Pantallas, selfies y el turismo salvaje

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Rubén Ticona

¿Cuántos de nosotros observamos alguna vez un programa de televisión estadounidense donde un presentador se interna en la selva para buscar y atrapar especies silvestres? ¿O aquellos realities de supervivencia donde se deja a un grupo de personas en un lugar remoto para vivir sin herramientas o desnudos? Cuando casualmente acompañaba a mi padre que gustaba ver estos programas, me generaba un profundo desagrado ver la forma en la cual un «experto» manipulaba a los animales para explicar sus hábitos, o cómo estos grupos de sobrevivientes mataban innecesariamente a la fauna local para alimentarse. Si bien estos contenidos nacieron con un fin educativo, con el tiempo se distorsionaron hasta convertirse en un espectáculo de la supuesta valentía humana ante la naturaleza, perturbando la vida silvestre. El éxito mundial de estos formatos ha contribuido a alterar el enfoque del turismo en países en vías de desarrollo con ecosistemas frágiles, exigiendo a las agencias de turismo locales la creación de experiencias extremas similares, en desmedro de la fauna nativa.

Los realities de sobrervivencia y manipulación de fauna se han consolidado como los formatos televisivos de más amplia audiencia. Diversas cadenas internacionales especializadas en documentales de la vida silvestre y entretenimiento han encontrado en estos programas un formato rentable por sus bajos costos de producción, lo que contrasta con la millonaria inversión y los años de trabajo necesarios para producir un documental con verdadero rigor científico y ecológico. Un programa como Supervivencia al desnudo (Discovery Channel), por ejemplo, solo requiere un equipo de cámaras, personal de emergencia reducido y participantes que reciben una retribución reducida en comparación con un actor profesional. Además, pagan tarifas irrisorias a las comunidades o países donde filman, en comparación a las ganancias millonarias que generan estas producciones.

Esta sobreexplotación mediática ha moldeado la demanda del turismo global en las regiones amazónicas, africanas o del sudeste asiático. Aunque se reporta un incremento en el flujo de visitantes, la exigencia de «experiencias extremas» termina beneficiando económicamente a operadores inescrupulosos, marginando a las comunidades indígenas y degradando los ecosistemas. En países con reducida regulación, las agencias de turismo crean incentivos perversos para que los pobladores capturen fauna silvestre, sobre todo cachorros para mantenerlos cautivos en propiedades privadas cerca de los parques nacionales. Los turistas pagan por sacarse fotos con ellos; mientras más especies dispongan, más rentable es el negocio. Bajo esta presión económica, el área protegida deja de ser un santuario de conservación para convertirse en un parque temático. Existe un fenómeno conocido como el  «Efecto Selfie», una preocupante tendencia donde los viajeros intentan imitar a los presentadores de televisión generando crueldad animal (Universidad de Oxford, 2017).

Estos medios incentivan indirectamente el tráfico de fauna silvestre al vender una imagen caricaturizada de los animales. Existen casos dramáticos donde una producción cinematográfica disparó la demanda indiscriminada de una especie; un claro ejemplo es la película de Disney Pixar, Buscando a Nemo (2003). Este film generó un incremento del 40% en la demanda del pez payaso (Amphiprion ocellaris) como mascota, generando una sobreexplotación para el mercado acuariófilo, asimismo provocó que extensas áreas de arrecifes en Vanuatu sufrieran daño irreversible por la búsqueda de este pez.

En Bolivia, este turismo de shock alimentado por producciones audiovisuales y redes sociales ya ha dejado secuelas atroces. Comunarios de los pueblos Tacana y Uchupiamona, en el Madidi, han documentado el hallazgo de cuerpos de caimanes mutilados y sin extremidades (MONGABAY, 2025). Asimismo, se denunció que en las Pampas del Yacuma, operadoras locales incentivaban a pobladores para la captura de animales con el fin de cortarles los tendones o las patas traseras para inmovilizarlos; de este modo, al llegar los visitantes, estos podían fotografiarse con ellos sin problemas ya que la mutilación les impedía escapar (GOB. DEL BENI, 2025).

Estos hechos no son casos aislados. Se replican constantemente en países donde las regulaciones son débiles y las sanciones son mínimas, dejando a la fauna a merced de una demanda turística irresponsable.

Si bien Bolivia cuenta con una amplia normativa para prohibir y sancionar los delitos contra la fauna silvestre, el presupuesto destinado a la fiscalización y protección es mínimo. Esto abre la puerta a que operadoras ilegales, o legales que aprovechan la ausencia estatal, cometan estas atrocidades. El Parque Nacional Madidi, uno de los santuarios más diversos del mundo con 19.000 kilómetros cuadrados, cuenta con tan solo 27 guardaparques (SERNAP, 2026). Esta ausencia del Estado  también genera otros problemas, como la caza ilegal del jaguar, tráfico de animales silvestres e insectos, minería ilegal y deforestación.

Los bolivianos no solo debemos exigir el cumplimiento de las normativas ambientales vigentes, sino también una mayor severidad penal ante el maltrato y la muerte de especies silvestres. Es urgente endurecer las penas para los turistas que cometan delitos contra la fauna y aplicar sanciones penales drásticas a las agencias de turismo que incurran en actividades delictivas de aventura que conlleven el hostigamiento y el estrés de la vida silvestre. Sobre todo, como sociedad exigir al Gobierno mayor presupuesto destinado a la protección y obligar a las agencias a adoptar el turismo sostenible o regenerativo para el beneficio de las comunidades indígenas y del medio ambiente.

Rubén Ticona Quisbert es economista y defensor ambiental.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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