En el documental Our Brand Is Crisis hay una escena que dura apenas unos segundos, pero dice más sobre el ejercicio del poder que muchos manuales de ciencia política.
Gonzalo Sánchez de Lozada está a punto de grabar un spot televisivo para desmentir el rumor político de que hay demasiados extranjeros trabajando en las empresas capitalizadas. Podría haber improvisado un porcentaje aproximado; después de todo, era el presidente y la capitalización una criatura suya. Sin embargo, hace algo distinto. Levanta el teléfono, llama a un colaborador y pregunta por el dato exacto.
Este pasaje de su vida no lo absuelve, pero revela una cultura política que hoy escasea más que los dólares y los combustibles: la convicción de que un presidente no debería hablar de memoria y menos difundir información no verificada. La convicción de que los datos y los hechos importan. Un jefe de Estado toma decisiones cada día sobre asuntos que nadie más puede hacerlo. Precisamente, por eso debe rodearse de colaboradores competentes y, sobre todo, cultivar el hábito de preguntar y corroborar antes de hablar. El problema no es que el presidente desconozca un dato estadístico, sino que crea que puede gobernar sin evidencias.
Esta es una de las grandes debilidades del gobierno de Rodrigo Paz. Tanto el mandatario como su entorno están normalizando una forma de comunicar y decidir desde la intuición. El vocero reproduce e incluso profundiza esta forma de hacer política. Y a lo largo de estos meses, en materia económica hemos sido testigos de soluciones improvisadas para problemas estructurales y de promesas por demás inviables.
Un ejemplo emblemático es la promesa del 50/50. No hay un solo estudio técnico que la respalde. No se sabe qué impactos tendría sobre las finanzas públicas ni cuáles serían sus efectos redistributivos. Aunque Rodrigo Paz no ganó las elecciones con esa bandera, la muletilla se viralizó porque, ya instalado en la plaza Murillo, siguió insistiendo, hasta que el gobernador de Santa Cruz se lo tomó en serio y, ahora, lo tiene arrinconado con la exigencia de la mitad del impuesto a las transacciones.
No es un mal aislado y exclusivo del primer mandatario. Su equipo económico también tiene las mismas debilidades e inclinaciones populistas. En varias ocasiones, han lanzado cifras optimistas que contrastan con el panorama gris que caracteriza a toda crisis. En noviembre pasado, el ministerio de Economía se comprometió a recortar al menos un 30% el déficit fiscal. Sin embargo, el dato proyectado en el presupuesto reformulado es igual o mayor que el del año anterior.
Lo más curioso, por decir lo menos, es que el ministerio tiene como justificativo un malabarismo aritmético por demás inaceptable. El recorte prometido ya estaría incorporado en el reformulado porque el déficit fiscal que recalcularon habría arrojado un 30% por encima del aprobado en enero. En otras palabras, inflaron el dato recalculado en el mismo porcentaje que habían prometido reducir.
Lo mismo puede decirse del anuncio de que el tipo de cambio oficial se estabilizará en torno a los Bs 10 en las “próximas semanas”. Para empezar, tal pronóstico no tiene respaldo técnico, aparte de que la escasez de dólares es un problema estructural. Por el lado de la demanda, la presión seguirá creciendo en el mercado cambiario porque persiste el desabastecimiento de combustibles y, si la devaluación se profundiza, la gente buscará refugio en el dólar.
Gobernar y manejar la economía en situaciones de crisis no consiste en ofrecer respuestas inmediatas ni prometer soluciones fáciles. Un presidente conductor no es el que habla con mayor seguridad, sino el que entiende la complejidad de los asuntos de Estado, el que contrasta información, el que se toma su tiempo para estudiar los reportes y escucha tanto a sus aliados como adversarios políticos. Precisamente, la ruptura de Samuel Doria Media se debe a que les “molesta su forma de hacer (o no hacer) las cosas”.
El dato de que los extranjeros no superaban el 5% de la planilla de trabajadores de hace dos décadas no cambió el rumbo del gobierno de Sánchez de Lozada, pero simboliza algo que es indispensable en circunstancias actuales. Antes de prometer redistribución de ingresos fiscales, comprobar que existe sustento técnico. Antes de lanzar una cifra, verificar que sea cierta. Antes de ofrecer soluciones fáciles, entender el problema.
Gonzalo Colque es economista
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