Discursos de odio. Foto referencial tomada de Verdad con Tinta
Los bloqueos y los discursos incendiarios y de odio vuelven a abrir viejas heridas raciales en Bolivia. Como ocurrió durante la crisis de 2019, el actual conflicto no solo golpea la economía y la estabilidad política, sino que promueve la diseminación de narrativas de odio y resentimiento entre distintos sectores de la población. Expertas advierten que esta polarización, alimentada desde espacios políticos y amplificada por la crisis económica, debilita el tejido social del país y deteriora la convivencia cotidiana.
La cientista política Ana Lucía Velasco y la historiadora Sayuri Loza coinciden en que Bolivia arrastra históricas fracturas vinculadas al racismo, el clasismo y la exclusión social. Sin embargo, alertan que en momentos de incertidumbre, esas tensiones dejan de ser solamente un problema latente y se convierten en herramientas de confrontación política.
“La gente no reacciona tanto a lo político como a lo étnico o regional”, sostiene Loza en contacto con Sumando Voces. A su juicio, discursos como “collas contra cambas”, “indígenas contra blancos” o “campo contra ciudad” movilizan emociones mucho más profundas que cualquier debate económico o institucional.
Velasco añade que el problema se agrava porque el conflicto actual coincide con una crisis económica que golpea directamente la vida diaria de la población. “Cuando además hay una crisis económica profunda y cuando esa crisis está reforzada por bloqueos, protestas y huelgas, estos discursos se vuelven más fuertes porque les dan a las personas una explicación simple de lo que están viviendo. Les dan certidumbre, certeza, les dan una historia en la que pueden creer y es fácil de entender, porque además seguramente se va a parecer a su experiencia personal”, afirma a Sumando Voces.
Ambas especialistas consideran que la polarización actual tiene similitudes con la vivida en 2019. No solo por el clima de confrontación política, sino porque muchas de las heridas sociales de entonces nunca terminaron de sanar. “Las heridas del 2019 no han terminado de cerrarse del todo y mucha gente está teniendo recuerdos de esa época y siente que otra vez estamos entrando en las mismas discusiones”, señala Velasco.
En medio de ese escenario resurge también un debate académico y político sobre el racismo y quién puede ejercerlo. Velasco cuestiona una corriente teórica que afirma que el racismo solo puede provenir de grupos históricamente privilegiados y no desde sectores históricamente discriminados.
Esa postura se basa en el concepto de “racismo estructural”, desarrollado principalmente desde corrientes críticas y decoloniales, que entienden el racismo no solo como insultos o actos individuales de discriminación, sino como un sistema histórico de poder que beneficia a determinados grupos y excluye a otros. Bajo esa lógica, los grupos históricamente subordinados no tendrían la capacidad de ejercer racismo de la misma forma que quienes controlaron tradicionalmente las estructuras políticas, económicas y culturales.
Autores como el sociólogo Eduardo Bonilla-Silva sostienen que el racismo funciona como una estructura de dominación incrustada en las instituciones y las relaciones sociales, más allá de las acciones individuales. Desde esa perspectiva, la discriminación ejercida por grupos históricamente excluidos no tendría el mismo peso estructural.
Sin embargo, la analista considera que aplicar esa mirada de manera rígida al contexto boliviano actual simplifica demasiado la realidad y desconoce los cambios que atravesó el país en las últimas dos décadas. “Hay una visión donde el indígena siempre es la víctima y el blanco siempre es el victimador. Pero Bolivia ha tenido mucha dinamicidad en las estructuras de poder durante los últimos 20 años”, sostiene.
Velasco remarca que hoy existen organizaciones sociales y sectores indígenas con fuerte capacidad de presión política y poder territorial, capaces incluso de paralizar ciudades enteras mediante bloqueos y protestas —como actualmente sucede con La Paz—. Por ello, rechaza la idea de que ciertos sectores no puedan también incurrir en discursos discriminatorios y raciales.
“Si alguien te dice que no perteneces aquí o que no puedes llamarte boliviano por tu color de piel o tu origen étnico, eso es racismo venga de donde venga”, afirma.
A su juicio, reducir el conflicto a una lógica de víctimas y victimadores permanentes termina profundizando la polarización y anulando el pensamiento crítico. Incluso considera que negar la responsabilidad moral de determinados sectores reproduce otra forma de discriminación. Velasco dice que pensar que no se le puede pedir responsabilidad moral al indígena es tratarlo como inferior.
Para la historiadora y analista política Sayuri Loza, estas tensiones responden a estrategias de poder que utilizan heridas históricas aún abiertas para movilizar a la población y profundizar la confrontación social.
La especialista afirma que el racismo, la discriminación y el clasismo son problemas históricos que existen en Bolivia desde antes de la fundación del país. Sin embargo, considera que distintos actores políticos han aprovechado esas fracturas para fortalecer sus intereses y alimentar conflictos. Loza relaciona esta situación con la teoría de “la codicia y los agravios”, desarrollada por los economistas Paul Collier (economista británico) y Anke Hoeffler (economista y politóloga alemana), según la cual muchos conflictos políticos utilizan agravios históricos reales —como la pobreza, la exclusión o el racismo— para movilizar apoyo social y encubrir disputas de poder o control de recursos.
En criterio de la analista, estos discursos funcionan porque tocan emociones profundas y resentimientos acumulados durante décadas. Sostiene que muchos sectores indígenas reaccionan desde una memoria histórica de exclusión y sometimiento, mientras parte de las élites urbanas responde desde el miedo a perder poder frente a un sector indígena mayoritario. También cuestiona el papel que, a su juicio, jugó el Movimiento Al Socialismo (MAS) en la profundización de estas divisiones. “Ha sido una estrategia del MAS hablar de los ‘k’aras’ como una otredad enemiga”, sostiene.
Loza advierte que la radicalización de los discursos está generando niveles de agresividad cada vez mayores, especialmente en redes sociales. “Te lanzan agujas para indignarte y reaccionas de manera visceral. Entonces empiezas a ver al otro como alguien con quien ya no puedes reconciliarte”, señala. A su juicio, este clima de confrontación termina deshumanizando al adversario y facilita expresiones racistas y violentas. Además, remarca que insultos como “indio de mierda” no afectan únicamente a grupos movilizados, sino a amplios sectores de la población que se identifican culturalmente como indígenas o tienen raíces indígenas.
Reconstruir el tejido social
Frente a este panorama, las especialistas consideran que la reconciliación social será un proceso largo y complejo que no dependerá únicamente de acuerdos políticos.
Velasco sostiene que la reconstrucción debe empezar desde las relaciones cotidianas y personales, rompiendo las narrativas simplificadoras que presentan al otro como enemigo. “La única forma de romper eso es animarse a hablar con el otro, encontrar al ser humano detrás de la caricatura que nos muestran”, afirma. La analista compara este proceso con reconstruir una casa destruida. Explica, por ejemplo, que destruir toma minutos, reconstruir puede tomar años.
Por su parte, Loza considera que el problema no se resolverá únicamente mediante acuerdos políticos, sino con políticas públicas orientadas a reducir las distancias sociales y culturales entre distintos sectores del país. Para la historiadora, «la educación es el camino». Critica la segregación educativa y social entre sectores indígenas, populares y clases medias urbanas, y plantea la necesidad de fortalecer la convivencia, la educación intercultural y la comunicación estatal en idiomas originarios. “Hay que hacer sentir a todos que son parte del Estado”, concluye.
Ambas coinciden en que, si no se trabaja en sanar estas fracturas, Bolivia podría arrastrar durante años una convivencia marcada por el resentimiento, la desconfianza y la polarización que hoy vuelve a emerger con fuerza en medio de la crisis.
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