A lo largo de su vida, más del 93% de las mujeres realiza trabajo doméstico no remunerado; subir de nivel educativo no alivia esta carga

Derechos Humanos

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Patricia Cusicanqui

Más del 93% de las mujeres en las principales ciudades de Bolivia realiza trabajo doméstico y de cuidado no remunerado a lo largo de toda su vida. Una carga constante —e invisibilizada— que no disminuye con la edad ni con el nivel educativo.

Así lo revela el último análisis del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), publicado en el boletín “Mujeres que trabajan (el doble). Desigualdades ocultas entre las mujeres de ciudades del eje central de Bolivia”, con datos de la Encuesta Urbana de Uso del Tiempo 2023 aplicada en La Paz, El Alto, Santa Cruz y Cochabamba.

“La edad no llega a ser un factor que alivie esta responsabilidad; es una carga que no da tregua a las mujeres, extendiéndose, incluso, después de los 65 años”, explica la investigadora del CEDLA, Giovanna Hurtado.

A diferencia del trabajo remunerado —que tiene inicio, pico y retiro—, el trabajo doméstico y de cuidado se mantiene sostenidamente desde la adolescencia hasta la vejez. Las mujeres entre 25 y 44 años enfrentan la etapa más crítica, con un promedio de 6 horas diarias dedicadas a estas tareas, coincidiendo con su período de mayor actividad laboral remunerada.

El análisis confirma la persistencia de la llamada doble jornada. “Muchísimas mujeres se han sumado al trabajo remunerado, pero esto no ha significado que dejen de trabajar en la casa; más bien al contrario”, señala Hurtado.

Para la investigadora, esta situación responde a factores estructurales. “Hay patrones culturales muy arraigados. El mercado laboral ha cambiado, ha abierto puertas para las mujeres, sin embargo, el trabajo no remunerado en el hogar no ha avanzado a la par”, advierte.

Además, la desigualdad no se da solo entre hombres y mujeres, sino también entre las propias mujeres. Si bien la edad, el nivel socioeconómico, la educación y el rol familiar establecen diferencias entre ellas, se observa un rasgo común: el trabajo no remunerado sigue siendo elevado en todos los casos.

El nivel educativo no representa un alivio

Otro de los hallazgos relevantes es que la educación superior no reduce la carga de este tipo de trabajo. Al contrario, puede intensificarla. Las mujeres con estudios universitarios dedican más de 5 horas diarias al trabajo doméstico y de cuidado (5 horas y 19 minutos), incluso más que aquellas con menor nivel educativo (4 horas 59 minutos).

A mayor nivel educativo, más pesada se vuelve la jornada total (es decir, trabajo remunerado más trabajo no remunerado). La educación superior, en lugar de ser un soporte a la autonomía económica, se convierte en una trampa de tiempo”, explica la investigadora.

Esto ocurre porque la educación, aunque facilita el acceso al empleo, no modifica la distribución de las responsabilidades en el hogar. Esto se debe, señala la investigadora, a que todavía se espera que la mujer sea responsable del cuidado y las tareas domésticas sin importar si tiene un posgrado o un cargo ejecutivo.

Esta sobrecarga tiene un costo invisible en la vida de las mujeres. “No es solo cansancio: tienen menos tiempo para cuidar su salud, formarse, descansar o tener ocio”, enfatiza.

A ello se suma la calidad del empleo. La mayoría de las mujeres accede a trabajos no calificados, mal remunerados, que demandan muchas horas laborales y limitan su capacidad para contratar, por ejemplo, servicios de cuidado.

En ese contexto, la educación por sí sola no rompe las desigualdades de género. “No existe una exención de realizar las tareas domésticas por mérito académico”, resume la investigadora.

La importancia del trabajo de cuidado y doméstico no remunerado

El análisis también subraya que el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado sostiene el funcionamiento de la economía. “Un trabajador no podría salir al mercado laboral si no hubiese este soporte en el hogar: quien cocine, quien cuide, quien limpie”, explica Hurtado.

Sin embargo, esta contribución sigue siendo invisible en términos económicos y de políticas públicas. “La ausencia de información nos pone en una situación de desventaja; no se pueden tomar decisiones sin datos cuantificables”, advierte.

Frente a este panorama, el CEDLA plantea la necesidad de avanzar hacia un sistema integral de cuidados a nivel nacional. “El cuidado no puede seguir siendo un asunto privado, debe ser una responsabilidad compartida entre el Estado, las empresas y las familias”, concluye la investigadora.

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