Periodistas justicieros vs. periodismo responsable

Opinión

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Hernán Cabrera M.

El periodismo es esa vocación humana que te exige dar todo de sí. Es hacer tu trabajo con amor, pasión, compromiso, ética y la convicción de que cumples una misión fundamental en la sociedad: informar y apostar por la democracia, los derechos humanos, la vida, la justicia y el ser humano.

La formación universitaria que se imparte para ser periodista tiene altas exigencias, no solo para dominar el oficio, sino para formar profesionales íntegros y valientes. Informar e investigar no requiere únicamente técnicas de redacción, locución, edición y publicación; exige, ante todo, ser una excelente persona y un profesional impecable.

El periodista es clave en este proceso. Su tarea no puede reducirse a ser un simple receptor o transcriptor de declaraciones. El oficio lo obliga a tomar posiciones objetivas y a comprometerse con la verdad, la ética y la libertad. El periodismo no es cualquier trabajo: es una misión.

El periodista español Juan Luis Cebrián sostiene que los comunicadores deben contar los hechos tal como ocurrieron: sin manipular datos ni resaltarlos según sus conveniencias, siendo rigurosos en la verificación, exhaustivos en las pruebas y puntillosos en los matices. La invitación es a ser “críticos, discutidores, polémicos y brillantes, sin que la pasión por las palabras los aleje de la primera pasión por la verdad, sino sirviéndose de ellas para iluminarla mejor”.

Al aterrizar en la realidad boliviana y sus protagonistas, nos encontramos con un panorama complejo.

Ante el bombardeo en redes sociales de mentiras, medias verdades e intereses políticos que nos inundan a nombre del periodismo o en programas de noticias, emerge una jauría de influencers, tiktokers y políticos-periodistas. Son los «tontos del internet», como diría el filósofo español Jesús G. Maestro.

Ante la postura de un ejército de comunicadores que al parecer obedecen los dictados del poder a cambio de publicidad, y ante la fragilidad y la falta de confianza de la ciudadanía hacia el sistema judicial, la Policía y el propio Gobierno, se vuelve imprescindible contarle la verdad al pueblo. En ese escenario se alza como un farol el PERIODISMO, así, con mayúsculas.

En los sucesos recientes que han golpeado al país han surgido periodistas y un periodismo «justicieros» e inquisidores. Se dedicaron a desportillar y desarmar el atentado contra Nadia Beller para hacerlo parecer un show o un autoatentado, buscando liberar de toda culpa al argentino Fernando Cerimero. Se la jugaron con su propia versión, sus manipulaciones e intereses económicos. La víctima acusó a varios comunicadores de haber recibido dinero del poder a cambio de contratos de publicidad estatal, además de señalar que se buscaron minimizar las implicaciones de las denuncias de corrupción que ella generó.

Otro grupo de periodistas trató con alfombra roja y elogios a Tatiana Marset, recluida por complicidad con el narcotráfico. La fascinación fue tal que incluso posaron para una selfie con la acusada en el ámbito de la crónica policial, un hecho duramente criticado por los propios colegas y por la sociedad en general. Los periodistas que aparecen sonrientes en esa fotografía se equivocaron de medio a medio.

Necesitamos un periodismo que no mienta, que no manipule, que no funcione como portavoz del poder ni se dedique al marketing, y que no descalifique ni insulte para congraciarse con el gobierno de turno. Un periodismo que no sea un simple replicador de las supuestas verdades de fiscales, policías, jueces y gobernantes, quienes siempre tendrán intereses políticos y económicos para filtrar audios, videos y documentos. Toda información o titular en un medio tiene sus intencionalidades; nada es neutro ni inocente en un país tan complicado, dialéctico y violento.

Ojo: desconfiar de las fuentes policiales y judiciales es una regla básica. Sin embargo, lo primero que hacen algunos periodistas es dar por verdad absoluta cualquier chisme que provenga de una autoridad judicial o gubernamental, olvidando el mecanismo fundamental de su trabajo: verificar antes de publicar o difundir esa filtración o supuesta información valiosa que llega a sus redacciones.

El país necesita periodistas valientes, íntegros y comprometidos con la verdad, la ética y el pueblo.

Luis Arroyo Durán, docente universitario e investigador, nos ofrece esta reflexión:

“Hubo, hay y habrá siempre varios grupos de personas que, de manera general, se pueden dividir en dos:

  • Los periodistas que investigan, informan y construyen confianza desde un compromiso con la democracia y la sociedad.
  • Los funcionarios del poder que juegan a hacer periodismo y cuyo compromiso es con el jefe, el poder y las élites de diversa laya.

Nada nuevo bajo el sol; solo que, cada vez, se disimula menos”.

Claro que sí. Afortunadamente, existe ese periodismo y esos periodistas que están cumpliendo un gran rol en medio de tanta confusión, violencia, tinieblas y amenazas. A ellos les pedimos que sigan adelante, siendo esa «luz en las tinieblas» y «paz en la guerra».

Hernán Cabrera es periodista y licenciado en Filosofía.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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