Los hacedores de guerra y sus ecos deslucidos en Bolivia

Opinión

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Sumando Voces

Pedro Portugal Mollinedo

Disponiendo de recursos para solucionar conflictos y salvaguardar intereses, la guerra sigue siendo recurso privilegiado de algunos Estados. Empero, lejos de que los medios militares señalen la fuerza de una sociedad, parecen más bien revelar una intrínseca debilidad: Acertadamente, hace tiempo, Sun Tzu señalaba: El arte supremo de la guerra es someter al enemigo sin luchar.

El hacedor de guerras más conspicuo actualmente es lo que conocemos por Occidente. No es algo inusitado. Históricamente, las potencias políticas y económicas –en cualquier lugar y momento– se expandieron, salvaguardaron su poder y también decayeron con guerras de por medio.

Cada vez más intensamente, los conflictos obligan a otros países a tomar partido por uno u otro bando distinto. Esa polarización es más evidente en nuestros tiempos de intensa globalización. Las guerras de Rusia con Ucrania y la de Israel con Gaza fuerzan a países y sociedades a manifestar su alineación con uno u otro bando. Se recrean así bloques que se creían superados con el fin de la llamada Guerra Fría.  

Sin embargo, en uno y otro bando, ciertas manifestaciones quiebran el “frente único”. Por ejemplo, las declaraciones de Robert Kennedy Jr., posible candidato independiente en las próximas elecciones presidenciales en ese país, sobre el conflicto con Rusia, o la ocupación en ese mismo país de campus universitarios por estudiante opuestos al apoyo norteamericano a Israel en su guerra en Gaza.

Esos resquicios internos suelen ser compensados con el voluntarismo de terceros. El Primer Ministro de Francia, Emmanuel Macron, sugirió, incluso, el envío de tropas francesas a Ucrania para enfrentar a los rusos. Nunca mejor que ahora las palabras del inconformista Boris Vian, quien en su canción Le Deserteur apostrofaba en 1954 al presidente francés, iniciador entonces de su guerra colonial en Argelia e Indochina: “S’il faut donner son sang, allez donner le vôtre., vous êtes bon apôtre, monsieur le Président”.

En ese contexto mundial de polarización llama la atención el caso de América Latina. El continente latinoamericano es bastante peculiar. A pesar de nuestra inscripción en el ámbito político y cultural occidental, no se dan las tomas de posición en uno u otro sentido. A niveles de gobiernos, la retórica suele ser estrepitosa, pero no pasa de ser solo ruido, y la población, grupos políticos y sectores sociales, apenas si hacen sentir su adscripción sentimental o ideológica a uno u otro bando.

Más extraño aun es el posicionamiento en Bolivia de los pueblos indígenas y de sus organizaciones primigenias. Por ejemplo, el “sentido común progresista” señala que pobres y oprimidos deben estar en un campo común de lucha. La especificidad de ese campo estaría determinada por criterios generales. Así –tomando el ejemplo del conflicto israelí palestino- el anticolonialismo antiimperialismo no debería dejar dudas sobre su adscripción solidaria. Llama por tanto la atención que cuando empezó a estructurarse el indianismo katarista como expresión política de esos pueblos, en los primeros indianistas Israel despertó la curiosidad de ser un pueblo milenario que por fin lograba su meta de constituir su Estado Nación. Esa curiosidad se convirtió en franca admiración por el elemento de particularismo cultural que la animaba: No es extraño que la datación que preconizaba German Choque Condori –hoy asumido como calendario del Año Nuevo Andino Amazónico por el gobierno del MAS-  contemple este año el 5.532 y el calendario judío el 5784. Para el sector katarista, menos proclive a las especificidades culturales y más inclinado al componente social en Bolivia, lo palestino era entendido más como parte del “eje colonial” –la parte boliviana que por su origen extranjero subordinaba a los bolivianos de origen indígena– que como experiencia internacional con la que habría que solidarizarse. Así, el periódico Willax de enero de 1990, editado por el Centro Marka (el “think tank” del katarismo en esa época), reproduce una nota del entonces periódico Presencia, titulando en su portada: “Libaneses y palestinos comenzaron producción de cocaína en Bolivia”.

Esta especificidad –no tomar tan a pecho las actuales guerras en el viejo mundo–se deba quizás a que América Latina es, no más, un proyecto de futuro, prudentemente alejado de la inevitable decadencia de uno de sus progenitores y albergador de la potencialidad todavía no desarrollada de otro de sus ascendentes.

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Pedro Portugal Mollinedo es historiador, autor de ensayos y estudios sobre los pueblos indígenas, además de columnista en varios medios impresos y digitales.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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