La curva de aprendizaje no gobierna

Opinión

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Misael Poper

En la gestión pública, la llamada “curva de aprendizaje” suele usarse como una explicación razonable para justificar los primeros errores de una administración. Se dice que todo gobierno necesita tiempo para conocer la institución, ordenar la casa, revisar las finanzas, armar equipos, entender los procedimientos internos y recién después comenzar a mostrar resultados. En teoría, ese argumento puede parecer válido. Pero en una ciudad como La Paz, esa explicación tiene límites muy claros.

La Paz no es una escuela de gestión. Es una ciudad compleja, frágil, exigente y cargada de problemas estructurales. No espera a que una autoridad aprenda con calma. No pausa sus riesgos mientras un alcalde entiende el funcionamiento del municipio. No detiene sus emergencias, sus baches, sus deslizamientos, su tráfico, sus conflictos vecinales ni sus necesidades barriales mientras una gestión atraviesa su periodo de adaptación.

Por eso, la curva de aprendizaje puede ser un gran ejemplo para medir qué tan buena o mala es una gestión. No porque aprender sea negativo, sino porque la forma en que una autoridad aprende revela su verdadera capacidad de gobernar. Una buena administración aprende rápido, corrige rápido y ejecuta rápido. Una mala administración convierte el aprendizaje en excusa, la transición en demora y el diagnóstico en justificación permanente.

En el caso de la gestión de Iván Arias, la curva de aprendizaje no pudo verse solamente como una etapa normal de adaptación. También debe analizarse como una muestra de sus límites políticos, técnicos y operativos. La ciudad no necesitaba un proceso largo de aprendizaje; necesitaba soluciones concretas desde el primer día. Necesitaba mantenimiento urbano, atención de riesgos, ordenamiento institucional, planificación financiera, ejecución transparente y presencia efectiva en los barrios.

La administración de Arias intentó construir parte de su relato sobre la idea de haber recibido una Alcaldía en crisis. Se hablo de déficit, deuda heredada, reducción de estructura institucional y necesidad de austeridad como punto de partida de la gestión. Ese contexto puede explicar algunas dificultades iniciales, pero no alcanza para absolver una conducción municipal que tardó demasiado en responder con claridad a los problemas cotidianos de la ciudad.

Gobernar no consiste únicamente en explicar lo que se heredó. Gobernar consiste en resolver lo que existe. Una autoridad puede recibir una institución golpeada, endeudada o desordenada, pero su responsabilidad es convertir ese diagnóstico en acción. Si la mayor parte del esfuerzo se dedica a justificar el punto de partida, la gestión corre el riesgo de quedarse atrapada en el pasado y olvidar que la ciudadanía juzga por resultados presentes.

La gente no mide una administración solamente por informes, porcentajes de ejecución o anuncios de grandes obras. La mide por la calle que sigue rota, por el barrio que sigue en riesgo, por el tráfico que empeora, por el trámite que no se simplifica, por el mercado que no se ordena, por la ladera que no se estabiliza y por la sensación diaria de que la ciudad funciona con dificultad. Ahí es donde la curva de aprendizaje deja de ser una categoría técnica y se vuelve una experiencia ciudadana.

Arias no midió bien la magnitud de la ciudad que debía administrar. O, si la midió, no logró convertir esa lectura en una respuesta suficientemente eficaz. La Paz necesitaba una gestión con lógica operativa, no solamente discursiva. Necesitaba una administración capaz de identificar problemas, priorizar recursos, ejecutar obras, coordinar equipos, transparentar decisiones y corregir errores sin convertir cada obstáculo en una excusa política.

El problema central fue que la curva de aprendizaje terminó costándole demasiado a la ciudad. Cada retraso en mantenimiento urbano se traduce en deterioro. Cada demora en prevención de riesgos aumenta la vulnerabilidad. Cada conflicto institucional reduce capacidad de gestión. Cada error de planificación genera más gasto futuro. Cada promesa incumplida erosiona la confianza ciudadana.

Por eso, decir que una autoridad “estaba aprendiendo” no puede ser una respuesta suficiente. En la administración pública, el aprendizaje tiene que estar acompañado de resultados. Una gestión no puede pedir paciencia indefinida mientras la ciudad acumula problemas. La curva de aprendizaje sirve para entender el proceso, pero no debe convertirse en refugio para justificar la falta de soluciones.

La gestión de Arias mostró una tensión permanente entre relato y realidad. Por un lado, se habló de austeridad, reestructuración, superobras, recuperación institucional y mejora en la ejecución presupuestaria. Por otro lado, una parte importante de la ciudadanía siguió percibiendo una ciudad deteriorada, desordenada y con respuestas tardías. Cuando existe una distancia tan grande entre lo que una autoridad dice que hizo y lo que la población siente en su vida diaria, el problema ya no es solo de comunicación. Es un problema de gestión.

Una ciudad como La Paz exige conducción permanente. No basta con anunciar planes. No basta con mostrar cifras. No basta con decir que se está aprendiendo. La autoridad debe demostrar que comprende la urgencia de los problemas y que tiene capacidad real para enfrentarlos. La gestión municipal no puede reducirse a administrar crisis; debe anticiparlas. No puede vivir reaccionando tarde; debe prevenir. No puede depender de grandes discursos; debe producir soluciones verificables.

En ese sentido, la curva de aprendizaje de una gestión municipal debe medirse con criterios concretos. Primero, por la rapidez con la que identifica los problemas reales. Segundo, por la calidad del equipo técnico que instala. Tercero, por la capacidad de ejecutar presupuesto sin improvisación. Cuarto, por la transparencia con la que toma decisiones. Quinto, por la respuesta efectiva ante emergencias. Sexto, por la presencia territorial en los barrios. Y séptimo, por la capacidad de corregir errores sin negar la realidad.

Bajo esos criterios, la gestión de Arias deja una lección crítica: aprender tarde también es gobernar mal. No porque toda demora sea culpa de una autoridad, sino porque el tiempo perdido en una ciudad vulnerable tiene consecuencias. La Paz no puede ser administrada como si sus problemas pudieran esperar. Cada año de aprendizaje lento significa menos obras oportunas, menos prevención, menos confianza y más desgaste ciudadano.

Ahora bien, esta crítica no significa que la nueva gestión municipal que venga esté libre de una curva de aprendizaje. Sería ingenuo pensar que una nueva administración puede asumir el poder y resolver todo de inmediato. Toda gestión necesita un periodo de transición. Tendrá que conocer el estado real de las finanzas, revisar contratos, evaluar personal, analizar obras pendientes, estudiar deudas, ordenar prioridades y entender la maquinaria interna del municipio.

La nueva gestión también tendrá su curva. Pero esa curva no podrá ser usada como cheque en blanco. No bastará con decir “estamos aprendiendo”, “estamos revisando” o “la anterior gestión nos dejó problemas”. La ciudadanía ya escuchó ese tipo de argumentos. Esta vez, la curva de aprendizaje deberá ser medida desde el primer día.

Esta nueva administración tendrá derecho a ordenar la casa, pero no tendrá derecho a paralizar la ciudad. Tendrá derecho a revisar lo heredado, pero no a vivir culpando al pasado. Tendrá derecho a corregir errores, pero no a improvisar bajo el pretexto de la transición. Tendrá derecho a aprender, pero no a trasladar nuevamente el costo de ese aprendizaje a los vecinos.

La Paz puede aceptar una etapa de ajuste. Lo que no puede aceptar es otra etapa de improvisación. Puede aceptar que una nueva autoridad necesite información, pero no que carezca de rumbo. Puede entender que haya dificultades financieras, pero no que falte planificación. Puede tolerar algunos errores iniciales, pero no una gestión sin capacidad operativa.

La nueva administración deberá ser evaluada por indicadores claros: cuánto tarda en responder a emergencias, cómo prioriza el presupuesto, qué obras decide continuar, cuáles corrige, cómo transparenta sus decisiones, cómo coordina con el Concejo Municipal, cómo escucha a los barrios y cómo enfrenta los problemas estructurales de la ciudad. La curva de aprendizaje no debe medirse por discursos, sino por hechos.

Si la nueva gestión aprende rápido, corrige rápido y ejecuta con orden, su curva será positiva. Si, por el contrario, repite la fórmula de culpar al pasado, anunciar mucho y resolver poco, entonces estará repitiendo el mismo error. La Paz no necesita una nueva narrativa de aprendizaje; necesita una nueva cultura de gestión.

Misael Poper es activista

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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