Estos últimos años, en el planeta, se está presentando un fenómeno silencioso: la disminución de la tasa de fecundidad. A simple vista no puede asumirse como un gran problema para las más grandes economías del mundo, pero la realidad es otra.
El gobierno chino, debido al declive demográfico registrado en 2025 y 2026, tomó algunas acciones: subsidios en efectivo por cada menor de 3 años, seguro de maternidad que cubre el 100% de los costos del parto y lo que puede sonar gracioso, la aplicación de un IVA del 13% a preservativos y anticonceptivos. Un claro ejemplo es el presenciado en 2025: la tasa de natalidad cayó a 5.63 nacimientos por cada 1,000 habitantes (National Bureau of Statistics of China, 2026), una tasa de fecundidad de 1.0 hijos por mujer, el nivel más bajo desde 1949.
Japón es un referente mundial de una sociedad envejecida donde se registran más muertes que nacimientos; en 2025 se registraron 705,809 nacimientos frente a 900,000 personas fallecidas (Ministry of Health, Labour and Welfare of Japan, 2026). La tasa de fecundidad está en 1.20 a pesar de las políticas gubernamentales para reducir los costos de crianza.
El panorama no cambia a nivel mundial: en 2025 la tasa de fecundidad se situó en 2.24 hijos por mujer (UN Population Division, 2025). Este dato es alarmante ya que más de la mitad de los países del mundo están por debajo de la tasa de reemplazo, que es de 2.1. Aun un país superpoblado como la India registró una disminución de la tasa de fecundidad del 1.94 (National Family Health Survey/NFHS India, 2025).
¿Por qué es importante para las economías la tasa de crecimiento poblacional?
Uno de los problemas más alarmantes a corto y mediano plazo es el reemplazo generacional en los sistemas de pensiones. Un joven trabajador realiza los aportes que cubren el dinero que percibe el jubilado hoy. Si disminuye la población joven trabajadora, consecuentemente no se podrá sostener el sistema de pensiones del país en cuestión; esa es la realidad de Japón. Como se observa a nivel mundial, la tasa de reemplazo se va reduciendo en unos países más que en otros; este problema que enfrentará Japón se presentará con mayor impacto en países en vías de desarrollo con sistemas de pensiones frágiles.
Otro de los problemas que generará esta disminución de la población es algo que no deja dormir a economistas: el crecimiento económico. La economía capitalista se sostiene en el consumo; con una disminución de la población el consumo se estanca, consiguientemente el crecimiento y el Producto Interno Bruto con el tiempo tiende a contraerse. Según la teoría económica del estancamiento secular, al haber menos personas, las empresas no ven la necesidad de construir nuevas fábricas, centros comerciales o viviendas; sin inversión, las tasas de interés caen de cero a números negativos (nadie se presta para un mercado que se achica), generando un detenimiento del crecimiento.
La crisis de la demanda agregada (keynesianismo) señala que el capitalismo es un sistema de consumo de masas; menos nacimientos hoy significan menos pañales, lo que en 20 años representa, menos compradores de casas y automóviles. Bajo esta premisa, si los empresarios esperan que el mercado sea más pequeño mañana, se invalidan los incentivos de innovar, generando un círculo vicioso de deflación y ausencia de dinamismo en la economía.
Si bien, como se mencionó, países como China y Japón adoptaron políticas para incrementar los nacimientos, estas no dieron resultados favorables. Las causas por las cuales los jóvenes no desean tener hijos pueden tocar temas psicológicos, sociológicos y económicos. En Europa y América Latina se percibe que el costo de la vivienda ha crecido tres veces más rápido que los salarios de los jóvenes trabajadores (OECD, 2025). Otra de las causales es el pesimismo climático; los jóvenes ven un riesgo traer a la vida a un niño en un mundo colapsado. Un estudio de la revista médica The Lancet del año 2024, en una encuesta a 10,000 jóvenes, mostró que el 39% presentaba dudas de tener hijos debido al cambio climático.
Tocando este último punto del cambio climático y la huella de carbono es una causa en real y preocupante. Por ello, el presidente de Estados Unidos Donald Trump y su casta política u empresarial niegan los efectos del ser humano en el clima mundial; la desinformación que difunden por redes sociales y mediante activistas conservadores está dirigida a la juventud para que estos vivan en la ignorancia y tengan hijos sin pensar en el futuro de ellos o del planeta. Lamentablemente, el negacionismo se está propagando al resto del planeta; los que salen beneficiados son las multinacionales, ya que para ellas la baja tasa de natalidad representa una gran amenaza para sus intereses y utilidades.
La realidad es que el planeta y los recursos son finitos. Si todo el mundo viviera como un ciudadano promedio de Estados Unidos, los recursos del planeta para todo el año se agotarían en dos meses (Global Footprint Network, 2025). Con recursos finitos y explotándolos irracionalmente, el crecimiento económico tal como lo conocemos tiende a colapsar y, con él, la sociedad humana y el planeta.
¿Qué opciones tenemos? Son diversas, entre las más primordiales: concentrarnos en ciencia y tecnología que no genere externalidades medioambientales negativas; que los gobiernos se concentren en el bienestar de la población, con una población que sea más eficiente y empresas comprometidas con la sociedad. Si bien las empresas pueden reducir sus actividades por la baja natalidad, estas no siempre representan una quiebra de las mismas.
Debemos dar como humanidad un salto cualitativo para evolucionar; priorizar el consumismo y el extractivismo que difunden los gobiernos conservadores liberales nos llevará a lo contrario: guerras, destrucción y un posible colapso de la humanidad.
Rubén Ticona Quisbert es economista y activista del Colectivo Lucha por la Amazonia.
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