El discreto encanto confrontacional de un Oriente misterioso

Opinión

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Carlos Hugo Molina

Las personas, como los pueblos, se ponen frente a sí cuando hay un “otro” que los interpela o una circunstancia que los confronta. Algunas veces se trata de acciones y discursos públicos y en otras tienen la suavidad de una mirada o una pregunta sencilla, “¿por qué así?”. En el ejercicio de nuestra personalidad, en ambientes distendidos y cordiales, no tenemos necesidad de preguntarnos o responder quienes somos, simplemente, vivimos.

En Bolivia estamos en un trance no resuelto de quiénes somos como sociedad y Estado, y lo cuestionamos de manera permanente, en algunos casos, con niveles de confrontación preocupante pues la interpelación llega a la esencia de nuestra relación. Y como no parece maduro ignorarlo, y sin tener que llegar todos a un diván de análisis, o una constituyente que aclare los alcances de nuestro contrato social, tendremos que convenir en la necesidad de encontrar instrumentos para desentrañar las molestias y buscar la forma cómo podemos superar la incomodidad de la manera más pacífica y madura.

Publicaciones últimas, “Reflejos de un conflicto. Estructura social de la disputa institucional entre Santa Cruz y el Estado boliviano, 1978/1980” de Juan Pablo Paredes Daza, provocadoramente comentado por Oscar Serrate Cuéllar; “De la resistencia a la conquista. Santa Cruz en el siglo XXI”, de Marcelo Añez Mayer, y a la lista incluyo “Inventario de Ciudadanía, Cohesión Social y Progreso desde el Oriente” de mi autoría, tienen también debates públicos como el recientemente convocado por la Fundación Pazos Kanki, “Santa Cruz en la encrucijada; insistir en el mismo camino o asumir un nuevo horizonte político” que reunió a Samuel Doria Medina e Ilya Fortún por la Fundación y a los académicos Marcelo Añez, Gustavo Pedraza. Mónica Salvatierra y Manuel Canelas, sumando innegablemente a ellos, la provocación de María Galindo con el tema del Tipoy, son señales de un tema aparentemente no resuelto.

Objetivamente son tres las posiciones paradigmáticas de los que intervenimos. Quienes creen que esta situación tiene un grado muy grande de imposición y por lo tanto de violencia, y debe ser resuelto primero en el plano de lo simbólico; el de quienes consideran que debe realizarse un análisis que explique la transición, o el de quienes, me incluyo, el tema en el fondo ya está resuelto y falta aceptarlo por los datos que la demostración empírica de población, economía, desarrollo y narrativa, lo demuestran.

No hemos seguido el camino de los mexicanos que se expresa en la placa de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, que al conmemorar la caída de Tenochtitlan con la frase: «No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy», en referencia la defensa heroica el 13 de agosto de 1521 por Cuauhtémoc ante Hernán Cortés. Tampoco la propuesta del mestizaje y la alianza de clases de la Revolución del 9 de Abril de 1952, sumada a la indigenista con su expresión de plurinacionalidad estatal del MAS, alcanzaron una solución definitiva. Y mientras tanto, un proceso dialéctico y material de modernización generado por la combinación de claves políticas y económicas, necesidad de integración y complementariedad, con grados imposibles de negar de competitividad mundial, acompañados de una defensa de lo

cultural y de sostenibilidad ambiental como matriz de articulación, definen a la sociedad boliviana, aunque no lo aceptemos cómodamente. No estoy dando por terminado el intríngulis, estoy proponiendo una realidad que, por objetiva, material y evidente, puede ayudarnos a ganar tiempo y resolver nuestras diferencias por la vía que lo han hecho otras construcciones estatales, mucho más complejas que Bolivia.

Dos situaciones objetivas me ayudan a demostrar un camino posible. El estado boliviano se encuentra en un momento de debilidad y anomia institucional, carente de gobernabilidad sólida, ausente de marcos políticos de representación colectiva y de liderazgos inclusivos, y, sin embargo, la sociedad boliviana, demuestra que si tiene las condiciones, trabaja, produce y compite a nivel internacional. Y siendo esa realidad evidente de manera masiva en la región del Oriente, bastaría con identificar, sistematizar, adecuar y socializar las claves que lo permiten, para que las posibilidades alcancen la evidencia colectiva y se aproveche la construcción demostrada. Esa sería la razón causal explicativa de los procesos tendenciales de migración y abandono de lo rural.

Por el lado político, se están dando evidencias que refuerzan las categorías expresadas. La victoria electoral de Mamén Saavedra en una proporción inesperada, y el triunfo en 2da vuelta de Juan Pablo Velasco, con una alternativa que venció al poder político nacional y las posiciones tradicionalistas y conservadoras locales, no debieran desconcertar, como lo están haciendo, cuando existen las evidencias señaladas.

Para que el círculo se cierre, hace falta que los actores, de aquende y allende las montañas, lo comprendamos.

Carlos Hugo Molina es director de innovación del CEPAD.

Las opiniones de nuestros columnistas son exclusiva responsabilidad de los firmantes y no representan la línea editorial del medio ni de la red.

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