Imagina a un hombre trabajador boliviano que ronda los cincuenta años, es padre, posiblemente abuelo y, si le preguntas a qué clase social pertenece, te dirá sin dudarlo que a la clase media. Cuando habla del dieselazo, lo hace ajustándose el cinturón, firme en la idea de que es necesario. Te mira y te recuerda que el Evo también lo hizo y retrocedió después de las protestas. Incluso te explica que en Facebook ha visto un video que compara ambos discursos. “Son idénticos”, dice, “y el Evo anda diciendo que hay que escuchar al pueblo”.
Cuando le sugieres la idea de que el asunto no tendría que reducirse a eliminar o no la subvención, sino en pensar algún mecanismo focalizado (como existe para otros servicios, que se subvencionan hasta cierto límite de consumo), te responde que en Bolivia eso es imposible. No por culpa de la ineficiencia estatal, sino por culpa de “esos”: los contrabandistas, los que roban el combustible, los que se aprovechan con viveza criolla, los que por su culpa el país “está como está”. Y si en algo culpa al gobierno no es el ajuste, sino no reprimir a “esos” con la dureza que se merecen, para que “aprendan de una vez”.
El pronombre “esos” parece una simpleza del lenguaje, pero contiene una frontera simbólica que organiza el territorio imaginario de la nación. Este lenguaje se organiza con un nosotros colectivo que se imagina como educado, civilizado y moderno; y un “esos” que está por fuera de la comunidad “correcta” y condensa la idea de atraso y desorden. Para pertenecer al “esos” basta con ser rural, racializado, bloqueador, comerciante, contrabandista, campesino, cocalero, etc.
Por supuesto que a este hombre el sueldo no le va a alcanzar como antes. Es muy probable que tenga que hacer un revuelto de pan en vez de revuelto de carne, un arroz a la valenciana sin huevo y un ají de lentejas en vez de un asado en olla. Va a asumir este ajuste de consumo como sacrificio necesario. Sin embargo, cuando lleguen los bloqueos de caminos y escasee la carne que hace meses ya no puede comprar, va a responsabilizar a “ese” que bloquea y no a la política económica que le ha reducido el poder adquisitivo.
En el mundo intelectual, mucho se está escribiendo sobre si la subvención debe existir o no, sobre qué países la tienen de modo sostenible, sobre las consecuencias del ajuste, sobre la pobreza que se viene. Pero en el mundo de las redes y las conversaciones de minibús, la conversación distribuye la moral de la respuesta. Alguien aparece como el sujeto con raciocinio que soporta la crisis con estoicismo de santo y otro como el irracional que exige con bloqueos. Uno “entiende la situación”, el otro “no quiere trabajar”. Uno se percibe como ciudadano, el otro aparece como un problema (el tan mentado “problema del indio”).
Ese hombre del que hablo es tu papá o el mío, eres tú o soy yo. Y lo más complejo es que “esos”, de los que con tanto desprecio habla, alguna vez fueron su padre, su abuelo o incluso él mismo antes de alcanzar algunos privilegios. En nuestro país la movilidad social tiene un componente simbólico tal vez más importante que el propio poder adquisitivo: el saber de quién diferenciarse para certificar el ascenso.
Más que definirse por sus ingresos, la clase media aspiracional se define por la promesa incumplida de estar más arriba en la pirámide social. Por eso, gobiernos como el actual pueden dominarla tan bien: saben que la clase media va a soportar callada las políticas de deterioro material siempre y cuando vengan envueltas en una narrativa de superioridad simbólica. Puede que un bloqueador tenga más poder adquisitivo que este hombre clasemediero, pero él se imagina perteneciente a un mundo superior de moral, orden y decencia.
En nuestro país esta frontera imaginaria entre unos y otros se define por una idea de blanquitud que poco tiene que ver con el color de piel. El sujeto del que hablo puede venir de una familia campesina, hablar aymara con sus padres y tener abuela chola, y aun así, creer que ascender implica alejarse de todo ello (porque en su mente lo considera inferior). Por ello no le enoja tanto que empeoren sus condiciones materiales como que alguien que identifica como inferior se atreva a reclamar.
Bolivia tiene larga data de represiones violentas a sectores racializados y hoy asusta cómo hay gente dispuesta a reconstruir historias de masacre con narrativas de terrorismo. Y creo que uno de los motivos por los que estos discursos están teniendo éxito es porque la crisis busca afincarse en los imaginarios de blanquitud que tanto llenan nuestras mentes. El ajuste nos empobrece a todos, pero esta clase media ha encontrado un consuelo imaginario: el pensar, aunque tengan menos, que todavía son mejor que “esos”.
Juan Pablo Vargas Rollano es escritor y educador.
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