Desde hace tres años, la crisis boliviana se fue profundizando por la reducción de los ingresos de la venta de gas al exterior. La entrada de divisas que agilizaba el flujo de caja en el comercio nacional se fue ralentizando, dejando a miles de negocios con márgenes de utilidad cada vez menores. Asimismo, la economía popular se ve reducida a reponer costos y generar ingresos que apenas alcanzan para la manutención familiar. Con una Bolivia al límite, lo único que podemos pedir al gobierno son políticas de mercado interno para evitar el colapso de negocios.
Para la efectividad de estas políticas, el gobierno debe generar confianza. Sin embargo, desde la administración del expresidente Luis Arce Catacora, con la quiebra del Banco Fassil y posteriores políticas monetarias improvisadas, los bolivianos arrastramos la desconfianza en nuestras decisiones financieras. La pregunta es: ¿qué podemos hacer?, ¿esperar a que el gobierno recupere la credibilidad? Existen opciones que están en las manos de la población boliviana.
Diariamente, mientras los medios difunden noticias de política, en las aceras se observa un sinnúmero de personas vendiendo comida y productos de manera improvisada. También se ve una masiva presencia de pensiones, cafés, restaurantes y salones de belleza. Hoy en día nadie abre un negocio para hacerse rico; lo hace para mantener a su familia. Con la elevación de precios en mercadería e insumos y la masiva competencia, estas actividades ven reducidas sus ganancias, anulando su posibilidad de crecimiento.
Las políticas de mercado interno que debía aplicar el gobierno para evitar la quiebra de estas actividades económicas parten del incremento de la demanda, reduciendo las tasas de interés en créditos de consumo, generando incentivos adicionales para que la población adquiera estos préstamos. Además, la búsqueda y apertura de mercados para las MYPES beneficiaría directamente a la gente de a pie, debido a que las divisas generadas por este sector llegarían al mercado local, a diferencia de lo que pasa con las exportaciones agropecuarias, cuyos ingresos mayormente se quedan en cuentas bancarias del exterior.
La generación de ferias e incentivos con la finalidad de la creación de más emprendimientos con créditos no mejora la economía: solo le quita ventas a unos para dárselas a otros. Es el error recurrente de los gobiernos de turno y de algunas entidades financieras. Los emprendimientos necesitan gestión de costos; las medianas empresas, además, requieren gestión de procesos y, sobre todo, mercados.
Retomando la premisa inicial sobre qué podemos hacer como población para mejorar la economía nacional: antes de la crisis en Bolivia, las familias tenían el siguiente comportamiento: cada fin de mes evitaban gastar y, cuando llegaban los primeros días del mes, incrementaban su nivel de consumo; el comportamiento desde hace tres años cambió: las familias, además de reducir sus gastos, cada fin de mes gastan un poco más de lo habitual, pero, al llegar los primeros días del mes, cuando normalmente deberían incrementar su consumo, reducen considerablemente su nivel de gasto. Esto se debe al temor y desconfianza. Incluso en barrios como Sopocachi y San Miguel de la ciudad de La Paz se ve este comportamiento: personas con un ingreso estable o asalariado toman la decisión de no gastar. Este comportamiento puede entenderse desde el concepto de ahorro precautorio, estudiado por el Premio Nobel de Economía 2015, Angus Deaton, en sus investigaciones sobre consumo, ahorro e incertidumbre.
Antes de la crisis se podían observar negocios y restaurantes con un constante flujo de clientela; hoy muchos están vacíos. Existe un grupo de la población que aún no está siendo afectado de manera agresiva con la crisis o simplemente puede sostener un nivel de consumo, pero este grupo, al igual que el resto de la población, toma la decisión de retener sus ingresos. El resultado de estas decisiones: la disminución de la rotación de efectivo de estos negocios y, por consiguiente, el estancamiento de la demanda. Las decisiones macroeconómicas están en manos de nuestros gobernantes, pero también podemos, como bolivianos, hacer patria, evitando que estos negocios, emprendimientos o eventos artísticos quiebren. Un claro ejemplo fue la feria de San Roque realizada en el Prado paceño: las personas solo iban y venían sin realizar compras; existían desde fotógrafos profesionales de mascotitas hasta una diversidad de productos y servicios, pero, aun así, las ventas fueron mediocres. De igual forma, una caserita de un kiosco de dulces frente a la puerta del Ministerio de Economía comentaba sobre la pésima venta de sus productos desde hace tres años; aun estando en la puerta de una entidad estatal, los funcionarios evitan gastar en productos sumamente económicos. Este es un claro ejemplo de cómo la retención del gasto por parte de personas con ingresos estables puede terminar afectando a la economía de manera negativa cuando este comportamiento se generaliza.
No se trata de incentivar el mercado informal; hay que pensar que quizás esa señora que vende masitas en la calle tuvo un local legalmente establecido y, por cuestiones de la crisis, tuvo que cerrar su emprendimiento y la necesidad la llevó a vender en la calle. No dejemos que más actividades económicas terminen cerradas. Los 53 días de bloqueo fueron un golpe duro que se sumó a la crisis; los emprendedores y MYPES en nuestra Bolivia son una clara muestra a nivel mundial de verdadera resiliencia. Si está a nuestro alcance, no dejemos que terminen quebradas; que el miedo no destruya más nuestra economía. Apliquemos la frase de nuestra moneda: la unión es la fuerza.
Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.
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