Derechas e Izquierdas, ¿cuánto se parecen?

Opinión

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Sonia Montaño V.

La mujer está sentada vendiendo quesos a las diez de la noche. El frío —me dice— “grave me hiela la cara”. «No vas a acabar tus quesos» —le digo yo—, «no hay nadie en la calle». No pudo vender durante los bloqueos y lo único que pide es que no llueva. Ella es parte del 44% de pobres que pueden aumentar si no cambia la economía cuya decadencia se labró durante el despilfarro masista y el agotamiento del gas, bien condimentada por la corrupción.

Después de veinte años de vivir bajo un régimen que se decía de izquierda, es necesario reflexionar sobre las categorías que se manejan al calor de los cambios políticos en la región. El triunfo electoral de candidatos de derecha es parte de la ola desencadenada por Trump con seguidores en la Argentina de Milei, El Salvador de Bukele y más recientemente el triunfo de Espriella en Colombia. A esto se suma que ya debemos curarnos de espanto ante la posibilidad de un triunfo del hijo de Bolsonaro en Brasil.

Estamos ante una alternancia entre los malos y los más malos. El gobierno de Paz se junta con unos y con otros. La necesidad tiene cara de Doria Medina, a quien vi sonriente en una foto con la hija del dictador Fujimori.

No es fácil abrirse al mundo. El fracaso del populismo de izquierda que ha gobernado en varios países explica en buena medida el surgimiento de una derecha cada vez más extrema. El tema es que la izquierda que ha gobernado las últimas décadas sigue acusando al “neoliberalismo” sin reconocer el mal manejo de la economía ni la desmesurada corrupción que ha penetrado en todas las instituciones.

La tragedia de Venezuela ha desnudado las burbujas de nuevos ricos que han preferido impedir salvar vidas por proteger la riqueza mal habida durante años de chavismo. Sin ir más lejos, el llamado Modelo Económico Social Comunitario Productivo gerentado por Arce Catacora, inspirado en las (malas) ideas de García Linera y avalado por el innombrable, favoreció abiertamente el surgimiento de una élite birlocha que controla hoy territorios donde el extractivismo, el consumismo desenfrenado y una amplia gama de actividades ilegales a título de revolución, configuran las nuevas formas de desigualdad.

Estos grupos vinculados al contrabando, la minería ilegal, el envenenamiento de las aguas y la quema de bosques han sabido articular sus fechorías con grupos empresariales del oriente (no olvidemos el regalo de un caballo a un presidente) y más grave aún han convertido el país en un refugio del crimen organizado que controla territorios en oriente y occidente.

Este desarrollo sin límites ha contaminado la vida cotidiana de las familias que ven cómo los feminicidios se asemejan a las muertes causadas por el sicariato, que sufren la desaparición de niñas y niños sin rumbo conocido, nutriendo todo tipo de negocios donde sus cuerpos son el botín de los delincuentes.

Y hablando de botín, una muestra de cómo la cultura narco se ha extendido es la impunidad del “Epstein chapareño”, que ostenta una red de víctimas para su regocijo personal. Como dice Rita Segato, los abusos y las violaciones son una exhibición de poder ante sus pares; se realizan para dar examen ante sus seguidores que aplauden fervorosamente su machismo.

Los “manoduristas” que aun se resisten a ver la violación de derechos humanos, por ejemplo en El Salvador, donde dos de cada cien ciudadanos están presos y la mayoría sin el debido proceso, debieran responder sin tapujos a la pregunta que hace el periodista Oscar Martinez, de El Faro, sobre si eso es lo que quieren para Bolivia. Porque puede haber orden sin justicia ni democracia. Eso lo sabemos.

En ese contexto, el debate no tiene nada que ver con la oposición simplona entre “más mercado o más estado” a la que aluden los mileicitos y bukelitos que quieren mano dura a cualquier precio. De hecho, es curioso ver cómo los “libertarios” con poder se están transformando en émulos del kirchnerismo para sacar provecho del poder estatal como está ocurriendo en Argentina.

Mi casera de los quesos comparte mi pesimismo aunque confía en que sus nietos puedan irse por lo menos a Santa Cruz a tener un futuro. Yo no me atrevo a decirle que ese futuro es tan incierto como la frontera entre izquierda y derecha. Me voy pensando en que la modestia de sus ambiciones —»ojalá no llueva», dice— contrasta con la indecencia de buena parte de los líderes que forman parte de una cierta clase política que nos quieren vender una pomada que no ha mostrado resultados positivos.

Sonia Montaño Virreira es socióloga jubilada y feminista por convicción.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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