Las familias y la familiaridad según la Corte IDH

Opinión

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J. Alex Bernabé Colque

Durante mucho tiempo nos enseñaron que la familia estaba determinada por la sangre, el matrimonio o un documento. Como si el afecto necesitara un certificado y el cuidado solo pudiera existir entre personas con el mismo apellido. Pero la vida suele y es más compleja que las definiciones jurídicas.

Quienes hacemos parte de las poblaciones LGBTI+ conocemos esa realidad desde hace décadas. Muchas personas han sido rechazadas por sus familias cuando decidieron vivir su orientación sexual o su identidad de género con libertad. Otras nunca fueron expulsadas de sus hogares, pero aprendieron a esconder quiénes eran para evitar el rechazo. En medio de esas experiencias aparecieron amistades, parejas, organizaciones y comunidades que terminaron haciendo lo que toda familia debería hacer: cuidar, acompañar, escuchar y sostener.

No es casualidad que entre personas LGBTI+ sea común escuchar expresiones como hermana, madre, hija o familia para referirse a personas con quienes no existe ningún parentesco. No es una metáfora. Es la manera de nombrar vínculos construidos desde la solidaridad, la confianza y el afecto, muchas veces indispensables para sobrevivir a la discriminación.

Esa realidad, que durante años fue comprendida por los movimientos sociales pero ignorada por el derecho, acaba de recibir un reconocimiento histórico. En el caso Leonela Zelaya y otros vs. Honduras (2025), la Corte Interamericana de Derechos Humanos afirmó que las personas trans pueden tener vínculos débiles o inexistentes con sus familias biológicas debido al rechazo y la expulsión de sus hogares. Como consecuencia, señaló el Tribunal, muchas construyen «estructuras o redes de apoyo, solidaridad y cuidado mutuo en las que no existen vínculos de parentesco, sino socioafectivos» (párr. 136).

La importancia de esta sentencia va mucho más allá de las personas trans. La Corte reconoce algo que siempre estuvo frente a nosotros: que las familias también pueden construirse desde el cuidado. Durante mucho tiempo el derecho protegió casi exclusivamente a la familia tradicional, mientras miles de personas encontraban refugio en otros espacios donde aprendían a sentirse seguras, queridas y reconocidas.

El juez Ricardo C. Pérez Manrique, en su voto razonado, desarrolla esta idea con especial sensibilidad. Recordando «El manifiesto de los cuidados», de The Care Collective, explica que las llamadas familias elegidas surgieron precisamente porque muchas personas LGBTI fueron expulsadas o rechazadas por sus familias de origen. Frente a ese abandono, las amistades, las parejas y las comunidades ocuparon un lugar que el parentesco biológico dejó vacío: el del cuidado cotidiano, la protección y el sentido de pertenencia.

En realidad, esta reflexión no pertenece únicamente a las poblaciones LGBTI+. En Bolivia encontramos familias elegidas todos los días. Están en las comunidades indígenas donde el cuidado se ejerce colectivamente; en las organizaciones de mujeres que acompañan a quienes enfrentan violencia; en quienes apoyan a personas con discapacidad; en las redes de solidaridad que reciben a personas migrantes; o en los voluntariados que visitan a personas privadas de libertad cuando nadie más las visita. Son relaciones que no siempre aparecen en los registros civiles, pero sostienen vidas.

Pienso particularmente en las organizaciones LGBTI+ que acompañan a personas privadas de libertad. Allí la familiaridad se expresa de maneras muy simples: una visita, una conversación, una carta, una encomienda o un abrazo después de años de abandono. En contextos donde se acumulan la pobreza, la discriminación y el encierro, esos gestos recuerdan que nadie debería perder el derecho a sentirse parte de una comunidad.

Quizá el mayor aporte de la Corte Interamericana no sea únicamente reconocer a las familias elegidas, sino recordarnos que el cuidado también genera derechos. Que la solidaridad también construye familia. Y que, en sociedades marcadas por el clasismo, el racismo, la LGBTIfobia y tantas otras formas de exclusión, reconocer esos vínculos es también una forma de reconocer la dignidad humana.

Porque, al final, la familia no siempre es quien comparte nuestra sangre. Muchas veces es quien comparte nuestras luchas, permanece en los momentos difíciles y nos recuerda, incluso cuando el resto nos da la espalda, que seguimos siendo profundamente humanos.

J. Alex Bernabé Colque es defensor de derechos humanos.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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