¿Cómo vivir en un mundo donde el populismo autoritario ha llegado al país más rico del mundo y está condicionando nuestra vida cotidiana? No es lo mismo que Donald Trump amenace con destruir una civilización de la noche a la mañana que, para dar un ejemplo, un excapitán boliviano de apellido Quintana nos diga que nos preparemos para uno, dos o tres Vietnam. Ninguno de ellos es inocuo y ambos pueden intentarlo, pero ciertamente el daño que uno provoca, solo con enunciarlo, es infinitamente mayor que el segundo.
Así hay amenazas que se pueden materializar por medio de la fuerza militar cada día más sofisticada; por medio de medidas económicas como aranceles y bloqueos pero hay otras que se perpetran por medio de la palabra y van erosionando la confianza por medio de la palabra que confunde y distorsiona.
Durante las últimas décadas, los feminismos han logrado avances importantes para la democracia como el ejercicio del voto y la elaboración de leyes. Durante la recuperación de la democracia se logró una presencia crítica gracias a las cuotas en la toma de decisiones y, sin embargo, ahora que se busca la paridad vemos el enorme riesgo de instrumentalizar la presencia de mujeres debajo de las siglas que operan en ausencia de un sistema de partidos.
Más mujeres sí, pero ¿para qué? Antes eran menos, pero dialogaban entre todas. El ascenso de las mujeres en la vida pública ha ido por caminos paralelos al deterioro de la democracia institucional. Durante los gobiernos del MAS se aprobaron muchas leyes, pero sin lugar a dudas, hubo más vulneraciones de derechos que nunca en nuestra historia. Asimismo, la corrupción ha amenazado a tal punto a mujeres que hoy las vemos siendo condenadas por actos sobre los que sus jefes aun se mantienen impunes.
Nuestra democracia ha sido precaria, como importantes los esfuerzos por ampliar la base social de las mujeres. Las de los años veinte, Adela Zamudio y las anarquistas, las mujeres de la Guerra del Chaco —sin las que el MNR no hubiera podido tomar el poder—, las que reconquistaron la democracia, las Domitilas de toda la vida, las Bartolinas que subieron a la cumbre del poder y ahora deben reinventarse, las mujeres indígenas de tierras bajas que acompañaron las luchas en defensa del territorio y la naturaleza, todas ellas son el ejemplo de una lucha que desafiaba la subordinación de clase, de género y de sus hermanos dirigentes.
¿Por qué entonces la agenda de esas mujeres no forma parte de la agenda política boliviana? Hemos mencionado ya el cambio de contexto. El fracaso de la izquierda populista ha favorecido el discurso retrógrado de los Trump, los Milei, los Bukele y sus seguidores, que no son pocos. Hasta ahora no he visto ninguna autocrítica de Petro, de Correa, o del inefable Garcia Linera que sigue dando vueltas por el mundo llorando sobre leche derranada. La version local de esa lamento la tenemos en el vicepresidente que no pudo tumbar a su presidente.
La derrota del feminismo boliviano esta directamente relacionada con la presencia poco útil de las feministas en el gobierno de Evo, cuyo mayor silencio retumbó cuando callaron ante las evidencias de abuso sexual a menores por parte de su jefe. El silencio extendido por razones que se pueden debatir ha sido matizado con algunas voces que se han esforzado durante los últimos veinte años en fortalecer las capacidades de las mujeres.
Pero un tercer aspecto es que, ante el vacío, una voz se ha erigido con fuerza: me refiero a la voz de un “feminismo populista» y grotesco que a través de acciones violentas que combinan intimidación, la risa y la fascinación de muchos —a menudo parodiando o criticando la realidad—, ha logrado ocupar el espacio que en otros países tomaron las multitudes de mujeres contra la violencia, por la despenalizacion del aborto y por otras causas.
Tal es el impacto de las acciones que lleva a cabo la matrona que lidera ese grupo, que la palabra feminismo está estigmatizada, devaluada en un contexto donde, ademas de la ofensiva global antiderechos, estamos afectados por la banalidad de las redes donde ella se mueve como pez en el agua.
Por si solo el contexto amenaza la democracia, pero si además la lucha por la igualdad sustantiva —que es la del feminismo— está amenazada por la subordinación a los populismos, debemos coincidir en la urgencia de recuperar la lucha por la autonomía, es decir por la capacidad de pensar con cabeza propia, dialogar con independencia y privilegiar los cambios sustantivos en lugar de los fuegos artificiales.
Sonia Montaño Virreira es socióloga jubilada y feminista por convicción.
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