Armando Mamani, maestro. Foto: Yenny Escalante
En la unidad educativa San José de Carachimayo, una escuela rural fundada en 1949 en el municipio de San Lorenzo en el departamento de Tarija, Armando Mamani Choquevilca intenta cambiar una realidad que encontró al asumir como director: aulas antiguas, mobiliario insuficiente y falta de herramientas para que los estudiantes puedan desarrollar sus clases prácticas.
Mamani lleva más de 26 años en el magisterio. Antes de convertirse en maestro soñaba con estudiar Ingeniería Agronómica, porque creció en una familia de agricultores y desde niño estuvo vinculado al trabajo con las plantas. Sin embargo, las dificultades económicas le impidieron ingresar a la universidad y encontró en la docencia un camino para seguir vinculado al campo y servir a la educación.
Su experiencia se ha desarrollado principalmente en unidades educativas rurales y fronterizas del departamento de Potosí, de donde es oriundo. En 2023, mediante un proceso de institucionalización del Ministerio de Educación, llegó como director a San José de Carachimayo, en Tarija.
La primera impresión no fue la que esperaba. La infraestructura, construida en gran parte con adobe mediante trabajo comunitario, estaba deteriorada. Algunas aulas tenían goteras y una de las construcciones incluso se había convertido en refugio de aves. Para Mamani, invertir en una refacción sería insuficiente y por eso apostó por una nueva infraestructura.

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Hoy, caminar por el colegio permite encontrar las huellas de varias generaciones. Hay paredes de adobe que forman parte de la antigua infraestructura y otras construcciones más recientes. En las aulas todavía se utilizan algunos pizarrones de tiza, mientras que otros ya fueron reemplazados por pizarras acrílicas para marcadores. En las paredes destacan grandes murales pintados que dan color a los espacios de la escuela. El colegio también tiene una cancha con tinglado y una sala de computación.
Mamani también decidió aprovechar los frutos que ofrece la región mediante la creación de huertas, cultivadas por los propios estudiantes. En ellas crecen diversas especies frutales que, además de embellecer el entorno, se convierten en espacios de aprendizaje práctico.
Pero detrás de este movimiento cotidiano hay también una infraestructura que necesita mejoras. Pero mientras esa posibilidad no llega del todo, decidió empezar por lo que sí podía gestionar. Uno de los primeros cambios fue reemplazar las antiguas pizarras de tiza por pizarras acrílicas en las aulas, con apoyo del gobierno municipal.
La escuela tiene actualmente 88 estudiantes, desde nivel inicial hasta secundaria, y cuenta con Bachillerato Técnico Humanístico en Transformación de Alimentos. Sin embargo, la formación práctica también enfrenta limitaciones: el área de física y química no cuenta con laboratorios ni insumos suficientes, mientras que el área de carpintería tiene un docente, pero no todas las herramientas necesarias para trabajar.
Aun así, los estudiantes aprovechan los productos de las huertas del colegio para aprender a transformarlos. Elaboran mermeladas de tomate, tuna y zapallo, además de productos de repostería y alimentos deshidratados. Incluso llegaron a obtener reconocimientos a nivel departamental y clasificaron a una instancia nacional con productos derivados del zapallo.
Mamani busca que esas experiencias puedan convertirse también en oportunidades para los estudiantes. Para eso, considera necesario contar con más equipamiento y encontrar mercados fuera de la comunidad, en lugares como San Lorenzo y Tarija.
Su proyecto para la escuela también incluye iniciativas ambientales: instalar filtros para mejorar el acceso al agua, trabajar en la clasificación y reutilización de residuos y ampliar las áreas verdes mediante la plantación de especies ornamentales y frutales.
Parte de esos esfuerzos ya encontró apoyo en la organización Esperanza Bolivia, con financiamiento de la Unión Europea y cooperación belga, para el equipamiento básico del Bachillerato Técnico Humanístico y mobiliario destinado a estudiantes de inicial y primaria.
Para Mamani, dirigir una escuela no significa solamente ocupar el cargo. Su propósito es dejar una huella en los estudiantes y ofrecerles oportunidades que él mismo no tuvo durante su infancia. “Quiero personas que sean mejores que yo”, resume al referirse a sus estudiantes.
Sabe que muchos de ellos podrían terminar migrando, incluso hacia Argentina, o quedarse en la comunidad. Por eso insiste en una educación que combine teoría y práctica y que les permita desarrollar capacidades para desenvolverse por cuenta propia.
“Enseñarles a pescar”, dice, es parte de ese propósito: que los estudiantes no solo terminen el colegio, sino que tengan herramientas para construir su propio camino.





