La agonía y el éxtasis

Opinión

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Sumando Voces

Roger Cortez Hurtado

Es verificable, comprensible e irrebatiblemente justificada la huella de satisfacción y arrobamiento que la prolongada sucesión de triunfos pintó tantas veces en las expresiones, sonrisas y miradas de los que se hicieron cargo de la conducción política del país desde el 23 de enero de 2006. Verdadero éxtasis y ensoñación.

No era para menos porque el tránsito de lo precario en la economía y la seguridad personal de los más destacados y comprometidos dirigentes –empezando con el expresidente del triplete de victorias– a la nueva posición de poder conquistada que ostentó por casi tres lustros una concentración, eficacia y respaldo social previamente desconocidos, equivalía a la conquista, de sopetón, de los más ambiciosos objetivos de cualquier político profesional desde que se proclamara nuestra autodeterminación e independencia nacional.

Todo multiplicado por el acompañamiento de una rotunda mayoría, superior inclusive a las cifras electorales, porque la apariencia, la tez y el lenguaje del mandatario les demostraba a millones que había llegado el momento en que se los reconocía como la auténtica mayoría, con su derecho a ejercerla en todos los espacios.

Así y todo, y sin que se requiera ser un observador muy sagaz, la profusión de fotografías y videos en que se ha registrado cada paso del largo itinerario de control y dominio ejercido por el jefe del MAS y los funcionarios que se adhirieron a sus faldones o a su pellejo deja ver que inclusive en los momentos más favorables y sin amenazas su sonrisa sólo excepcionalmente alcanzaba una plenitud de franqueza y brillo porque una sombra o una contracción, heredera de tradiciones de desconfianza y sospecha, la contiene y deforma.

Eso en los momentos de gloria y omnipotencia.

Hoy, en los amargos y de impotencia creciente; en los días en que tantas lealtades “definitivas” se desmoronan y olvidan, fugando por las grietas que abrió la atolondrada escapatoria del supremo conductor no hay un momento en que dejen de amontonarse quienes lo enfrentan, condenan o agreden, en respuesta, también del mecanismo de ametralladora Gatling con que funcionan el cerebro y lengua del magno conductor y su séquito para acusar, agraviar y, si es posible, humillar y lapidar. Las sonrisas, inclusive las más forzadas, se han evaporado, sustituidas por un rictus de ira y dolor.

En la línea del frente -la de los “desertores”, “traidores”, apóstatas de la fe y las catedrales del MAS- el “ingrato” número uno, el que quiere copar el mando del aparato político, así sea a costa de degollar al ungido y guía original, cuenta con la ventaja de tener una risa fácil y contagiosa, suficiente para esconder que detrás del gozo que le proporciona la acumulación de avances y ganancias, se extiende un oscuro manto de incertidumbre y perplejidad, ante la multiplicación de enredos y nudos.

Con su ocasional traviesa expresión, el Presidente actual todavía puede negociar y transar con grandes grupos corporativos, como el que sustenta la minería pirata, a cambio de residuos del oro de todos, o utilizar los eufemismos que maneja la alianza entre grandes empresas y colonizadores para llamar a los transgénicos “semillas mejoradas”, mientras que el Estado vuelca la cara para fingir demencia ante el hecho de que parte considerable de los dólares obtenidos con la agroexportación dependen de los recursos originados en el tráfico ilegal de tierras, que requiere de quemas y desmontes salvajes.

No suelo detenerme en la consideración de las poses o la apariencia de los personajes con que nos empachan las cámaras, micrófonos y titulares de medios de difusión y redes digitales, porque estoy medularmente convencido de que los grandes acontecimientos no se originan en la inspiración o defección de los individuos identificados como jefes, casi siempre envueltos e idiotizados en aire de rutina, perplejidad disfrazada de certeza y agresividad desbocada para ocultar miedo y desconcierto.

Los hechos decisivos provienen de una amplia, rica y compleja convergencia de millones de mujeres y hombres que dan cuerpo a nuestra sociedad, de manera que el éxito de los conductores depende habitualmente de fugaces chispazos que les permiten entender y conectan con esas corrientes raigales.

El paréntesis que supone este artículo se justifica simplemente en lo enmarañado y vidrioso momento por el que transitamos en el que los signos y señales de agonía y deleite de actores personales o grupales, filtran con involuntaria transparencia, pistas para descifrar estos tiempos de ebullición y desconcierto.

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Roger Cortez Hurtado es docente e investigador social.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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