¿Esto es verdad? Pregunta mi madre mostrándome su celular. Ha visto diferentes publicaciones de diferentes temas y ya no sabe cuál es verdad. Le pregunta a su hija que es comunicadora y periodista, pero aquí también estamos a merced de encontrarnos con falsedades, principalmente, en las redes sociales.
¿En qué medio salió? ¿Viste si la página tiene seguidores, si es nueva o si hay comentarios y sus publicaciones fueron compartidas? Respondo a sabiendas de que son solo unas pinceladas de mayores trabajos para diferenciar contenido falso del real.
Muchas veces es agotador. Dudamos de todo cuanto nos llega porque la guerra de la desinformación ha llegado a estos extremos en que la realidad misma nos parece una mentira. Pero como en toda enfermedad hay un antídoto: la verificación. Para lograr esa tarea, primero es menester admitir la vulnerabilidad a la que estamos expuestos.
En la sociedad del cansancio, ensayo del filósofo Byung-Chul Han, se expone que las personas se han convertido en sus propios verdugos. Ya no es el poder externo el que nos oprime, sino la autoexplotación permanente: producimos, consumimos y nos exponemos sin pausa. En este escenario, la desinformación actúa como un combustible tóxico.
Nuestra mente es atacada con ruido, falsedades y estímulos constantes que deterioran nuestra salud cognitiva y, lo más grave, nos llevan a dejar de pensar Como si se tratara de un músculo empezamos a perderlo al no tener constancia ni actividad. Poco a poco, entregamos el acto de reflexionar a otros: algoritmos, influencers, guerreros digitales o narrativas políticas.
Hoy, Bolivia es un claro ejemplo de este fenómeno. Mientras los medios tradicionales disputan, con mucho esfuerzo, un mínimo de credibilidad y reputación, las redes sociales y las cadenas de WhatsApp se han convertido en el ring donde se enfrentan “tu verdad” contra “mi verdad”. En ese terreno, la complejidad desaparece. Solo quedan héroes y villanos, como si se tratará de una película simplona.
La verificación de hechos cobra aquí una importancia vital. No se trata de poner un “FALSO” sobre una imagen en tres segundos. La verificación es un método, exige ética, proceso y tiempo. Organizaciones como Chequea Bolivia y Bolivia Verifica realizan ese trabajo indispensable. Ignorarlas o despreciarlas es contribuir al cansancio colectivo, a esa fatiga que nos hace más vulnerables a la manipulación.
En el mundo real, más allá de las pantallas, no existen sectores puros a los que satanizar ni santificar. Hay actores con agendas diferenciadas, con luces y muchas sombras. La polarización digital simplifica esta realidad hasta la caricatura porque la complejidad no genera clics ni genera indignación inmediata. Y en los próximos días, esta guerra feroz desde los teclados se acrecentará. Son días de angustia, confusión y narrativas enfrentadas.
Ante esto, es urgente recuperar la brújula. Los medios de comunicación también disputan intereses —pocos escapan a emporios empresariales—, pero el periodismo sigue vivo en aquellos que informan con rigor. Confiemos en periodistas con nombre y apellido, en los obreros de la información que conectan con la realidad. No en quienes buscan permanentemente pelearse con el poder, ni en quienes intentan congraciarse con él.
El periodismo serio no se enfrenta al poder, lo fiscaliza. Esa es su función democrática. Cuando olvida eso, se convierte en otra forma de ruido, ese ruido que nos lleva a dejar de pensar.
La invitación, entonces, es a resistir la sociedad del cansancio. A no entregar nuestra capacidad crítica. A consumir información con la misma exigencia con la que exigimos calidad en otras áreas de nuestra vida. Porque si permitimos que otros piensen por nosotros, no solo estaremos cansados: estaremos rendidos.
Y en un país que enfrenta momentos complejos, ser críticos es una necesidad de supervivencia democrática y responsabilidad.
Esther Mamani es periodista, workaholic, especialista en género
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