¿Ampliación de la frontera agrícola o incrementos en la productividad de la tierra?

Destacados, Opinión

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Rodolfo Huallpa

La caída de los precios de los hidrocarburos en el mercado mundial y la deficiente gestión gubernamental de dicho sector  – que mermó los ingresos fiscales por concepto de las exportaciones de gas –  llevó al gobierno del MAS a poner  los ojos en el incremento de la producción agropecuaria por la vía de la ampliación de la frontera agrícola, aliándose para ello  con los poderosos gremios agroindustriales del oriente del país

Esta alianza, lograda con el beneplácito de las organizaciones campesinas cooptadas por el MAS y dominadas por los intereses de los campesinos ricos, permitió que la agenda desarrollada desde 2006 por el sector agroempresarial, fuera progresivamente adoptada como política pública por el gobierno de Evo Morales.  

Hacia 2013 y con el argumento vicepresidencial en sentido de que “Bolivia tiene que ser una zona que produzca alimentos para el mundo,”  pues  “producir alimentos es producir oro“ ya que “ la demanda mundial crece”,  el gobierno se planteó  la meta de lograr, en  2025,  13 millones de hectáreas cultivadas y una producción agrícola de 45 millones de toneladas métricas.

Unos años después,  como consecuencia de un escenario internacional de precios de los productos agrícolas con tendencias al  estancamiento,  y con un sector agroempresarial  sin incentivos para incrementar la producción agrícola, el gobierno  -bajo el justificativo de desarrollar un proceso de sustitución de importaciones de combustibles – optó  por asegurar las ganancias agroempresariales habilitando  el mercado interno para la producción de biocombustibles (etanol y biodiesel)

En este sentido, el gobierno del MAS a través de su vicepresidente García Linera, plantea como uno de los retos del país,  una alianza  entre  los productores agropecuarios, los industriales y el Estado a través de YPFB para ampliar la frontera agrícola.  

En resumen, el desarrollo agrícola ya no es visto como un proceso orientado a la producción de alimentos  para el mercado interno y para el mundo, como rezaba la propaganda de la víspera, sino para el incremento de cultivos  que, como la caña de azúcar y la soya, sean materia prima para la producción de biocombustible.   Si durante los 13 años del gobierno del MAS un poco más del 70% del incremento neto de la producción agrícola obedece a estos dos cultivos, a futuro su peso será, ni duda cabe, cada vez mayor mayor.

Las consecuencias de la ampliación de la frontera agrícola sobre áreas de vocación forestal 

En diferentes estudios venimos señalando que el proceso de saneamiento de la tierra ha consolidado las tierras aptas para el desarrollo de la agricultura y la ganadería en el país a favor de los grandes propietarios.  Por lo tanto,  las tierras fiscales identificadas para su distribución se asientan en áreas de vocación forestal. La obsesión gubernamental por ampliar la frontera agrícola no sólo está llevando a la aprobación de una serie de normas que facilitan el desbosque y el chaqueo, sino también – y  en coincidencia con este año electoral-  a una masiva distribución de tierras fiscales en áreas de vocación forestal, con las consecuencias  que hoy  se expresan  en el  incendio en la Chiquitanía.

El ”Plan de Conservación y Desarrollo Sostenible para el Bosque Seco Chiquitano, Cerrado y Pantanal” editado por la  Fundación Amigos de la Naturaleza,  advertía hace 17 años (2002) que en condiciones de sequía y altas temperaturas, este “gran corredor biológico que conecta el Bosque Chiquitano con el Bosque Amazónico, el Gran Chaco y  el Gran Pantanal”,  en caso de presentarse una “masiva colonización de población en el centro del área que no tenga los suficientes conocimientos de manejo de los recursos naturales, podría tener un impacto fatal”.

Asimismo, advertía que “Las praderas naturales (24.4%) del área) ya están con capacidad de carga utilizada, por lo que cualquier extensión de la actividad ganadera tendrá que realizarse en combinación con la conversión de bosques en sabanas, sino se opta por la intensificación de la producción, la cual, por la baja calidad del suelo, no es factible. Entonces, un posible crecimiento del sector amenaza la persistencia de muchos bosques, especialmente sino se logra un mejoramiento del manejo del fuego”

Al parecer, las autoridades gubernamentales ignoraban  la existencia de este plan o sencillamente –como ya es costumbre-  despreciaron  estas certeras recomendaciones al momento de definir la distribución de tierras en la zona devastada por el incendio.  Lo cierto es que el INRA –que ya ha sido denunciado insistentemente por supuestos actos de corrupción en la dotación de tierras-  ha aprobado un proceso masivo de asentamiento de nuevos “comunarios” en la zona, los mismos que a objeto de demostrar la función económica o social de la tierra, proceden a tareas de desmonte y chaqueo de sus nuevos predios. La reciente declaración del presidente Morales en sentido que en el marco de una “pausa ecológica” se prohibe la venta de tierras en esta región, confirma que muchos de los nuevos “comunarios” que acceden a estas tierras fiscales, terminan alquilando o vendiendo las mismas a los medianos y grandes empresarios de la región.

¿Ampliación de la frontera agrícola o productividad?

Contrariamente a lo que se cree y a lo que García Linera nos quiere hacer creer en su afán desmedido por defender los intereses de la gran burguesía agroindustrial, es decir, la posibilidad de la ampliación infinita de la frontera agrícola, Bolivia no cuenta con grandes superficies de tierras aptas para el desarrollo de una agricultura sostenible.  En efecto, el estudio denominado “Compendio Agropecuario 2012”,  publicado por el  Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras,  señala que la superficie total agrícola disponible (es decir la sumatoria de la superficie cultivada, barbecho, descanso y tierras con potencial agrícola)  es de  8.909.000 hectáreas, es decir, sólo el  8.1%  de la totalidad del territorio nacional. Y si se no se toman en cuenta  las tierras que ya están siendo cultivadas y aquellas en barbecho o descanso, las tierras con potencial agrícola para el futuro desarrollo de la frontera agrícola  alcanzan a  4.507.000 de hectáreas, es decir, sólo el 4,10% del territorio nacional.

Pero, considerando que el llamado a la ampliación de la frontera agrícola implica el desarrollo de  de materias primas para la producción de etanol y biodiesel que se  concentrarán fundamentalmente en las tierras bajas, las posibilidades de expansión de la frontera agrícola sobre tierras aptas para la agricultura según el estudio del  MDRyT  son aún mucho menores pues las tierras con potencial agrícola (descontando las que ya son cultivadas y aquellas en descanso o barbecho) tanto en Santa Cruz, Beni y Pando, solamente alcanzan a 2.042.800 hectáreas.

Como se puede inferir, una ampliación de la frontera agrícola a 13 millones de hectáreas supone sobrepasar ampliamente  estos límites, por lo que el incremento  de la frontera agrícola se hará sobre tierras  no aptas para la agricultura;  es decir, se expandirá a áreas de clara vocación forestal del uso del suelo que incluyen  los territorios indígenas, seguramente con resultados productivos de muy corto plazo, pero no sustentables  a futuro.

Al parecer, las autoridades de gobierno, no sólo ignoran los estudios e información  de las instituciones de la sociedad civil, sino también aquellos que son generados por sus propios técnicos. El estudio del MDRyT citado, además de presentar  información oficial en relación al uso actual y potencial de tierras agrícolas en el país, advierte  que “ la apariencia exuberante de la Amazonía y trópico hace pensar que sus suelos tienen un potencial ilimitado pero tienen serios problemas de acidez; además como es una región con altas precipitaciones se logró formar una cobertura vegetal abundante, pero que se sustenta en un delicado equilibrio ecológico, que al ser alterado por las quemas y chaqueo, lleva a procesos intensos de degradación”.

Está por demás comprobado que Bolivia se sitúa entre los países con los menores rendimientos agrícolas de la región y con distancias abismales en relación a la productividad alcanzada por los países desarrollados. Entre 2005/2006 y 2016/2017, es decir durante el “proceso de cambio”, los rendimientos promedio anuales totales apenas han sufrido un muy ligero incremento de 4.76 toneladas métricas por hectárea a 4.96. Se requieren, por tanto,  políticas públicas orientadas a mejorar sustancialmente la productividad para enfrentar la necesidad de una mayor producción agrícola.

 Si no nos equivocamos en la división y tomamos en cuenta la propuesta gubernamental de lograr 13 millones de hectáreas para producir 45 millones de toneladas métricas hacia 2025, en realidad estaríamos retrocediendo en los niveles de productividad, pues llegaríamos a un rendimiento promedio de  sólo 3.46 TM/ha. Gran regalo del gobierno del MAS para celebrar el bicentenario de la fundación de Bolivia a costa, obviamente, de sus bosques y la biodiversidad.  

Enrique Ormachea

Investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA)

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