¿Subestimamos el fenómeno de El Niño?

Opinión

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Rubén Ticona Quisbert

La primera alerta del fenómeno de El Niño que se presentará el 2026-2027 fue emitida el 12 de marzo de 2026 por la Oficina de Administración Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA); desde aquel entonces transcurrieron cuatro meses y las acciones preventivas en las zonas que se verán afectadas son mínimas. Sin mirar lejos, en estos días Europa está pasando una ola de calor sin precedentes históricos, registrándose hasta la fecha más de 10.000 fallecidos en Europa e incendios de magnitud en Francia (Euromomo/Reuters, 2026). Esta ola de calor extrema es ocasionada por la retención de aire caliente en la atmósfera y potenciada por el incremento del calentamiento global (actividad humana). Si bien pareciera no tener relación alguna con el fenómeno de El Niño, debemos mirar con preocupación la información llegada del continente europeo, debido a que se señaló que el fenómeno de El Niño que vivirá el continente americano podría verse potenciado por el incremento del calentamiento global, denominándolo «Súper Niño», el cual, según estimaciones, actuará de manera más agresiva, afectando negativamente a la economía de la población latinoamericana.

Si bien El Niño es un fenómeno natural que ocurre como parte del ciclo climático, el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico altera los patrones normales de circulación atmosférica, favoreciendo lluvias intensas e inundaciones en unas regiones y sequías prolongadas en otras. Asimismo, el calor acumulado en estas aguas se transfiere a la atmósfera. La evaporación se intensifica por el aumento de la temperatura global, lo que potencia estos efectos extremos. En sí, el cambio climático actúa como un multiplicador de los efectos de El Niño. (NOAA, 2026).

Las predicciones señalan que Perú, Chile y Ecuador se verán afectados por lluvias torrenciales inusuales e inundaciones graves en sus costas; se prevé que las provincias ecuatorianas de Guayas y El Oro y los departamentos del norte peruano serán las más afectadas. En cambio, países de Centroamérica, Colombia y Venezuela afrontarán un patrón climatológico distinto: se producirá un severo déficit de precipitaciones y temperaturas récord que incrementarán el riesgo de incendios forestales, amenazando el caudal de los ríos. En las regiones andinas y altiplánicas de Chile y Bolivia igualmente se presentarán sequías.

Bolivia es un caso preocupante debido a que está atravesando una crisis económica; a diferencia de los otros países que se verán afectados por el fenómeno, los efectos del Súper Niño pueden profundizar la crisis. Las proyecciones científicas señalan que el altiplano y la zona de los valles se enfrentarán a una reducción drástica de lluvias y al retroceso de glaciares, poniendo en riesgo el suministro de agua en áreas rurales y urbanas. Dentro de la agricultura, el déficit de lluvias y la reducción de caudales afectarán la provisión de productos agropecuarios. Los efectos críticos del Súper Niño se verán en la reducción de las reservas de agua a finales de 2026 e inicios de 2027. En Santa Cruz y departamentos que conforman el Chaco se registrará un incremento alarmante de temperaturas que superarán los 40 grados centígrados; con la biomasa seca, el chaqueo para el cultivo puede generar incendios de gran magnitud. Pando, parte de Beni y el norte de La Paz presentarán lluvias torrenciales en periodos cortos, que posiblemente generen desborde de ríos, derrumbe de rutas e inundación de comunidades rurales.

Cabe resaltar que, debido al alto grado de deforestación por la ampliación de la frontera agropecuaria, Santa Cruz está enfrentando actualmente un alarmante incremento de temperatura, superando en un 83% al promedio del aumento térmico mundial (Fundación Tierra, 2023). Con el Súper Niño, el efecto de este fenómeno se agravará en esta región.

A nivel continental se están tomando acciones preventivas. En Centroamérica, a través del Fondo Central de Respuesta a Emergencias de la ONU (CERF) y de activaciones del Programa Mundial de Alimentos (PMA), se han movilizado más de 10.5 millones de dólares para la entrega de transferencias monetarias previas a las pérdidas de cosechas, permitiendo a familias vulnerables almacenar alimentos y la dotación de semillas resistentes a sequías (ONU CERF / PMA, 2026). Colombia prioriza prevenir el desabastecimiento de agua. Ecuador mantiene activos protocolos de acción temprana para inundaciones; se trabaja en la limpieza de alcantarillados, limpieza de ríos y la reubicación preventiva de poblaciones asentadas en llanuras aluviales en cuencas. Perú realiza prevención en inundaciones costeras para evitar la destrucción de carreteras y áreas agrícolas. El Gobierno de Bolivia hace unos días, mediante el Ministerio de Planificación y Medio Ambiente, presentó un plan de prevención y respuesta rápida frente a los incendios para el oriente.

Aún con esto, las políticas y acciones de los distintos gobiernos latinoamericanos llegan a ser insuficientes, especialmente las emanadas de gobiernos sudamericanos. Los mencionados gobiernos olvidan a las poblaciones rurales, las más vulnerables al cambio climático, que viven al margen de la pobreza. No se está construyendo infraestructura de almacenamiento y distribución eficiente de agua necesaria para soportar el déficit hídrico en zonas que sufrirán sequías. Con frecuencia, es el campesino o pequeño agricultor el que sufre económicamente con más intensidad las sequías y, usualmente, resulta ser el más ignorado. Esto ocurre porque su producción no representa un porcentaje significativo para el Producto Interno Bruto (PIB) de un país, ignorando el aporte de este sector a la seguridad alimentaria y su rol indirecto en el control de la inflación. Si bien para un gobierno resulta más sencillo evadir la costosa prevención y limitarse a atender a los damnificados una vez desatado el desastre, el verdadero perjuicio radica en el freno económico que asfixia a las poblaciones afectadas, provocando, en muchos casos, un retroceso irreversible en la economía familiar.

Las políticas y acciones para prevenir el Súper Niño deben ser prioridad en nuestra región, más allá de las discusiones políticas e ideológicas. Europa, con la ola de calor agravada por el cambio climático, es una clara muestra de lo desastroso que puede ser un fenómeno climatológico cuando las actividades humanas influyen en el medio ambiente.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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