En tiempos donde todo parece urgente, visible y medible, hablar de “vivir real” suena casi como un acto de rebeldía. El libro Atrévete Vive Real, elaborado por un grupo de jóvenes de la ciudad de Sucre, plantea justamente eso: recuperar la autenticidad, dejar de vivir para las expectativas ajenas y construir una vida más honesta con lo que sentimos y somos. Sin embargo, esta propuesta, que podría parecer sencilla, se vuelve compleja cuando se contrasta con la realidad actual, especialmente con el papel que cumplen las redes sociales.
Hoy, gran parte de lo que somos o creemos ser pasa por una pantalla. Las redes sociales no solo sirven para comunicarnos; también se han convertido en vitrinas donde mostramos versiones editadas de nosotros mismos. Publicamos momentos felices, logros y sonrisas, mientras que lo difícil o doloroso suele quedar fuera. Así se construye una ilusión colectiva: la de que todos están bien, menos uno.
El problema no es compartir lo positivo, sino la comparación constante que esto genera. Ver vidas aparentemente perfectas puede hacernos sentir insuficientes, incluso cuando estamos haciendo las cosas bien. En ese contexto, el mensaje del libro cobra fuerza: vivir real implica dejar de compararse, dejar de fingir y empezar a reconocerse tal como uno es. Pero hacerlo en medio de la presión digital no es fácil.
En Sucre, esta situación trasciende lo teórico. Durante 2025 y lo que va de 2026, los casos de suicidio han encendido una alerta que no puede ignorarse. No se trata de cifras, sino de vidas, muchas de ellas jóvenes, que no encontraron una salida a tiempo. Cada caso revela historias complejas, pero también un elemento común: el silencio frente al dolor. Las redes sociales no son la causa única, pero sí influyen en cómo las personas perciben su vida. Cuando alguien atraviesa un momento difícil y se expone a entornos donde todo parece perfecto, la sensación de fracaso puede intensificarse. Se instala la idea de que “todos pueden, menos yo”. Y eso pesa.
El libro insiste en la importancia de aceptar nuestras emociones y no ocultar lo que sentimos. Sin embargo, la cultura digital muchas veces va en sentido contrario: empuja a mostrar solo lo bueno, a evitar la vulnerabilidad y a sostener una imagen que no siempre coincide con la realidad. Y sostener esa imagen también agota.
En Sucre, como en muchas otras ciudades, hay jóvenes que sonríen en redes y sufren en silencio. Personas con cientos de contactos, pero pocas conversaciones reales. Que reciben “likes”, pero no necesariamente apoyo. Esa desconexión entre lo que se muestra y lo que se vive puede generar una profunda sensación de soledad.
Hablar de suicidio siempre es delicado, pero callarlo es más peligroso. Los casos recientes deberían llevarnos a reflexionar como sociedad: ¿estamos escuchando lo suficiente?, ¿prestamos atención a las señales?, ¿o seguimos normalizando el “todo está bien” sin cuestionarlo?
Vivir real también implica reconocer cuando no estamos bien. Significa pedir ayuda, hablar y construir entornos donde la vulnerabilidad no sea vista como debilidad. Las redes sociales pueden ser espacios de apoyo, pero también de presión. El bullying digital, los comentarios agresivos y la exposición constante afectan más de lo que se admite. Lo que ocurre en lo digital tiene impacto real en la vida emocional. Por eso, el desafío no es dejar las redes sociales, sino usarlas con mayor conciencia. Ser responsables con lo que publicamos, con lo que comentamos y con lo que consumimos. Entender que detrás de cada perfil hay una persona.
También es necesario aprender a desconectarse. No todo tiene que mostrarse. Parte de vivir real es tener espacios propios, lejos de la mirada constante de los demás. Espacios para pensar, sentir y ser sin presión.
En el contexto actual, donde la salud mental se vuelve una preocupación urgente, estas reflexiones son necesarias. No podemos seguir reaccionando solo cuando ocurren tragedias. Se requiere prevención, educación emocional y espacios reales de acompañamiento. Vivir real no es tener una vida perfecta, sino una vida sincera. Implica dejar de medirse con estándares irreales y entender que las redes sociales muestran fragmentos, no historias completas. Comparar nuestra vida con el resumen de la vida de otros siempre será injusto.
Las redes sociales seguirán siendo parte de nuestra vida, pero podemos cambiar la forma en que nos relacionamos con ellas. En una cultura que exalta lo inmediato, lo exitoso y lo perfecto, detenerse a sentir no es una pérdida de tiempo, es una forma de cuidado.
Al final, el mayor desafío es atreverse: vivir sin máscaras, sin comparaciones constantes y sin la presión de cumplir expectativas irreales. Porque vivir real no es un destino, es un proceso. Y en ese proceso, lo más importante no es lo que mostramos, sino lo que somos cuando nadie nos está mirando.
Walberto Tardio es activista y estudiante de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales
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