Ante contaminación del río Katari, cada familia en Cohana invierte hasta Bs 4.000 en perforar su propio pozo

Derechos Humanos

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Yenny Escalante

Contaminación en Bahía de Cohana. Foto: La Nube

El agua ya no corre clara en la Bahía de Cohana. Donde antes el río Katari era transparente y servía para lavar, beber y hasta preparar tunta, hoy baja espeso, con basura flotando y un olor que obliga a apartar la mirada. Frente a ese cambio, silencioso pero devastador, las familias han tenido que tomar una decisión costosa: perforar la tierra para encontrar el agua que el río ya no puede darles.

En al menos ocho comunidades, cada pozo es una inversión que duele a los locatarios. Entre 3.000 y 4.000 bolivianos por familia, en un contexto donde el dinero escasea y muchas veces hay que migrar temporalmente para conseguirlo. “Es la única forma de dar agua limpia a nuestras vaquitas”, cuenta a Sumando Voces Leandra Tarqui, comunaria de Pucará, mientras describe cómo el río dejó de ser una opción.

Su rutina transcurre entre el cuidado de sus cuatro hijos y el ganado. De lunes a viernes permanece sola en la comunidad, mientras su pareja trabaja como albañil en la ciudad de La Paz para sostener los gastos del hogar. El pozo que lograron perforar no solo representa agua: es también el resultado de ese esfuerzo fragmentado, de una familia separada por necesidad.

El río, en cambio, se ha convertido en una amenaza. Desde El Alto y Viacha llegan botellas plásticas, residuos y descargas que terminan acumulándose en la bahía. En comunidades como Wila Jawira, cuando el caudal crece, la basura se desborda y queda esparcida en los terrenos, entre los pastizales donde antes se alimentaban las vacas.

La totora, que durante años formó parte del paisaje y del sustento, también está desapareciendo. Sin ella, el ecosistema se debilita y la alimentación del ganado se vuelve más difícil. “Antes todo era distinto”, dice Tarquisi. “El agua era cristalina, podíamos usarla. Ahora ya no sirve”.

Por eso, cada pozo tiene dueño, candado y cuidado. No es solo una fuente de agua, es una estrategia de supervivencia. Las familias se organizan de manera individual porque no hay otra alternativa. El río, que alguna vez fue compartido, ya no pertenece a nadie.

Pese a la gravedad de la situación, las respuestas institucionales no llegan. Las comunidades aseguran que las autoridades han visitado la zona, pero sin resultados concretos. Mientras tanto, la solución sigue saliendo del bolsillo de los propios comunarios.

En Cohana, la vida se ha ido adaptando a la contaminación. Bajo la tierra, en esos pozos que cuestan miles de bolivianos, las familias buscan no solo agua, sino una forma de resistir a un problema que viene desde lejos, pero que se queda, cada día, más cerca.

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