Rompiendo la barrera de la involución humana

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

Hace 60 años se emitió por primera vez la serie televisiva norteamericana Star Trek, conocida en Latinoamérica y España como Viaje a las Estrellas. Más allá de las aventuras y misiones de la nave USS Enterprise al mando de los capitanes James Tiberius Kirk y posteriormente Jean-Luc Picard, lo que aquella serie reflejaba era un futuro prometedor para toda la humanidad, que ocupaba un lugar importante en la Federación de Planetas. Al observar los capítulos, uno se da cuenta de por qué, en esa ficción, el ser humano, pese a la diversidad de especies alienígenas más avanzadas, ocupa un lugar protagónico en esa alianza. La humanidad había logrado un punto de cohesión, tolerancia y cooperación luego de una devastadora tercera guerra mundial. Esos mismos valores y principios fueron los que se difundieron por todo el universo una vez que formaron parte de la Federación.

Si bien la serie fue inspiración para parte del avance tecnológico y el conocimiento científico actual, su principal contribución fue la ruptura de tabúes de la época, como los relacionados con el racismo, siendo una de las series favoritas del defensor de los derechos civiles Martin Luther King Jr. Star Trek sembró en distintas generaciones la convicción de que una sociedad más tolerante e igualitaria era el destino de la humanidad. Lamentablemente, con la aceleración de la contaminación ambiental, la activación de conflictos bélicos a nivel global y la difusión exponencial del odio y la intolerancia originada en redes sociales, ese futuro de Star Trek se ve cada vez más inalcanzable.

Se podría afirmar que el ser humano llegó al límite de su evolución biológica; sin embargo, estamos siendo testigos de un agudo retroceso social y de la pérdida de nuestras capacidades de cohesión. El filósofo Hans Jonas en 1979 advirtió sobre el  enorme crecimiento del poder tecnológico y la necesidad de desarrollar una responsabilidad ética proporcional a ese poder. Asimismo, el antropólogo Clifford Geertz conceptualizó en 1963 el término Agricultural Involution (Involución Agrícola), para describir cómo una economía, en lugar de evolucionar hacia una nueva estructura, se vuelve compleja internamente sin generar un verdadero progreso funcional, atrapándose en un bucle de estancamiento. Las advertencias de la filosofía y la antropología coinciden en que poseemos herramientas tecnológicamente avanzadas, pero guiadas por impulsos tribales.

En la historia de la humanidad se presentaron hechos en los que conflictos bélicos y la destrucción del enemigo y de su cultura llegaron a generar severos retrocesos en el desarrollo de la ciencia y el conocimiento. El evento más lamentable de la historia fue la destrucción de los textos de la Biblioteca de Alejandría y de sus bibliotecas hermanas. Esta no fue solo el mayor depósito de textos del mundo antiguo, sino también el primer gran centro institucional de investigación de la historia. Fue edificada por la dinastía macedónica, cuyos líderes tenían claro que quien poseía el conocimiento poseía el poder. Existen distintas teorías sobre su destrucción: uno de los más conocidos es el incendio involuntario ocasionado por Julio César (48 a.C.), también se señala que  siglos después fue destruida por las tropas romanas tras sofocar una rebelión (270 d. C.). El último vestigio en Alejandría fue la biblioteca hermana denominada Serapeum (Templo de Serapis), destruida por la población (391 d.C.) tras la consolidación del cristianismo en el Imperio romano.

Según la narrativa popular, la destrucción de la Biblioteca de Alejandría retrasó a la humanidad mil años. Si bien esa afirmación es debatible, la pérdida sí fue cuantitativa y cualitativamente severa para el conocimiento humano. Entre los textos que se presume que se perdieron se encuentran obras históricas de Babilonia y Persia, documentación inédita de historiadores griegos y romanos, así como escritos astronómicos y matemáticos avanzados. En la literatura, hoy solo disponemos de una fracción mínima de las obras de la Grecia clásica.

La desaparición de la Biblioteca de Alejandría y sus «hermanas» demostró que la producción y conservación del saber humano pueden resultar profundamente vulnerables ante las crisis políticas y los conflictos religiosos, bélicos y económicos. En la actualidad, aunque internet permite una difusión y conservación del conocimiento, también enfrentamos nuevos riesgos derivados de la manipulación de la información, la concentración del poder tecnológico y el uso de algoritmos que pueden favorecer la desinformación. A ello se suma la creciente influencia de quienes controlan estas tecnologías y tienen la capacidad de condicionar la circulación de los contenidos. El odio y la discriminación difundidos masivamente en los medios y las redes sociales pueden producir un efecto igualmente perjudicial: deslegitimar el conocimiento científico cuando contradice los intereses del poder o cuando sus aportes provienen de personas pertenecientes a grupos minoritarios o comunidades inmigrantes, como las poblaciones árabes, africanas y latinoamericanas. Se olvida así que la tecnología actual no proviene del trabajo de una sola persona o cultura, sino que es el resultado de investigaciones acumuladas a lo largo de la historia. Un claro ejemplo es el extraordinario aporte de los matemáticos del mundo islámico, entre los siglos VIII y XV, quienes asimilaron, desarrollaron y ampliaron conocimientos procedentes de las civilizaciones griega, india y persa, realizando contribuciones fundamentales al álgebra, la aritmética, la geometría y la trigonometría.

Sería absurdo imaginar a aquellos matemáticos árabes despreciando el conocimiento griego o indio por considerarlo «inferior». Si ese hubiera sido el caso, hoy posiblemente la humanidad estaría retrasada científicamente por siglos. Retomando el contraste con la geopolítica actual y la tecnología, ese absurdo comienza a manifestarse en la crianza de las nuevas generaciones expuestas desde la infancia a ambientes cargados de prejuicios y sesgos ideológicos. Diariamente escuchamos en los medios de comunicación descalificaciones e insultos por el origen o el color de piel, llegando incluso a cuestionar consensos científicos cuando estos contradicen determinadas posiciones ideológicas.

Estamos llegando a una situación contradictoria: mientras los países desarrollados realizan inversiones multimillonarias en investigación y desarrollo tecnológico, muchas naciones en vías de desarrollo están reduciendo los recursos para financiar y fortalecer sus capacidades científicas. Esta brecha tecnológica profundiza la dependencia económica y limita las posibilidades de superar el papel de proveedores de materias primas dentro de la economía mundial. Cabe preguntarse: por falta de oportunidades, ¿cuántos inventos quedan en simples ideas?, ¿cuántos de nuestros jóvenes llevan el conocimiento pero no disponen de recursos y medios para realizar un aporte a la humanidad? Si las futuras generaciones crecieran con odio focalizado, podrían llegar a despreciar todo el conocimiento y obras literarias provenientes de palestinos, judíos, árabes, indios o chinos. ¡Cuánto retroceso generaría esa actitud!

Quizás para llegar a consolidar la ciencia y la tecnología y alcanzar las estrellas, primero debemos sobrepasar el bucle de involución en el que actualmente se encuentra la humanidad.

Tenemos dos opciones como humanidad: permitir que nos manipulen y nos conviertan en simples consumidores y proveedores de materias primas, mientras unos cuantos se benefician a costa de destruir la convivencia humana y la vida en el planeta, o reaccionar y recuperar la capacidad de cohesión, valorando nuestras diversidades como especie para construir un futuro basado en el bienestar común. De esa forma, quién sabe, quizás lleguemos en unos cientos de años a alcanzar las estrellas y vivir como humanidad la utopía de Star Trek.

La tecnología se ha convertido en un remo que muchos utilizan como arma en lugar de emplearla para impulsarnos hacia un futuro prometedor.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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