El pasado 27 de enero se conmemoraron los 81 años de la liberación de los judíos y otros prisioneros de los campos de concentración y exterminio nazi alemán de Auschwitz-Birkenau; un Holocausto que quedó como una cicatriz incurable en la historia de la humanidad. Desde esa fecha hasta la actualidad, salieron a la luz todas las atrocidades cometidas en aquellos años: confinamientos sin alimento, experimentos científicos en presos, lámparas elaboradas con piel humana, extracción de dientes de oro a las víctimas, cámaras de gas y otros tantos horrores plasmados en la literatura mundial descrita por los sobrevivientes e investigadores.
De ahí surge una pregunta: ¿cómo una sociedad educada, amable y avanzada como la alemana pudo tolerar, y en algunos casos ser parte activa, de estos hechos crueles?
Como toda historia trágica, parte de la situación económica que atravesaba Alemania post Primera Guerra Mundial. Como perdedora de la guerra, se vio obligada por el Tratado de Versalles a pagar enormes compensaciones económicas y, sobre todo, en 1923 pasó por una de las peores hiperinflaciones de su historia; el dinero perdió su valor de manera extrema y los salarios no alcanzaban ni para la alimentación. Estos hechos debilitaron la confianza de la población en su gobierno.
En años posteriores, el gobierno alemán recurrió a préstamos de EE.UU. que generaron una ilusión de estabilidad, pero debido a la Gran Depresión de 1929, el gobierno norteamericano decidió retirar los préstamos, llevando a los alemanes a una nueva crisis (quiebre de empresas y desempleo). El apoyo a Hitler y su régimen nació de sus promesas: recuperación económica, empleo e identificación de culpables de la crisis (judíos y comunistas).
Posteriormente, esto se convirtió en un movimiento nacional de fanáticos enarbolando la ideología nazi. Aunque se señala que la población no estaba informada de las atrocidades apuntando a la Gestapo (Policía Nazi) como única responsable de los arrestos, resulta ser falso: fue la misma población la que realizaba las denuncias contra sus propios vecinos. La deshumanización de quienes no pertenecían a la «raza» aria se profundizó en la sociedad.
Durante el gobierno de Hitler, la población alemana volvió a tener estabilidad económica. La sociedad estaba conformada por familias «felices» que gozaban del auge económico, donde el padre de familia podía ser un nazi informado de los crímenes del régimen, pero sin peso de conciencia, ya que se había incorporado la disonancia cognitiva en la sociedad. Era una sociedad amable y empática solo con quienes consideraban «humanos». A esto, la filósofa e historiadora Hannah Arendt (1963) lo denominó la «banalidad del mal». Hitler terminó siendo elevado a una figura profética y mesiánica. La sociedad pasó del fanatismo ideológico a conformar una secta política a escala nacional, con rituales (desfiles de Núremberg), símbolos sagrados (la esvástica) y un líder que poseía la verdad absoluta por encima de la ley.
Si bien vinculamos las sectas a grupos religiosos, el Tercer Reich demostró que estas pueden ser políticas. Los mismos patrones se observan en países dictatoriales como Corea del Norte, donde los medios brindan una imagen divina del dictador, aislando a la población para mantenerla sumisa bajo amenaza de fusilamiento o muerte civil.
En Latinoamérica, con los gobiernos que profesaban el «Socialismo del Siglo XXI», hubo intentos de replicar este comportamiento mesiánico. Son difíciles de olvidar las declaraciones del entonces vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, quien en noviembre de 2015, en un discurso en Huajchilla, llegó a declarar a los campesinos que si Evo Morales se iba de la presidencia, «el sol se va a esconder, la luna se va a escapar y todo será tristeza para nosotros». La intención era evidente: que los sectores indígenas siguieran ciegamente a Morales bajo una lógica de protector sagrado, generando seguidores capaces de llegar a la violencia física por defenderlo.
El peligro para la humanidad surge cuando una potencia mundial toma este camino. Con la presidencia de Donald Trump en EE. UU., los patrones se asemejan peligrosamente al nazismo. Trump ganó con la promesa de «Hacer América Grande de Nuevo»; posteriormente, tras ganar las elecciones, buscó culpables de la situación «lamentable» de la nación, entre los acusados: inmigrantes, izquierdistas, ambientalistas, población LGBTIQ+ y feministas. Fortaleció el poder de agentes de inmigración (ICE), se profundizó el encarcelamiento masivo en centros de detención, llegando a violar e ignorar los derechos civiles básicos.
Hoy, con la tecnología, el panorama es más preocupante. El sectarismo es personalizado. Los algoritmos de redes sociales actúan como un sesgo de confirmación automatizado: si un usuario muestra interés en un líder, la plataforma lo alimenta exclusivamente con ese contenido, creando una realidad paralela. Trump utiliza la descalificación de la fuente de información como defensa; si un dato no conviene, es «noticia falsa», blindando al fanático contra el razonamiento.
Recientemente, incluso políticos de ultraderecha como Jordan Bardella en Francia o Giorgia Meloni en Italia han marcado distancias ante posturas irracionales o territoriales expansivas de Trump, dándonos una lección de que una posición o ideología política dista mucho de la postura irracional de un fanático. Asimismo, tras la posición negativa del Papa León XIV ante los conflictos bélicos ocasionados por Trump, el pontífice sufrió descalificaciones agresivas por parte del entorno trumpista. La publicación de una imagen generada por IA donde Trump figura como Jesucristo levantó críticas mundiales, pero no entre sus seguidores radicales, que lo justificaron y lo defendieron.
La Deutsche Welle afirma que existe un alarmante movimiento para eliminar el derecho al voto de las mujeres bajo el argumento de que son «emocionales» y que debería existir un solo voto por jefe de familia. Los partidarios del mandatario norteamericano están presentando un claro síntoma de sectarismo político y, lo peor, este se está expandiendo por el mundo.
Los grupos sectarios son un peligro para las democracias; difunden odio irracional y desinformación mediante ejércitos de perfiles falsos. El fanatismo ideológico y el sectarismo político son bombas que pueden estallar generando nuevamente abominaciones. No podemos justificar la muerte de civiles ni desvirtuar la crisis climática solo porque un líder político así lo decide. Como sociedad, nuestro deber es informarnos de fuentes confiables y cuestionar toda postura que denigre a un ser humano por su religión, cultura, color de piel, origen étnico o identidad sexual.
Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.
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