Jorge Quispe, Sumando Voces
Durante los 51 días de bloqueos contra el gobierno, Bolivia pareció partirse en dos. Las carreteras quedaron interrumpidas, los discursos se endurecieron y la confrontación ocupó buena parte del debate público. Sin embargo, detrás de esa imagen de fractura persiste una realidad a veces menos visible: los bolivianos mantienen un fuerte sentido de pertenencia nacional, incluso en un país tan diverso y multicultural.
En los 201 años de la independencia de Bolivia, especialistas coinciden en que esa diversidad no es una amenaza para la unidad, sino una de sus principales fortalezas. Para ellos, el verdadero desafío está en construir instituciones capaces de transformar las diferencias en diálogo, gestionar los conflictos y evitar que estos vuelvan a romper el tejido social y profundizar las brechas.
El sentido de pertenencia desafía a la polarización
Frente al ruido de la confrontación y los intentos de división impulsados desde distintos sectores políticos, los datos revelan un fuerte sentido de pertenencia nacional. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Polarización del proyecto Unámonos (2023), el 83,2% de los bolivianos siente una identidad nacional antes que una identidad regional, lo que demuestra que la pertenencia al país supera con fuerza las coyunturas de conflicto.
Este sólido sentido de pertenencia también encuentra su reflejo en la vida cotidiana, a través de una profunda complementariedad económica y social entre las distintas regiones del país. Mientras el oriente boliviano abastece al occidente con carne de pollo, huevos y otros alimentos básicos, el altiplano no solo sostiene esa producción como consumidor, sino que también genera productos, como prendas de vestir y otros que hallan un amplio mercado en el oriente y otras regiones del territorio nacional.
Esta interdependencia material confirma que las regiones no viven aisladas ni enfrentadas por naturaleza, sino conectadas por una red de intercambios que sostiene buena parte de la economía nacional.
Para la investigadora y politóloga Ana Lucía Velasco, Bolivia es, en un sentido estricto, un Estado plurinacional por la inmensa riqueza de sus etnicidades y culturas. Sin embargo, apunta con espíritu crítico que el proyecto partidario del Movimiento Al Socialismo (MAS) generó profundos estigmas al politizar el concepto y apartar a quienes no encajaban en su narrativa.
«Algo que yo siempre he criticado del Movimiento al Socialismo es que algunas de sus autoridades han interpretado al Estado plurinacional como una especie de venganza y así lo han traducido en sus discursos», complementa la académica.
Añade que, en ese contexto, parecía instalarse la idea de que «ahora sí llegó el tiempo de los indígenas y todos los otros grupos van a estar fuera del poder, fuera del gobierno y de la administración del Estado». Ese discurso, sostiene, «abrió una brecha».
Velasco reflexiona sobre cómo este enfoque sectario afectó a quienes no portaban una raíz indígena tradicional: «Cuando surge el censo y se pregunta por primera vez el tema de las 36 naciones, la controversia era: ‘bueno, si yo no pertenezco a ninguna de estas naciones, soy ninguno, no soy nadie… qué espacio tengo en este nuevo proyecto nacional'».
Para explicar quiénes conforman este Estado Plurinacional y la resiliencia de su tejido, Velasco recurre a una analogía: «Si la plurinacionalidad fuera un bosque que se incendia; la diversidad de árboles es, precisamente, lo que permitiría su reconstrucción».
Al igual que un sistema biodiverso cuenta con múltiples estrategias de supervivencia frente a las catástrofes, una sociedad diversa posee herramientas amplias para enfrentar obstáculos y crisis, aunque administrar esas diferencias sea complejo.
Las raíces y fracturas del Estado Plurinacional
Para comprender el alcance del modelo, es indispensable recordar cómo nació el Estado Plurinacional en Bolivia en 2009. Este hito fundamental no fue una concesión gratuita ni surgió de la nada: se edificó sobre casi dos décadas de movilizaciones, propuestas y resistencia de los pueblos indígenas de tierras altas y bajas, como las marchas de 1990 por «Territorio y Dignidad», y las de 1996 y 2002, que exigieron transformar las bases de un Estado colonial que los había excluido históricamente.
Con la promulgación de la Constitución Política del Estado en 2009, Bolivia dio un paso pionero en América Latina al superar el modelo de Estado-Nación monocultural para consagrarse como un Estado Plurinacional Comunitario, reconociendo el pluralismo jurídico, la demodiversidad, las autonomías indígenas y la coexistencia de múltiples naciones en un horizonte de interculturalidad.
Sin embargo, ese proceso fundacional sufrió graves fracturas institucionales. El sociólogo Alfonso Hinojosa apunta que el Estado Plurinacional se fracturó debido a un divorcio entre los derechos consagrados en la norma y la realidad cotidiana. Tras sus recorridos y vivencias durante los conflictos, Hinojosa relata el profundo enojo percibido en sectores rurales y urbano-populares: «Conversé, por ejemplo, con la gente de Desaguadero y era muy evidente su enojo, su rabia, precisamente por eso, un Estado que ellos asumían y del que eran parte los rechazaba, no los incluía».
El sociólogo advierte que estas poblaciones no se manifestaban únicamente por fidelidad partidaria al MAS, sino por la dolorosa constatación de que las estructuras estatales no las escuchaban ni las reconocían como autoridades ni como interlocutores válidos, evidenciando que sus demandas son fundamentales para sostener el pacto plurinacional.
A este diagnóstico se suman las deudas estructurales señaladas por los analistas José Luis Exeni y Walter Limache durante el evento Cátedra Bolivia 1976-2050, de la Red Unitas, celebrado en junio en Sucre.
Exeni afirma que el pacto constituyente de 2009 intentó resolver dos problemas históricos del país: la exclusión de los pueblos indígenas y el excesivo centralismo estatal. El resultado fue la creación de un modelo que reconoce la coexistencia de múltiples culturas, sistemas jurídicos y formas de democracia dentro de un mismo Estado.
“Cuando hablamos de Estado Plurinacional hablamos de un Estado que reconoce la diversidad. Un Estado con muchas culturas, muchas formas de democracia y distintos sistemas de justicia”, explica.
No obstante, reconoce que existe una brecha significativa entre lo que establece la Constitución y su aplicación real, por lo que urge un sinceramiento para avanzar en lo que ha quedado pendiente.
Por su parte, Walter Limache, responsable del programa NINA, de Red Unitas, destaca que el modelo nació desde las bases, a partir de la exigencia del derecho a la autodeterminación y el autogobierno: «El Estado Plurinacional buscó la separación de lo pluri de lo diverso y se propuso la idea del Estado plurinacional» para lograr que «los pueblos indígenas se pudieran autogobernar y autodeterminar».
Limache identifica deudas pendientes porque, si bien se logró la incorporación de las autonomías indígenas, la democracia comunitaria y los derechos colectivos, «varios de esos logros aún no se han concretado plenamente y enfrentan obstáculos institucionales, como las limitaciones que persisten para el ejercicio efectivo de la justicia comunitaria».
Esta crisis estructural se vio agravada por la cooptación partidaria: los históricos sindicatos perdieron autonomía y capacidad propositiva, mientras que el sistema político carece de partidos sólidos y opera bajo la lógica efímera de los «taxi-partidos», carentes de doctrina y arraigo ciudadano.
«Bolivia no tiene un sistema de partidos, no hay partidos políticos reales», resume Velasco. El presidente Rodrigo Paz llegó al gobierno con el Partido Demócrata Cristiano (PDC) porque no tenía uno propio.
El peligro de los altavoces digitales y la autocensura
En este escenario de debilidad institucional, las redes sociales juegan un rol de alto riesgo. Las plataformas digitales amplifican las emociones y otorgan altavoces desproporcionados a quienes «gritan más fuerte», posicionando discursos extremistas que desplazan al pensamiento crítico.
Ana Lucía Velasco explica que «las redes sociales por cómo funcionan, premian los contenidos altamente emocionales», alimentando una polarización afectiva que se traduce en un componente peligroso: «Cualquier se puede quedar en casa y ponerse detrás de una pantalla para atacar a todo el mundo. Es una forma cómoda de llevar la polarización más allá de la mente y las emociones y traducirla en una acción concreta que lacera el tejido social».
Ante la agresividad del entorno digital y la confrontación, gran parte de la ciudadanía ha optado por el silencio como mecanismo de autocensura para preservar sus vínculos afectivos: «Es un acto de amor que uno asume para no pelearse con alguien que piensa muy distinto. Muchos optan por no hablar de ese tema […] por preservar su relación, porque esa relación es más importante que los masistas o los pititas».
Sin embargo, Velasco alerta que esta dinámica generalizada debilita profundamente el debate democrático y reduce los espacios plurales, dejando la vitrina pública dominada por los extremos.
Sanar desde las bases: el rol ciudadano
Frente a la tentación de buscar soluciones simplistas o autoritarias, Velasco afirma de manera categórica que la reconciliación no puede ser inmediata ni superficial.
«Un tejido social roto no se reconstruye como una herida que se desinfecta con un poco de alcohol», sostiene la académica. Este tipo de daño no se sana con soluciones instantáneas: «No son heridas explícitas que se curan de a poco con un desinfectante. Son heridas que están en la psiques social que hay que trabajarlas, que hay que entenderlas. No es fácil y toma tiempo».
La sanación colectiva exige espacios de reencuentro humano cara a cara, herramientas de gestión emocional y pensamiento crítico para contrarrestar la manipulación política.
La analista sostiene que el futuro del país no depende de salvadores ni de cúpulas partidarias, sino de los propios ciudadanos, quienes deben asumir la responsabilidad de reconstruir el tejido social desde las bases: «Nosotros mismos somos a quienes estábamos esperando. No va a llegar nadie a salvarnos».
«Bolivianos por el diálogo y la paz social»





