La Amazonía también habita en nuestras ciudades

Opinión

|

|

Sumando Voces

Mientras organizaciones sociales, pueblos indígenas, ONG, instituciones académicas y actores de la sociedad civil se reúnen en Riberalta para el XII Pre-Foro Social Panamazónico Bolivia, una pregunta atraviesa los debates: ¿por qué quienes vivimos en las ciudades deberíamos preocuparnos por el futuro de la Amazonía? La respuesta es simple y contundente: porque nuestro propio futuro depende de ella.

Durante mucho tiempo hemos visto la Amazonía como un territorio lejano, casi ajeno a la vida urbana. La asociamos con grandes bosques, pueblos indígenas, ríos inmensos y conflictos por los recursos naturales. Sin embargo, la crisis climática nos está mostrando una realidad que ya no podemos ignorar: la Amazonía está mucho más cerca de nosotros y nosotras de lo que pensamos. De hecho, también habita nuestras ciudades.

La Amazonía ocupa cerca del 40% del territorio de América del Sur y desempeña un papel fundamental en la regulación del clima global. Además de albergar una enorme diversidad biológica y cultural, almacena miles de millones de toneladas de carbono que ayudan a estabilizar el clima del planeta.

La lluvia que necesitamos, el agua que consumimos, los alimentos que llegan a nuestras mesas y buena parte de la estabilidad climática que sostiene nuestras actividades dependen de la salud de los ecosistemas amazónicos. No se trata solo de una relación simbólica con la naturaleza, sino de una relación concreta y vital.

Los llamados «ríos voladores» son una muestra clara de esta interdependencia. Estas corrientes de humedad generadas por los bosques amazónicos alimentan los ciclos de lluvia de amplias regiones de Sudamérica. Cuando avanzan la deforestación, los incendios y la degradación de los ecosistemas, no pierde únicamente la Amazonía.

Por eso ya no basta hablar de la Amazonía solo desde la conservación. Hoy entendemos que protegerla es también proteger nuestras propias condiciones de vida. No existe seguridad hídrica ni estabilidad climática sin una Amazonía viva, y tampoco habrá ciudades sostenibles si continúa la destrucción de este bioma estratégico.

Pero esta relación funciona en ambos sentidos. Así como la Amazonía sostiene a las ciudades, muchas de las presiones que enfrenta tienen origen en ellas. Detrás de la deforestación existen patrones de consumo, sistemas económicos, demandas energéticas y decisiones políticas que con frecuencia se toman lejos del bosque.

La expansión agroindustrial, la minería y los modelos de desarrollo extractivistas responden también a dinámicas impulsadas desde los centros urbanos. Por eso, la huella sobre la Amazonía no comienza únicamente en el territorio amazónico; también está presente en nuestras decisiones cotidianas y en la forma en que organizamos nuestras economías.

Encuentro además una conexión profunda entre la defensa de la Amazonía y la defensa de la vida. Las mujeres, especialmente en comunidades rurales, indígenas y urbanas populares, suelen estar en la primera línea de los cuidados y son también quienes enfrentan con mayor intensidad los impactos de la crisis climática, la escasez de agua y la degradación ambiental. Defender la Amazonía es también defender las condiciones que hacen posible sostener la vida.

Uno de los grandes desafíos de este tiempo es construir una ciudadanía consciente de esta interconexión. Necesitamos incorporar la Amazonía en la educación, en las políticas públicas y en los debates sobre el desarrollo de nuestras ciudades. Defender la Amazonía es también defender el derecho al agua, a un clima estable y a una vida digna.

Esta reflexión cobra especial importancia en el camino hacia el XII Foro Social Panamazónico en Ecuador (XII FOSPA). La pérdida acelerada de bosques y los riesgos que enfrenta la Amazonía exigen una mayor articulación entre territorios, organizaciones sociales, universidades, gobiernos locales y organizaciones de la sociedad civil.

Es urgente avanzar hacia una corresponsabilidad real entre ciudades y Amazonía, asumir compromisos concretos para proteger los sistemas de vida que sostienen el equilibrio ecológico de toda la región.

La separación entre ciudad y naturaleza es una ilusión. Las ciudades son parte de los ecosistemas y dependen de ellos. Lo que ocurre en la Amazonía repercute en nuestra vida cotidiana, así como nuestras decisiones repercuten en la Amazonía.

Por eso, defender la Amazonía no es solo una causa ambiental. Es una tarea social, democrática y ética que involucra a todas las personas. La Amazonía está presente en cada vaso de agua que bebemos, en cada lluvia que esperamos y en cada alimento que llega a nuestra mesa. Reconocerlo es el primer paso; actuar en consecuencia es el desafío que tenemos por delante.

Iris Judith Baptista Gutiérrez es abogada y defensora de derechos.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

Comparte:

Noticias

más leídas

YPFB retira denuncia contra comunarios defensores de Tariquía y anuncia mesas de diálogo

Es falso que la Defensoría del Pueblo reciba Bs 500 millones al año

No es correcto afirmar que el dólar flexible provocó la devaluación del poder adquisitivo del boliviano

Rumbo al FOSPA 2026: Organizaciones se reunirán en Riberalta para unificar propuestas en defensa de la Amazonía

250 años de un EE. UU. proteccionista y la ola libertaria en Latinoamérica

¿Por qué nos asusta la Policía boliviana?

La información pública es pública