En la historia de Bolivia y de sus protagonistas, a lo largo de los 200 años que tenemos de existencia y de luchas en todos los campos, las bases sociales —como suelen decir los dirigentes sectoriales— han ido consolidando un país, una República, un Estado y una Nación a través de la lucha de los pueblos. Hoy, más allá de las reivindicaciones logradas, los más de 11 millones de bolivianos gozamos de conquistas que fueron hechas a base de esfuerzos, muertos, heridos y tanto dolor como alegría a la vez.
Sin embargo, en cada periodo histórico, la casta política ha querido imponerse recurriendo a dos elementos ideológicos que están bien arraigados en el ser del boliviano. El primero es el miedo, infundido a través de las armas, las prisiones, los exilios, las denuncias, los juicios y las muertes, todo con el fin de acallar a aquel que osara criticar u oponerse al gobierno de turno. Así lo hicieron los gobiernos militares, neoliberales y socialistas, logrando en cierta manera sus objetivos; sin embargo, siempre pudo más la entereza y la valentía de los ciudadanos.
Con la reflexión de la escritora Laurell K. Hamilton, ingresamos al otro elemento: “La mayoría del odio está basado en el miedo, de una forma u otra”.
Y es que el segundo factor es el odio en todas sus dimensiones, un sentimiento mortal que los gobiernos del MAS supieron implantar con mucha astucia y oportunidad en el «chip» de los bolivianos, dejándonos profundamente heridos. Claro que somos un país diverso, plural y heterogéneo donde collas, cambas, chapacos, potosinos, orureños, matacos, indígenas, cholos, cholas, empresarios, trabajadores, gays, travestis, ateos, creyentes, feos, gordos, indios, karas, blancos y afros vivimos, trabajamos y compartimos todos los días.
Este conjunto de seres humanos y clases sociales no somos enemigos los unos de los otros, no somos adversarios mortales como para violentar nuestras relaciones y quedar enemistados para siempre. Pero las narrativas del poder nos sumergieron en la polarización, en la confrontación y en ver al prójimo como un enemigo ancestral.
La escritora estadounidense de origen afroamericano Maya Angelou, en su libro Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, nos recordó: “El odio ha causado muchos problemas en el mundo, pero no ha ayudado a solucionar ninguno”.
Precisamente, tras este largo bloqueo que tiene una demanda de alto voltaje político —como es la renuncia del presidente Rodrigo Paz—, los bloqueadores arengaron discursos de odio. «Ya veremos, tenderemos cadáveres de blancos en las carreteras», dijo un dirigente campesino. Esto tuvo respuestas desde el otro lado: «Collas asesinos», «indios ignorantes» y frases parecidas. Todos son mensajes cargados de un odio racial que no son parte intrínseca del ser humano, sino que se inculcan, se siembran y se provocan con acciones y narrativas fuertemente ideológicas. El poder político logró penetrar en los sentimientos más profundos de quien se sentía marginado, explotado y humillado a lo largo de más de 500 años, convenciéndolo de que era su turno de tomar el poder y «poner las cosas en regla».
Uno de los hombres que más sufrió el odio racial, pero que nunca tuvo deseos de venganza e incluso llegó a ser presidente de su país, nos dejó esta profunda reflexión: “Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, por su trasfondo, o por su religión”. Lo dijo Nelson Mandela, quien legó al mundo una lección inigualable de dignidad y justicia.
Precisamente, en estos más de 40 días de bloqueos violentos, lo que impulsó las narrativas de los sectores movilizados fue el miedo y el odio. Por un lado, se vio el miedo del Estado a intervenir porque su autoridad fue minada y corroída ante hechos claramente intimidatorios: el secuestro de un militar en San Julián, que obligó a los jefes militares a negociar y rogar por su liberación sin hacer cumplir la ley; o la inspección (avasallamiento) de un regimiento militar en el Chapare por parte de afines a Evo Morales, donde les abrieron las puertas y les gritaron de todo mientras los uniformados se subordinaron, permitiendo ambos delitos.
También se vio la demostración de fuerza y violencia de parte de los Ponchos Rojos, quienes con látigo en mano chicoteaban a quienes se oponían a sus bloqueos. La muerte de varias personas enfermas que no pudieron pasar los puntos de cerco y la destrucción de carreteras fueron para generar miedo al poder y odio hacia los ciudadanos. Lo mismo ocurre cuando anuncian que cercarán la ciudad de La Paz cortándole la luz y el agua potable, cometiendo delitos sin que las instituciones del Estado se inquieten o muevan un dedo.
Todos los protagonistas de estos bloqueos que violaron y vulneraron los derechos humanos se mantienen hasta ahora en la impunidad, sin que fiscales o jueces hayan activado de oficio procesos y sanciones. Son los mismos que siempre alardean que son los únicos dueños de Bolivia y que los demás, los «blancos» o los «karas», son extranjeros. «Los croatas», repiten de forma despectiva.
A ellos corresponde recordarles que el artículo 3 de la Constitución Política del Estado señala claramente: “La nación boliviana está conformada por la totalidad de las bolivianas y los bolivianos, las naciones y pueblos indígena originario campesinos, y las comunidades interculturales y afrobolivianas que en conjunto constituyen el pueblo boliviano”.
“Las nuevas formas de las intolerancias reactivas operan con mecanismos, prácticas e instituciones que obedecen a proyectos políticos y morales que no pueden ser obviados ni desconocidos; son una amenaza y un reto a la vida democrática misma”, señala con mucha precisión Carlos Thiebaut en su libro Ante el desorden del mundo.
Hernán Cabrera es periodista y licenciado en Filosofía.
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