Entre balsas y basura: la otra cara del turismo en el Titicaca

Desarrollo

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Yenny Escalante

Foto referencial de la basura en Titicaca. Eju

Foto referencial de la basura en Titicaca. Autor: Freddy Barragán / Archivo Página Siete

En Chilaya, una comunidad a orillas del lago Titicaca, las aves ya no mueren por causas naturales, mueren por plástico. Gaviotas, patos y otras especies silvestres confunden los restos de comida con los platos desechables que quedan tirados en la carretera o cerca del agua. Los ingieren y no sobreviven: “Se lo comen y mueren”, dice Francia Javier Quino, comunaria de esta región de la provincia Omasuyos, en La Paz.

El problema no empieza en el lago, sino mucho antes. En las rutas que conducen a los atractivos turísticos, en las playas improvisadas, en los paseos en lancha y balsas de totora que atraen a visitantes, sobre todo de la ciudad de La Paz. Allí, explica Quino, la basura se queda: botellas, bolsas, envases. Luego, la lluvia y los ríos hacen el resto. Todo desemboca en el Titicaca. “Los turistas dejan su basura y también hay gente que vive aquí y lleva sus desechos para botarlos allá”, relata.

Chilaya forma parte de un circuito turístico donde operan restaurantes y servicios de transporte lacustre. Sin embargo, la comunidad no recibe beneficios directos de esa actividad. Lo que sí recibe es la contaminación. Las consecuencias ya se sienten bajo el agua. La pesca, una de las principales fuentes de sustento, está cambiando. “Antes había mauri, suche (bagre) otros peces nativos. Ahora ya no existen”, dice Quino. En su lugar quedan menos especies y en menor cantidad.

Francia Javier Quino. Foto: Yenny Escalante

Aunque la agricultura todavía no muestra efectos evidentes, la preocupación de los locatarios crece, ya que para ellos, el lago no solo es paisaje: es alimento, es trabajo, es vida.

Frente a esta situación, los comunarios piden acciones concretas. Más control de la Alcaldía, sistemas de separación de residuos y, sobre todo, responsabilidad de quienes visitan el lugar. Recuerdan incluso una iniciativa pasada, cuando una empresa privada compraba plástico, vidrio y latas por separado. Quisieran que algo así regrese.

Pero, más allá de las medidas, el pedido es simple: no dejar basura. “Necesitamos turismo responsable”, insiste Quino, porque en Chilaya, cada bolsa que se abandona en el camino no desaparece. Termina en el lago, y, muchas veces, en el estómago de un animal que no distingue entre alimento y desecho.

Francia Quino participó en un taller de capacitación, organizado por SEMTA, para fortalecer sus conocimientos sobre herramientas legales y mecanismos de protección, en el marco del proyecto «Mujeres por Escazú en Bolivia: defensoras indígenas y rurales por la igualdad de género y la justicia ambiental».

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