Cuando el conflicto se convierte en política pública

Opinión

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Walberto Tardío

Un país donde la única forma de ser escuchado es bloquear una carretera no necesariamente tiene demasiados conflictos; probablemente tiene muy pocas instituciones capaces de resolverlos.

Cada vez que Bolivia atraviesa un periodo de bloqueos, el debate público suele reducirse a dos posiciones aparentemente irreconciliables. Por un lado, quienes sostienen que todo bloqueo constituye un atentado contra la economía, la libre circulación y el orden democrático. Por otro, quienes consideran que toda movilización social es, por definición, una expresión legítima de la voluntad popular y, por tanto, un mecanismo incuestionable de reivindicación social. Ambas posiciones simplifican un fenómeno mucho más complejo.

Los bloqueos no nacieron como un fin en sí mismo. Son una herramienta de presión política y social que ha acompañado la historia republicana precisamente porque durante décadas amplios sectores de la población encontraron cerradas las puertas institucionales para canalizar sus demandas. En otras palabras, el bloqueo no explica por sí solo la conflictividad boliviana; es una consecuencia de ella. El conflicto social es inherente a toda democracia. Allí donde existen intereses diversos, desigualdades económicas o disputas políticas, inevitablemente surgirán tensiones. Pretender una sociedad sin conflictos sería desconocer la naturaleza misma de la vida democrática. Sin embargo, otra cosa distinta es la conflictividad, entendida como la presencia permanente, simultánea y recurrente de múltiples conflictos que terminan convirtiéndose en una forma habitual de relación entre la sociedad y el Estado.

Bolivia ha vivido precisamente ese fenómeno. La protesta dejó de ser excepcional para convertirse en una práctica normalizada. El conflicto pasó de ser un episodio extraordinario a constituirse en un mecanismo cotidiano de interlocución política. Cuando ello ocurre, el problema ya no reside únicamente en quienes protestan, sino también en un Estado incapaz de prevenir, gestionar y resolver oportunamente las demandas sociales. Resulta ilustrativo recordar que durante años las estadísticas mostraban que prácticamente no existía un solo día sin conflictos sociales en el país. Ello demuestra que la conflictividad no depende exclusivamente de coyunturas políticas específicas, sino de una estructura institucional que históricamente ha respondido más a la presión que al diálogo preventivo.

Existe una tendencia equivocada a criminalizar automáticamente cualquier medida de presión. Sin embargo, muchas de las conquistas sociales que hoy forman parte del consenso democrático fueron producto de procesos de movilización. La reducción del análisis a una condena moral del bloqueo impide comprender por qué miles de ciudadanos consideran que bloquear una carretera es más efectivo que presentar una petición administrativa o iniciar un proceso institucional. La pregunta correcta no es únicamente por qué la gente bloquea, sino por qué considera que bloquear funciona. La experiencia boliviana demuestra que numerosos conflictos han terminado obteniendo respuestas estatales únicamente después de medidas de presión prolongadas. Paradójicamente, esto genera un incentivo perverso: mientras las solicitudes presentadas por la vía institucional permanecen sin atención durante meses o años, aquellas acompañadas por bloqueos reciben respuestas inmediatas. El mensaje que percibe la ciudadanía es sencillo: el diálogo sin presión rara vez produce resultados.

Esto explica por qué sectores campesinos, indígenas, transportistas, gremiales, juntas vecinales, trabajadores, universidades e incluso instituciones públicas recurren periódicamente a medidas similares. La protesta ha dejado de pertenecer exclusivamente a los grupos históricamente excluidos y se ha convertido en un repertorio compartido por diversos actores sociales. Sin embargo, reconocer la legitimidad de ciertas movilizaciones no implica sostener que cualquier bloqueo sea legítimo o ilimitado. Una democracia exige ponderar derechos. El derecho a la protesta convive con la libertad de circulación, el acceso a la salud, la alimentación, el trabajo y la educación. Cuando una medida de presión produce daños desproporcionados sobre terceros ajenos al conflicto, surgen tensiones jurídicas y éticas que no pueden ignorarse.

Precisamente ahí aparece uno de los mayores desafíos del Estado boliviano: construir mecanismos institucionales capaces de resolver conflictos antes de que éstos escalen hacia escenarios de confrontación.

Aquí radica una lección importante: los conflictos raramente permanecen estáticos. Pueden expandirse, incorporar nuevos actores y modificar sus objetivos conforme evoluciona la confrontación. Una demanda concreta puede convertirse rápidamente en una crisis política cuando las respuestas institucionales resultan tardías, insuficientes o contradictorias. Existe además una dimensión frecuentemente olvidada. El conflicto cumple una función de visibilización. Muchas problemáticas estructurales permanecen ignoradas hasta que una protesta las coloca en el centro de la agenda pública. Sin movilización, numerosas comunidades rurales continuarían invisibles para las políticas estatales. Sin presión social, múltiples reformas probablemente jamás habrían sido discutidas. La verdadera fortaleza democrática no consiste en eliminar las manifestaciones, sino en reducir las razones que las hacen necesarias.

Cuando el Estado funciona adecuadamente, las personas recurren primero a los procedimientos administrativos, judiciales o políticos. Cuando esos mecanismos fallan sistemáticamente, aparecen formas extraordinarias de presión. El bloqueo, entonces, actúa como un síntoma de una enfermedad institucional más profunda.

Por ello, concentrar toda la discusión en el levantamiento de bloqueos equivale a tratar únicamente la fiebre sin atender la infección que la provoca.

También es necesario abandonar una visión maniquea que divide a la sociedad entre defensores del orden y defensores de la protesta. En realidad, muchos ciudadanos ocupan ambas posiciones según las circunstancias: apoyan bloqueos cuando sus demandas son ignoradas y los rechazan cuando afectan sus propias actividades económicas. Esta aparente contradicción refleja que el problema no es exclusivamente ideológico, sino funcional.

Bolivia ha construido históricamente una cultura política donde la movilización constituye un mecanismo eficaz de negociación. Mientras esa percepción permanezca, difícilmente disminuirá la conflictividad. La solución tampoco consiste en responder con mayor coerción. La experiencia demuestra que una gestión exclusivamente represiva puede incrementar la radicalización y ampliar el conflicto. Del mismo modo, una política basada únicamente en concesiones inmediatas puede incentivar nuevas medidas de presión. Ambos extremos terminan fortaleciendo el mismo círculo vicioso.

Se requiere una política pública de gestión estratégica de conflictos que combine prevención, diálogo temprano, sistemas de alerta, institucionalidad técnica y cumplimiento efectivo de acuerdos. El objetivo no debe ser ganar cada conflicto, sino reducir la necesidad de que éstos ocurran. Asimismo, corresponde fortalecer la confianza ciudadana en las instituciones. Cuando las personas creen que la justicia resolverá oportunamente una controversia, disminuye el incentivo para trasladarla a las carreteras. Cuando los procedimientos administrativos son eficientes, las demandas encuentran canales menos costosos socialmente. Cuando existe transparencia y previsibilidad, el conflicto deja de ser la primera opción.

La conflictividad boliviana también revela una paradoja democrática. La movilización ha sido una herramienta de ampliación de derechos, pero su normalización permanente puede terminar debilitando la institucionalidad que esos mismos derechos necesitan para consolidarse. Una democracia no puede depender indefinidamente de la presión callejera para tomar decisiones públicas.

Por ello, el debate nacional debería superar la falsa dicotomía entre bloquear o prohibir bloqueos. La verdadera discusión es otra: ¿por qué un Estado con múltiples instituciones continúa siendo percibido por amplios sectores como incapaz de responder sin presión? Mientras esa pregunta permanezca sin respuesta, los bloqueos seguirán reapareciendo bajo distintos actores y distintas consignas.

Los bloqueos pueden ser legítimos cuando constituyen una expresión proporcional del derecho a la protesta frente a la ausencia de respuestas estatales. Pero dejan de cumplir una función democrática cuando se convierten en una práctica permanente, indiscriminada o utilizada para imponer intereses particulares desconociendo derechos colectivos. La legitimidad no depende únicamente del método, sino también de la causa, de la proporcionalidad y de sus consecuencias sobre el conjunto de la sociedad. Finalmente, el problema central no es que Bolivia tenga ciudadanos dispuestos a movilizarse. Al contrario, una sociedad movilizada demuestra capacidad de organización y participación política. El problema es que demasiadas veces el Estado solo escucha cuando la carretera se convierte en mesa de negociación. Una democracia madura no debería obligar a sus ciudadanos a elegir entre el silencio y el bloqueo. Su mayor fortaleza radica en construir instituciones tan eficaces que la protesta continúe siendo un derecho, pero deje de ser el único camino para obtener respuestas. Ese es el verdadero desafío de la gobernabilidad democrática en Bolivia y, probablemente, la tarea pendiente más importante para el futuro del Estado.

Walberto Tardio es activista y estudiante de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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