de la poca humedad que permanece en los suelos y agravan las condiciones para la producción agrícola.

La preocupación llega a las comunidades

En las zonas rurales, la falta de agua no representa únicamente una dificultad para producir alimentos, también afecta la vida cotidiana de las familias. En ese sentido, la lideresa indígena chiquitana y bombera voluntaria en Roboré (Santa Cruz), Marina Justiniano, contó durante el programa de Sumando Voces que su comunidad enfrenta dificultades para acceder regularmente al agua. “Hay veces es lejos el río o no hay agua en el grifo”, relató. Explicó, además, que dos comunidades deben turnarse para acceder al servicio: un día una comunidad y al día siguiente la otra.

La situación se vuelve más compleja durante los periodos secos y cuando las comunidades deben enfrentar incendios forestales. En 2024, las mujeres de su comunidad tuvieron que organizarse para combatir el fuego ante la ausencia de hombres y la falta de equipos adecuados. “Nos quedábamos en nuestras comunidades, los hombres salían a trabajar al campo, al monte, en diferentes trabajos, y las que quedamos somos las mujeres en la casa con nuestros niños”, relató.

Ahora, además de prepararse para posibles incendios, las comunidades han comenzado a implementar medidas para almacenar agua. Justiniano explicó que algunas organizaciones instalaron tanques para la cosecha de agua en las comunidades.

«La sequía es la antesala de los incendios. Si el ambiente está seco o está por debajo de 30 grados, el material combustible tiene una mayor sequedad, y eso hace que sea fácilmente encendido y los focos de calor e incendios se propagan», expresó Oscar Mendoza, de la FAO.

Foto referencial de la falta de agua en la Chiquitanía. Foto: ODPIB

Para la FAO, la respuesta no debe comenzar cuando las fuentes de agua ya estén agotadas. Mendoza señaló que la institución trabaja en medidas como la cosecha y siembra de agua, construcción de pequeñas represas, almacenamiento de agua de lluvia y tecnificación del riego. También dijo que se implementaron sensores de humedad del suelo para identificar de manera anticipada el riesgo de una sequía agrícola.

El especialista considera que estas medidas deben complementarse con un cambio en la forma en que la sociedad utiliza el agua. “Es importante empezar a hablar de dos conceptos: uno, el uso racional del agua, que se debe sensibilizar en ese contexto a nivel comunitario y a nivel de toda la sociedad; y el otro, la seguridad hídrica”, sostuvo.

La advertencia apunta a un problema que puede prolongarse más allá de la temporada seca. Según Mendoza, los efectos del fenómeno podrían extenderse hasta 2027, generando un posible desbalance entre la oferta y la demanda de agua para la agricultura y el consumo humano.

Así, mientras las instituciones preparan planes de prevención y las comunidades buscan almacenar cada gota disponible, la escasez de agua deja de ser una amenaza futura y comienza a sentirse en territorios donde conseguir agua ya forma parte de un trabajo cotidiano. “Nos afecta hartísimo la falta de agua”, resumió Justiniano al explicar la situación de las comunidades chiquitanas.

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