Llegar a la altura de los sesenta años es cuando uno siente más picante o más dulce el sabor de la vida; de ese diario vivir que ha transcurrido intensamente, sin darnos cuenta de los minutos, las horas y los días de los que hemos sido partícipes. No hay modo de vivir hacia atrás. El filósofo Søren Kierkegaard nos pedía siempre “vivir hacia adelante”.
Durante toda nuestra existencia laboral activa, esa que uno es capaz de afrontar ya sea en lo técnico o en lo profesional, se nos impone un mecanismo de aporte obligatorio que sale de los sueldos que percibimos mensualmente. Durante más de 20 o 30 años, cada uno de los que hemos trabajado en empresas privadas, públicas, medianas actividades o como emprendedores, ha dejado a libre disposición del Estado sus aportes, los cuales han variado desde los Bs 400 hasta los Bs 3.000, dependiendo de la escala salarial determinada.
Eso lo hicimos con la convicción de que, cuando nos llegara la hora de la jubilación —el día quizás más esperado, deseado o resistido—, nos apegaríamos al mandato de la Constitución Política del Estado, que nos garantiza a todos los jubilados una vejez digna, feliz y con una pensión acorde a las necesidades del momento.
Así llegamos hasta esa hora de la jubilación. Sin embargo, cuando se hacen los trámites y se averiguan los montos que hemos aportado y lo que nos corresponde, sentimos un soberano sopapo y una patada bien dada en el trasero, bajo la sonrisa de la secretaria de las ex-AFP, ahora Gestora Pública: «Su pensión de jubilación es de Bs 2.800, lo toma o lo deja», y a volver a casa con todos los documentos requeridos.
Ahí terminan las ilusiones que fueron atadas a la Constitución Política y a las promesas de tantos políticos y candidatos que garantizaban una pensión justa. Quizás una pensión no igual a la de los militares, quienes perciben el 100 por ciento de sus sueldos; es decir, ya en su jubilación, a los miembros de este sector se les desembolsa entre Bs 8.000 y Bs 20.000. Claro, ellos tienen las comodidades aseguradas, mientras millones de jubilados perciben una pensión miserable, vergonzosa e injusta.
El sistema de jubilación en Bolivia es uno de los más grandes engaños que ha sufrido la clase trabajadora y profesional. Lo hizo el neoliberalismo, que abrió las puertas a las transnacionales para el manejo de nuestros propios recursos, apropiándose de enormes ganancias económicas, hasta que llegó el autollamado socialismo que nos prometió el paraíso y que estas rentas iban a ser mejoradas. Pero igual nos engañaron los gobiernos de Evo Morales y Luis Arce, que siguieron manteniendo los privilegios de los militares y, para los millones de jubilados, un golpe directo a sus magras economías. A nombre del pueblo, se fueron contra el pueblo mismo.
Llegar a la jubilación para muchos es un paso que no se quiere asumir. Prueba de ello son las miles de personas con más de 65 años que siguen trabajando en el sistema de salud, el universitario, el magisterio y las empresas privadas, resistiéndose a dar paso a los más jóvenes. Tienen dos miedos: dejar de ser parte de la rutina diaria de levantarse, marcar tarjeta, tener una jornada activa y sentirse útil; y el otro es el horror de percibir mucho menos de lo que ganaban cada mes. Son dos leviatanes que tienen enfrente. Si es así, prefieren aguantar hasta donde se pueda con tal de no bajar su nivel de vida, atravesar hambrunas o terminar vendiendo chinchulines en la vejez.
Mi amable lector, no es nada raro que usted observe todos los días en las calles y mercados a personas adultas mayores con algún negocio propio, el cual sostienen como alternativa de sobrevivencia urgente.
Silvia Mune, experta en jubilación, desde Buenos Aires nos plantea que no debemos ver a la jubilación como un final, sino como una etapa larga: “Si tienes 60 años, puedes tener 20 por delante. Eso no es un epílogo. Eso es una vida entera. Si te anticipas, no llegas con incertidumbre. Llegas con proyecto”.
Por ello, se reabre el debate que llevan adelante organizaciones de jubilados o aportantes en las ciudades de Bolivia sobre un pedido claro: la devolución de los aportes que durante tantos años hicimos para garantizarnos una vejez digna, alegre y sin sufrimientos, o un proyecto de ley que se viene discutiendo y que, entre otras cosas, plantea disminuir los cálculos de años de vida que le quedan a un jubilado.
Hoy en día, los jubilados están obligados a existir hasta los 100 o 120 años para acabar con todo lo que aportaron; por eso sus pensiones son miserables. Se plantea hacer los cálculos hasta los 80 años, como esperanza de vida real que tiene la mayoría de la población boliviana. Ojo, cada vez son más los jubilados y las personas ancianas; en Bolivia, este grupo va en aumento permanente.
Mientras esperamos milagros o la voluntad del gobierno de Rodrigo Paz de mirarnos con otros ojos, vamos a recordarles a los del poder y a esos que levantan la mano en la llamada Asamblea Legislativa Plurinacional, que ellos llegarán también a tener 60 o 70 años. No se alegren de vivir el presente con su jugoso salario parlamentario y otros privilegios; eso se les acabará.
“Es bueno que la gente viva más y sufra menos que en otros tiempos a causa de la pobreza y la enfermedad, pero si no gozan de sus vidas no habrán ganado gran cosa. Al proporcionar a la gente más años de los que puedan disfrutar, las prácticas que han ayudado a resolver un problema han agravado otro”, reflexiona el psicólogo y filósofo social B.F. Skinner en su libro Disfrutar de la vejez.
Hace 178 años, un grito se escuchó en el mundo: «Proletarios del mundo, uníos». Pues hay que gritarlo fuerte ahora en Bolivia: ¡Jubilados de Bolivia, uníos para luchar por el corto futuro que nos queda!
Hernán Cabrera es periodista y licenciado en Filosofía.
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