Susana Silva Estivarez, defensora ambiental de Sorata. Foto: Sumando Voces
En las comunidades rurales del municipio de Sorata, en la provincia Larecaja, las mujeres no solo enfrentan las dificultades propias del campo, sino también una lucha cotidiana por ser escuchadas. Denuncian machismo y censura cuando intentan expresarse.
“Cuando una mujer quiere hablar, le dicen ‘al punto’ o le silban. Entonces se calla”, relata Susana Silva Estivarez, lideresa de la Federación de Mujeres Bartolina Sisa. Su testimonio refleja una realidad extendida en la región: la violencia psicológica y el machismo aún marcan la participación de las mujeres en espacios de decisión. Susana dice que se sienten apagadas y no pueden decir lo que piensan.
En un municipio compuesto por 187 comunidades, donde —según datos censales— hay incluso más mujeres que hombres, la representación femenina en cargos de liderazgo sigue siendo limitada. Aunque existen mecanismos de alternancia, Silva cuestiona su efectividad. “A veces solo nos usan como pantalla para decir que hay equidad, pero nuestras voces no están siendo escuchadas”, sostiene.
Frente a esta situación, organizaciones de mujeres han comenzado a impulsar procesos de formación en liderazgo, oratoria y empoderamiento. La apuesta, explica, es que las mujeres puedan incidir en temas clave como salud, medio ambiente y desarrollo comunitario. Para Susana, la mujer tiene la solución a muchos problemas, pero primero tiene que ser escuchada.
Pero el desafío no es solo social. También es ambiental. En la región, la actividad minera empieza a dejar huellas visibles en los ríos. Silva describe cómo en su zona confluyen dos afluentes: uno cristalino y otro contaminado por la explotación de oro. “Se mezclan y el agua limpia se pierde. Eso baja hacia otras comunidades”, explica.
La contaminación, señala, está vinculada principalmente a cooperativas mineras, algunas con presencia extranjera. Aunque en su comunidad los efectos aún no son críticos, la preocupación crece. Dice que «más arriba» ya se siente la contaminación, y que los glaciares desaparecen paulatinamente y ya no hay vida como antes.
Para ella, la crisis responde tanto al avance de la minería como al cambio climático. “Si no cuidamos el medio ambiente, vienen cambios bruscos. Sin embargo, su postura no es de confrontación directa. Reconoce que muchos mineros son también comunarios, lo que hace más compleja la situación. Por eso, plantea una alternativa: “No queremos pelearnos entre hermanos, pero sí pedimos una minería responsable”.
La dirigente propone que las cooperativas implementen prácticas menos contaminantes, como el tratamiento de residuos, para reducir el impacto ambiental. “El oro se va a acabar, pero el daño al medio ambiente se queda. ¿De qué vamos a vivir después?”, cuestiona. Esa preocupación, asegura, no es solo personal. Es compartida por muchas mujeres que piensan en el futuro de sus hijos y nietos.
A pesar de los riesgos, incluso de posibles represalias, Silva dice estar decidida a seguir trabajando en la concientización dentro de su comunidad, ya que no quiere que les pase la misma experiencia que otras comunidades cercanas.
Tras participar en espacios de formación, siente que su voz se ha fortalecido. Ahora, su objetivo es claro: que las mujeres de su región no solo sean mayoría en número, sino también en decisión. “Tenemos que hablar, tenemos que participar. Porque lo que está en juego es nuestro futuro”, concluye.
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