La responsabilidad de pacificar es de todos

Opinión

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Sandra Verduguez

Me preocupa profundamente lo que estamos viviendo en Bolivia y particularmente en La Paz. Me preocupa la incertidumbre, el cansancio y la sensación de que otra vez la confrontación parece ganarle espacio al diálogo. Me preocupa ver a la gente angustiada por los precios, por calcular para cuántos días alcanza la carne, por no poder movilizarse, por cómo llegará al trabajo o simplemente por no poder vivir con tranquilidad. Y me preocupa, sobre todo, ver que cada vez más pensamos que la única salida es un estado de excepción.

Y creo que ahí debemos detenernos a pensar.Los problemas son reales y nadie puede negarlos. Pero la paz y la estabilidad del país no pueden depender de los intereses particulares de grupos que desde hace años nos han sometido a la incertidumbre, al miedo, al ataque a los derechos humanos más elementales y a la permanente amenaza de romper el orden constitucional, poniendo en riesgo la democracia.

Y algo tan grave no puede enfrentarse sólo con la buena voluntad de un gobierno que hoy no parece tener un rumbo claro. Esto necesita del trabajo y compromiso de los gobiernos locales, de las organizaciones de la sociedad civil, de las instituciones y de la ciudadanía, porque superar lo que estamos viviendo nos interesa a todos. Y la solución no pasa únicamente por espacios de encuentro circunstancial, sino por procesos sostenidos de formación, información, inclusión y capacitación en gestión de conflictos y negociación. Los años que vienen probablemente serán duros y seguiremos en un proceso de recuperación de la institucionalidad democrática. Debemos aprender.

Creo firmemente que hoy Bolivia necesita respuestas, pero también necesita responsabilidad.Y esa responsabilidad es de todos, aunque empieza por el Gobierno nacional. Gobernar no es solamente administrar el poder después de ganar una elección. Gobernar significa asumir la responsabilidad que nace de la confianza ciudadana y de la promesa de un país mejor.

Pero tampoco nos rasguemos las vestiduras. Después de casi dos décadas de una experiencia que nos dejó lecciones sobre lo que no se debe hacer, sabíamos que el camino no iba a ser fácil. Sabíamos que reconstruir confianza, enfrentar la crisis y responder a las expectativas del país exigiría capacidad, esfuerzo y voluntad de concertar, más allá de la lógica de las cuotas de poder.

Por eso, en medio de lo que estamos viviendo, gobernar también significa escuchar. Significa reconocer el malestar y aceptar que ningún gobierno tiene todas las respuestas, especialmente cuando enfrenta dificultades para construir acuerdos y generar confianza.

Significa además entender que los otros niveles de gobierno también tienen la responsabilidad de trabajar por la paz social. Y aquí vale recordar algo importante: las autonomías existen precisamente para que el país no dependa de una sola voz.

Las alcaldías y gobernaciones tienen competencias vinculadas a la seguridad ciudadana, al desarrollo humano, a la cultura y a la articulación territorial, más allá de hacer obras o administrar servicios. Eso significa que pueden escuchar, convocar y ayudar a bajar tensiones cuando el país se polariza.

Pienso en la paz y en La Paz. Pienso en la Alcaldía paceña y en la Gobernación como actores que pueden promover encuentros, abrir espacios de conversación y convocar a juntas vecinales, universidades, organizaciones sociales y ciudadanía para pensar salidas pacíficas y defender la convivencia democrática. Porque la convivencia no se construye con discursos. Se construye donde vivimos y con quienes vivimos.

Por eso creo que no debemos esperar un estado de excepción o una crisis mayor para recién preocuparnos por la paz social. Esperar siempre que otros resuelvan nuestros conflictos puede ser cómodo, pero nos deja atrapados entre la frustración y la impotencia.

Dialogar no es rendirse. Tampoco significa estar de acuerdo en todo. Dialogar significa reconocer que, aunque pensemos distinto, vamos a seguir compartiendo el mismo país y que debemos aprender a convivir sin destruirnos.

Nos toca pedir a nuestras autoridades locales que asuman ese papel, pero también nos toca pedirles a nuestras organizaciones y a nosotros mismos que demos un paso adelante. No para reemplazar a nadie ni para trasladar la disputa política a las calles, sino para contribuir desde nuestras capacidades y desde la cercanía que tenemos con la gente.

Creo que Bolivia necesita menos ataques y más responsabilidad democrática. Más espacios para pensar el país sin odio ni miedo, y más voluntad para defender nuestras posiciones sin romper los puentes que todavía nos unen.

Pero también creo algo más. Este trabajo no puede aparecer solamente cuando la crisis estalla, porque la reconstrucción de la confianza y de la convivencia va a tomar tiempo. Es un proceso largo y probablemente difícil, pero alguien tiene que empezarlo. Y mientras más tardemos, más costará reconstruir.

Porque estamos viendo que la paz no aparece sola. La paz se cuida, se trabaja y se construye todos los días, entre todos. Y creo firmemente que hoy ésa es una responsabilidad política y ciudadana que debemos asumir.

Sandra Verduguez es comunicadora social, integrante de Observación Ciudadana de la Democracia (OCD).

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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